JUEVES SANTO
Hoy
Jueves Santo, se nos invita a abrir el corazón ante el mayor de los regalos que
Dios ha hecho: entregarnos a su Hijo
para que todos tengamos vida. El Jueves Santo, es el día en el que recordamos
cómo Jesús, reunido con sus discípulos, pronunció las palabras que
transformaron la historia: “Este es mi cuerpo, que se entrega por ustedes. Esta
es mi sangre, que se derrama por ustedes.” Palabras que no son solo un
recuerdo, sino la presencia viva de un amor que se entrega cada vez que las
hacemos presentes en la Eucaristía.
Porque
la Eucaristía es un misterio, es decir, una presencia y entrega que no vemos,
en algo que sí vemos. Cada vez que el sacerdote hace presentes las palabras de
Cristo entre nosotros, es Cristo quien se hace realmente presente. No de modo
simbólico, sino de modo real: Él está ahí, su cuerpo y su sangre están ahí, en
el altar, en nuestras manos y en nuestro corazón.
La
Última Cena, el jueves previo a la Pascua de hace unos 2000 años, es el momento
en el que Jesús anticipó, con infinito amor, el sacrificio de la cruz. Jesús
entrega su cuerpo antes de que fuese clavado en el madero, derrama su sangre
antes de que esta cayese en el Gólgota. Porque el amor siempre se adelanta. Cristo,
que nos amó hasta el extremo, se adelanta a su pasión para dejarnos el
sacramento de su presencia. De este modo, el pan que parte Jesús es su cuerpo
entregado. Y el vino que ofrece ya no es solo el fruto de la vid, es su sangre
derramada. Un gesto que habla del don del Hijo, que el Padre hace a la
humanidad.
En
la tradición judía, el padre presidía la mesa de la celebración de Pascua. Hoy
el Hijo asume este lugar para revelarnos que Él y el Padre son uno, que el Dios
invisible ha decidido mostrarse en el pan partido y el vino derramado. Cada vez
que recibimos la Eucaristía, entramos en comunión con el sacrificio pascual de
Cristo, no como espectadores, sino como invitados a ser participantes, a
unirnos a su entrega que nos salva. Somos invitados a vivir como Él vivió:
amando y sirviendo, perdonando y entregándose por los demás. Ese es el ejemplo
y su mandamiento: Ámense los unos a los otros como Yo los he amado.
Nos
dice el evangelio que Cristo rompió el pan con sus manos, signo de que él rompe
su vida por amor a nosotros y, al hacerlo, nos da la mayor prueba de que su
entrega no tiene límites. Porque es el amor de Dios mismo que se hace alimento
para nosotros. Es el amor del Hijo que se hace compañero de nuestros caminos.
Jesucristo sabe que muchas veces vivimos en soledad, aunque a veces estemos
rodeados de personas. Él sabe de nuestras luchas, de nuestros vacíos, de nuestras
noches oscuras y, por eso, en la Eucaristía, ha querido quedarse con nosotros. En
la Última Cena del Jueves Santo, Jesús reveló el deseo ardiente de su corazón:
“Con ansia he deseado comer esta Pascua con ustedes.” Él busca más estar con
nosotros que, a veces, nosotros estar con Él, porque en su corazón hay un amor
que no se rinde, que siempre espera.
Como
decía el Papa Francisco: “La Eucaristía es la respuesta de Dios al hambre más
profunda del corazón humano, al hambre de vida verdadera. En ella, Cristo mismo
está realmente en medio de nosotros para nutrirnos, consolarnos y sostenernos
en el camino.”
Así
como Él entregó la Eucaristía a los apóstoles, para que vivieran la noche
oscura de la pasión y del dolor, también se nos da en cada Eucaristía porque
quiere romper nuestra soledad. Él quiere ser nuestro alimento, nuestra fuerza y
nuestra compañía.
Jesús
dijo: “Quien me come vivirá por mí.” Sabemos que esa vida no es solamente una
vida biológica, es una vida eterna, una vida que comienza aquí y se prolonga
para siempre, que ni siquiera la muerte es capaz de destruir; Como la muerte no
fue capaz de destruir el amor de Jesús por nosotros, tampoco lo que nos genera
dolor y miedo es capaz de destruir el amor de Dios en nuestro corazón. Cada vez
que comulgamos, se nos da Cristo mismo para ser felices, plenos, y llenar de
esperanza nuestro camino.
En
esta noche santa también celebramos el don del sacerdocio ministerial, es
decir, del sacramento que hace posible la presencia del misterio eucarístico en
nuestra vida por medio de hombres frágiles, pecadores como nosotros. Cuando Jesús
les dijo a sus apóstoles: “Hagan esto en memoria mía”, les estaba confiando a
ellos y, en ellos, a todos los sacerdotes de la historia, la misión de hacer
presente su sacrificio en cada altar del mundo.
Tenemos
que dar gracias a Dios por cada sacerdote que nos parte el pan, que nos anuncia
la palabra y que nos acompaña. Sabemos que son frágiles, pecadores, pero
también son parte del misterio de amor de Dios, que se hace presente a través
de la pequeñez de un trozo de pan y un poco de vino, y de un hombre que con su
fragilidad, es instrumento del amor de Cristo.
Hoy,
Jueves Santo, deberíamos entrar en nuestro corazón y preguntarnos con sencillez
y paz: ¿Qué hacemos ante esta entrega? ¿Cómo respondemos al amor de Dios que se
parte y se reparte por nosotros? ¿Acaso hay indiferencia en mi corazón? ¿Puedo
volver a mi vida como si no hubiera pasado nada? Cristo, en este Jueves Santo,
nos invita a comulgar con Él. Nos invita a ser como Él, alimento para los
demás, consuelo en el dolor, presencia en la soledad, perdón en el pecado.
Este
Jueves Santo, Jesús se arrodilla para lavar los pies a los discípulos. Jesús
parte el pan, ofrece el cáliz, nos entrega su corazón con una ternura infinita.
Dejemos que este amor entre a nuestra vida, a la vida de nuestras familias, a
lo que nos preocupa de nuestros hijos, a lo que nos asusta de nuestro mundo.
Porque
Él no viene a imponerse, sino a ofrecerse. Él no viene a exigir, sino a
entregarse. Que, en esta noche santa, cada uno de nosotros reavive en su
corazón el anhelo de amar como Él nos ama, de modo que, al recibir su cuerpo y
su sangre, abramos nuestra alma, para transformar nuestra vida y así podamos
iluminar las noches oscuras de los demás, como Él iluminó la noche oscura de
sus discípulos con su amor.

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