Homilía para el Viernes Santo
Hoy, contemplamos la entrega de
Cristo hasta la muerte de cruz. No es como si contemplásemos un hecho
histórico, sino el dejar que entre en nosotros un relato de amor por cada uno. La
cruz no es un teatro. No es un rito más. No es una tradición para llorar un
rato. Es un amor que se hace entrega sin condiciones. Es un inocente condenado,
que hace fecunda su muerte porque la ofrece.
La Palabra de Dios —la profecía del
Siervo sufriente de Isaías, el testimonio de la carta a los Hebreos y el
estremecedor relato de la Pasión según san Juan— nos ha conducido a la escena
en la que se nos invita a mirar al que traspasaron, al que nos ha amado hasta
el extremo: el Hijo de Dios despojado de todo, elevado entre el cielo y la
tierra, abrazando con su cuerpo llagado a toda la humanidad.
La cruz en la que Cristo cuelga en el
Calvario es el testimonio de la fuerza del mal contra el ser humano; es el
poder del pecado, del rechazo, de la violencia, que parecen no tener freno. La
cruz, de un modo misterioso, es la más clara muestra de que el Padre ha
permitido que todo el mal que sufre el hombre, se haya clavado en su Hijo. Sin
embargo, Cristo es inocente. Él es el único, entre todos los hombres de la
historia, libre de pecado.
“El Señor cargó sobre él todos
nuestros pecados”, ha dicho Isaías, en una expresión que nos permite entrever
el abismo al que se enfrentó Jesús al verse reducido a la condición de un pecador.
Y al mismo tiempo podemos asomarnos al inmenso amor con el que Él habrá podido vencer
la repugnancia de verse en esa condición. Por eso, el evangelista Juan no dice
simplemente que murió, sino que “entregó el espíritu”, haciendo un último y
definitivo don de sí. La muerte de Jesús no es un fracaso culminado, sino una
entrega consumada. Su muerte no es una derrota, es un acto de amor supremo.
La carta a los Hebreos nos ha
recordado que “Cristo, durante su vida mortal, a gritos y con lágrimas presentó
oraciones y súplicas a aquel que podía salvarlo de la muerte”. Jesús no evitó
el sufrimiento, lo abrazó. No lo buscó, pero tampoco lo esquivó. Lo aceptó, lo
transfiguró. Por eso “aprendió, sufriendo, a obedecer; y, hecho perfecto, se
convirtió en causa de salvación eterna para todos los que lo obedecen”. Es la
realización del cántico del Siervo de Yahvé: “Despreciado y deshecho de
hombres, varón de dolores, conocedor del sufrimiento... eran nuestras dolencias
las que Él llevaba, nuestros dolores los que Él soportaba... Él soportó el
castigo que nos trae la paz y con sus heridas hemos sido curados”.
Cristo es el Varón de Dolores que abraza
el sufrimiento de todos los hombres. Son nuestros odios los que trituran su
cuerpo. Son las heridas de cada ser humano a lo largo de la historia las que Él
lleva en silencio, como un cordero llevado al matadero, como una oveja que,
ante sus trasquiladores, no abre la boca.
La obediencia de Cristo hasta la
muerte, y muerte de cruz, la que hace posible que las cadenas del pecado sean
rotas para siempre y para todos los seres humanos. A partir de este momento,
toda persona humana que se una a la cruz del Salvador puede caminar hacia la
libertad.
Así la cruz, que era el signo de la
ignominia mayor que podría experimentar un ser humano, se convierte en el signo
de la redención, es decir de la victoria del bien sobre el mal, del amor sobre
el odio, de la vida sobre la muerte. En la cruz de Cristo, sobre la que se manifiesta
la impotencia del hombre, desciende la potencia del amor de Dios. En esa
madera, que era el símbolo de la más honda derrota, resplandece la gloria del
amor sin límites.
Así muere Cristo este Viernes
Santo: no como víctima vencida, sino como Cordero que se entrega. No como
fracasado, sino como Salvador del mundo. No como alguien que pierde, sino como
quien gana para Dios el corazón del hombre. Cada gesto de Jesús en la cruz tiene
este sentido: Por eso Jesús en la cruz perdona a los que le torturan, da
consuelo al ladrón arrepentido, toca el vacío de la humanidad en su sed y en su
sentimiento de abandono de Dios, entrega a su madre al discípulo amado, para
que él experimente el amor que como hijo vivió desde su infancia. En la cruz
Jesús sabe que todo está consumado y entrega su espíritu al Padre. Su espíritu
que es todo el amor que, desde la eternidad, ha habitado la vida de Dios y se
ha derramado sobre la humanidad.
Hoy se nos invita a ser algo más
que espectadores, se nos invita a ser parte de su ofrecimiento. Hoy podemos
poner en su corazón traspasado nuestros límites y nuestro amor, que cae mil veces
y se levanta otras mil. Esto es real en cada uno de nuestros sufrimientos
físicos o morales. Esto es real cuando tengamos que mirar de frente el dolor y,
en el momento definitivo, el misterio de la muerte.
La cruz no es el símbolo de nuestra derrota, sino de nuestra transformación, como decía San Pablo, “no soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí”. Hoy, cada uno de nosotros está llamado a ser Cireneo de misericordia, para que Cristo siga redimiendo al mundo en cada cruz, en cada límite que llenemos de amor, llevando con él nuestra cruz y la cruz de cada ser humano que necesite de nuestro corazón.
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