miércoles, 1 de abril de 2026

PARTIRSE, SERVIR, AGRADECER: LA NOCHE QUE LO CAMBIO TODO


 

JUEVES SANTO

Hoy Jueves Santo, se nos invita a abrir el corazón ante el mayor de los regalos que Dios ha hecho:  entregarnos a su Hijo para que todos tengamos vida. El Jueves Santo, es el día en el que recordamos cómo Jesús, reunido con sus discípulos, pronunció las palabras que transformaron la historia: “Este es mi cuerpo, que se entrega por ustedes. Esta es mi sangre, que se derrama por ustedes.” Palabras que no son solo un recuerdo, sino la presencia viva de un amor que se entrega cada vez que las hacemos presentes en la Eucaristía.

Porque la Eucaristía es un misterio, es decir, una presencia y entrega que no vemos, en algo que sí vemos. Cada vez que el sacerdote hace presentes las palabras de Cristo entre nosotros, es Cristo quien se hace realmente presente. No de modo simbólico, sino de modo real: Él está ahí, su cuerpo y su sangre están ahí, en el altar, en nuestras manos y en nuestro corazón.

La Última Cena, el jueves previo a la Pascua de hace unos 2000 años, es el momento en el que Jesús anticipó, con infinito amor, el sacrificio de la cruz. Jesús entrega su cuerpo antes de que fuese clavado en el madero, derrama su sangre antes de que esta cayese en el Gólgota. Porque el amor siempre se adelanta. Cristo, que nos amó hasta el extremo, se adelanta a su pasión para dejarnos el sacramento de su presencia. De este modo, el pan que parte Jesús es su cuerpo entregado. Y el vino que ofrece ya no es solo el fruto de la vid, es su sangre derramada. Un gesto que habla del don del Hijo, que el Padre hace a la humanidad.

En la tradición judía, el padre presidía la mesa de la celebración de Pascua. Hoy el Hijo asume este lugar para revelarnos que Él y el Padre son uno, que el Dios invisible ha decidido mostrarse en el pan partido y el vino derramado. Cada vez que recibimos la Eucaristía, entramos en comunión con el sacrificio pascual de Cristo, no como espectadores, sino como invitados a ser participantes, a unirnos a su entrega que nos salva. Somos invitados a vivir como Él vivió: amando y sirviendo, perdonando y entregándose por los demás. Ese es el ejemplo y su mandamiento: Ámense los unos a los otros como Yo los he amado.

Nos dice el evangelio que Cristo rompió el pan con sus manos, signo de que él rompe su vida por amor a nosotros y, al hacerlo, nos da la mayor prueba de que su entrega no tiene límites. Porque es el amor de Dios mismo que se hace alimento para nosotros. Es el amor del Hijo que se hace compañero de nuestros caminos. Jesucristo sabe que muchas veces vivimos en soledad, aunque a veces estemos rodeados de personas. Él sabe de nuestras luchas, de nuestros vacíos, de nuestras noches oscuras y, por eso, en la Eucaristía, ha querido quedarse con nosotros. En la Última Cena del Jueves Santo, Jesús reveló el deseo ardiente de su corazón: “Con ansia he deseado comer esta Pascua con ustedes.” Él busca más estar con nosotros que, a veces, nosotros estar con Él, porque en su corazón hay un amor que no se rinde, que siempre espera.

Como decía el Papa Francisco: “La Eucaristía es la respuesta de Dios al hambre más profunda del corazón humano, al hambre de vida verdadera. En ella, Cristo mismo está realmente en medio de nosotros para nutrirnos, consolarnos y sostenernos en el camino.”

Así como Él entregó la Eucaristía a los apóstoles, para que vivieran la noche oscura de la pasión y del dolor, también se nos da en cada Eucaristía porque quiere romper nuestra soledad. Él quiere ser nuestro alimento, nuestra fuerza y nuestra compañía.

Jesús dijo: “Quien me come vivirá por mí.” Sabemos que esa vida no es solamente una vida biológica, es una vida eterna, una vida que comienza aquí y se prolonga para siempre, que ni siquiera la muerte es capaz de destruir; Como la muerte no fue capaz de destruir el amor de Jesús por nosotros, tampoco lo que nos genera dolor y miedo es capaz de destruir el amor de Dios en nuestro corazón. Cada vez que comulgamos, se nos da Cristo mismo para ser felices, plenos, y llenar de esperanza nuestro camino.

En esta noche santa también celebramos el don del sacerdocio ministerial, es decir, del sacramento que hace posible la presencia del misterio eucarístico en nuestra vida por medio de hombres frágiles, pecadores como nosotros. Cuando Jesús les dijo a sus apóstoles: “Hagan esto en memoria mía”, les estaba confiando a ellos y, en ellos, a todos los sacerdotes de la historia, la misión de hacer presente su sacrificio en cada altar del mundo.

Tenemos que dar gracias a Dios por cada sacerdote que nos parte el pan, que nos anuncia la palabra y que nos acompaña. Sabemos que son frágiles, pecadores, pero también son parte del misterio de amor de Dios, que se hace presente a través de la pequeñez de un trozo de pan y un poco de vino, y de un hombre que con su fragilidad, es instrumento del amor de Cristo.

Hoy, Jueves Santo, deberíamos entrar en nuestro corazón y preguntarnos con sencillez y paz: ¿Qué hacemos ante esta entrega? ¿Cómo respondemos al amor de Dios que se parte y se reparte por nosotros? ¿Acaso hay indiferencia en mi corazón? ¿Puedo volver a mi vida como si no hubiera pasado nada? Cristo, en este Jueves Santo, nos invita a comulgar con Él. Nos invita a ser como Él, alimento para los demás, consuelo en el dolor, presencia en la soledad, perdón en el pecado.

Este Jueves Santo, Jesús se arrodilla para lavar los pies a los discípulos. Jesús parte el pan, ofrece el cáliz, nos entrega su corazón con una ternura infinita. Dejemos que este amor entre a nuestra vida, a la vida de nuestras familias, a lo que nos preocupa de nuestros hijos, a lo que nos asusta de nuestro mundo.

Porque Él no viene a imponerse, sino a ofrecerse. Él no viene a exigir, sino a entregarse. Que, en esta noche santa, cada uno de nosotros reavive en su corazón el anhelo de amar como Él nos ama, de modo que, al recibir su cuerpo y su sangre, abramos nuestra alma, para transformar nuestra vida y así podamos iluminar las noches oscuras de los demás, como Él iluminó la noche oscura de sus discípulos con su amor.

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