sábado, 21 de febrero de 2026

TENTADOS PERO NO VENCIDOS

 


HOMILIA 1 DOMINGO DE CUARESMA CICLO A

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Las lecturas de hoy nos abren la puerta para que entremos de lleno en el periodo del año que nos prepara al gran evento de nuestra vida cristiana, que es la participación en el misterio pascual; es decir, la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo. Toda la Cuaresma, los sacrificios que podamos hacer, quizá el acercamiento a la confesión para pedir perdón a Dios por nuestros pecados, tiene un sentido: estar cerca de Jesús y profundizar en el regalo que se nos dio en nuestro bautismo: la vida eterna, que tiene que manifestarse en las cosas diarias de nuestra vida, como lo hemos dicho en la oración con la que hemos empezado la misa: que progresemos en el conocimiento del misterio de Cristo y traduzcamos su efecto en una conducta irreprochable.

Para esta preparación, hoy se nos pone en esta primera etapa la reflexión sobre una realidad que vemos todos los días: existe un mal en nuestro mundo y este mal quiere que nosotros seamos malos. Esto nos pasa cuando alguien nos invita a hacer cosas que sabemos que están mal, como la ira, la mentira, la soberbia, la envidia. La primera lectura nos cuenta cómo, por una parte, Dios había hecho todo para que el ser humano fuera feliz, pero el demonio, el enemigo del ser humano y de Dios, busca destruir esa felicidad, haciendo que Eva y Adán desconfíen de Dios y se dejen llevar por la soberbia. La primera tentación es sacar a Dios de nuestro corazón y llenarlo con nuestro egoísmo, o sacar lo que llena de bien nuestro corazón y llenarlo de cosas malas.

Como enseñaba san Ireneo, el hombre es indigente de la comunión con Dios. Cuando nos alejamos de Él no nos hacemos más libres, sino más pobres. Seguir al Salvador es participar de la salvación; alejarnos de la luz no nos hace más fuertes, sino más oscuros.

Todos hemos experimentado esto, a lo mejor en nuestra relación de esposos, o con algún hermano, o con algún amigo. Vamos sintiendo que, es como si algo nos subiera desde dentro, que va sacando el bien y nos deja solo con el mal. Adán y Eva no supieron vencer el mal y entonces, se dieron cuenta de que estaban desnudos; o sea, se habían quedado sin nada de todo lo bueno que tenían. El mal tiene consecuencias, como cuando por pereza ensuciamos el planeta, o cuando por soberbia somos prepotentes con quien nos pide ayuda. El mal, como codicia, pereza o soberbia, está dentro de mí, pero quien lo acaba sufriendo es un necesitado, un familiar o nuestro planeta.

Jesucristo nos hace ver que lo malo, en cualquiera de sus formas, no puede vencer al bien. A veces puede ser más costoso, o más largo el tiempo de espera, pero tenemos que tener por seguro que el bien siempre vence. Jesús nos enseña que el mal se puede vencer.

Como decía san Agustín, cuando escuchamos que Cristo fue tentado, no debemos escandalizarnos, sino comprender algo mucho más profundo: en Cristo estabas siendo tentado tú. Y si en Él fuimos tentados, también en Él vencemos. Cristo no quiso evitar la tentación, porque quería enseñarnos el camino de la victoria. Reconócete tentado en Él, pero reconócete también vencedor en Él.

Las tentaciones nos presentan tres tipos de mal que pueden entrar en nuestro corazón. La tentación del pan es la de usar para nuestro provecho egoísta las cualidades que hemos recibido. La tentación del templo es la de querer usar para nuestro egoísmo la fe que los demás pueden poner en nosotros. La tentación en la que el demonio promete a Jesús ser el dueño del mundo si se rinde al mal, es la de sacar a Dios de nuestra vida para hacer solo los planes de nuestra soberbia o de nuestra vanidad.

Jesús vence las tres tentaciones con la humildad, la rectitud de conciencia y la palabra de Dios. Es decir, Jesús nos enseña que tenemos que dar lo mejor de nosotros y apoyarnos en Dios, que siempre estará a nuestro lado.

La consecuencia de esto será un mundo mejor para todos, como decía san Pablo: "Así pues, como el delito de uno solo atrajo sobre todos los hombres la condenación, así también la obra de justicia de uno solo procura para todos los hombres la justificación, que da la vida". Muchas veces podemos quejarnos de lo mal que están las cosas a nuestro alrededor, pero lo que tenemos que hacer es sembrar el bien a nuestro alrededor: el primer bien que es el amor, la caridad; el bien que es la justicia; el bien que es la verdad. Aunque a veces no seamos comprendidos, aunque a veces cueste el que no nos aplaudan, hay que sembrar siempre el bien. De este modo “El amor cubre la multitud de los pecados… el amor lo soporta todo… en el amor hallan su perfección todos los elegidos de Dios.” “Sin el amor nada es grato a Dios.” (San Clemente Romano)

El Evangelio de hoy nos enseña que el mal aparece cuando dejamos que la vanidad o la soberbia guíen nuestras decisiones, y el bien aparece cuando la búsqueda de la verdad en la conciencia y en la vida ilumina nuestra existencia. Satanás nos tienta para que busquemos vencer el mal con otros males. Jesús nos enseña a vencer primero el mal interior, el del egoísmo, y luego ir venciendo los males que nos rodean. Dentro de unos instantes Jesús va a venir a nuestro corazón en la Eucaristía para hacerlo bueno y abierto a lo que Dios pide. Ojalá sepamos ser difusores del bien que Jesús siembra en nuestro corazón.




sábado, 14 de febrero de 2026

¿CUMPLIMIENTO= CUMPLO Y MIENTO?


 

TORD V CICLO A HOMILÍA

Hay una palabra que es una fotografía de cómo nos comportamos a veces. Es la palabra cumplimiento, cuando la dividimos en dos partes, cumplo y miento. O sea, que estoy engañando, aunque parece que estoy haciendo lo que debo hacer. De esto nos habla hoy Jesús en el evangelio, porque, en la religión judía, como nos pasa a nosotros como católicos: habían hecho de cosas buenas, como ciertas normas de la ley, un modo de escaparse del compromiso de hacer el bien. En especial el compromiso de hacer el bien al prójimo que mandaba la ley de Moisés, el mandamiento del respeto a la vida ajena, el del respeto a la mujer, el del respeto al matrimonio y el del respeto a los compromisos asumidos con Dios: Cumplían la ley de Dios de labios para afuera, en vez de vivir la relación con Dios y el prójimo como una relación que lleve a un amor más sincero y generoso.

Una de las películas favoritas en mi infancia era “La espada en la piedra”, la adaptación de Disney a los primeros años del rey Arturo. Hacia el final de la película, la bruja Mim reta a Merlín a un duelo de magia con estas reglas: No se permiten vegetales ni minerales, sólo animales, tampoco ningún animal que no exista, como dragones de color rosa. Tres, no desaparecer, y Merlín agrega: cuatro: No hacer trampas. Cada personaje se va transformando en un animal diferente para defenderse y atacar, hasta que Mim, tras ser arrojada a un lago, reaparece en forma de dragón, mientras Merlín que es un chivo, reclama: - ¡No, Mim, no! Dijiste que dragones no. –La bruja responde: –Dije que dragones color rosa, no. ¡Soy un dragón morado… y lanzo fuego! Entonces Merlín no desaparece, sino que se convierte en un microbio que infecta a la bruja, y así gana el torneo. El triunfo viene del amor de Merlín a hacer el bien y no solo de cumplir con unas reglas.

Jesús insiste en que lo primero es el amor, el amor al prójimo y el amor a Dios, y que de ahí surge todo lo demás. Jesús insiste en que el amor tiene que fundamentarse en el respeto y que, cuando hay respeto y hay amor, entonces es cuando de verdad somos fieles a lo que Dios nos pide. El amor que es lo que hace que la ley tenga sentido y plenitud. Así comienza el evangelio de hoy: yo no he venido a abolir la ley, he venido a darle plenitud. Y la plenitud de la ley es el amor. Cuando San Agustín hablaba de cómo había que hacer las cosas, decía lo siguiente: Ama y haz lo que quieres. Si callas, calla por amor; si gritas, grita por amor; si corriges, corrige por amor; si perdonas, perdona por amor. Teniendo el amor como raíz, de ella no puede salir sino el bien. En nuestra vida tenemos que examinar nuestra conciencia desde el amor que hay en nuestra intención o en nuestras acciones, para quitar todo lo que pueda sonar a egoísmo.

Después de que Jesús termina de proclamar la necesidad del respeto y del amor, nos pone en sobre aviso de que, si no hacemos así las cosas, las consecuencias no serán buenas y que, en vez de estar extendiendo el bien, estaremos extendiendo el mal; como cuando agarramos algo con las manos llenas de mermelada y la mermelada pasa del bote a la mano y de la mano a la cuchara y de la cuchara al mantel y así… por el contrario, como sucede con un perfume que se difunde cuando se abre, si lo que hay en nuestro corazón es el amor, tendremos la capacidad de multiplicar el bien.

Como lo que dice la primera lectura, estamos llamados a elegir siempre lo que sea bueno, lo que sea mejor, para que podamos ser buenos esposos, o buenos padres o buenos hijos. Para que podamos ser buenos profesionistas, buenos ciudadanos y por supuesto para que podamos ser buenos cristianos. Hoy Jesús nos invita a mirar nuestro corazón y nuestra conciencia para preguntarnos, primero, como está nuestro amor, y, en segundo lugar, como vivimos ese amor en la práctica. No nos podemos conformar con decir no he matado, no he robado, no he hecho daño a nadie...”, como diciendo: “He cumplido”. Quien hace eso es alguien que se conforma con el mínimo indispensable, pero lo que Jesús siempre nos propone es que busquemos el máximo posible. El motivo es que Dios no razona con cálculos y tablas; Él nos ama como un enamorado: ¡no hasta el mínimo, sino hasta el máximo!

El verdadero amor nunca se siente satisfecho; el amor va siempre más allá. El Señor nos lo mostró dando su vida en la cruz. Y nos ha confiado el mandamiento que más aprecia: que nos amemos unos a otros como Él nos ha amado. Por eso este domingo sintamos en el corazón una invitación: ¿En qué campo de mi vida puedo ser un poco más generoso? Jesús siempre habla a nuestro corazón y nos da la fuerza para poderlo vivir. Como lo hemos oído en el salmo: Muéstrame, Señor, el camino de tus leyes y yo lo seguiré con cuidado. Enséñame a cumplir tu voluntad y a guardarla de todo corazón.

Jesús nos recuerda hoy que no basta con “cumplir” lo mínimo ni con aparentar fidelidad: lo que da sentido a toda la ley es el amor. Cuando nuestras palabras, decisiones y acciones nacen de un corazón que ama, el bien se multiplica y nuestra vida se vuelve verdaderamente fecunda. Por eso, el Señor nos invita a mirar nuestro interior y a preguntarnos si estamos amando de verdad, para vivir desde la generosidad sin medida con la que Dios nos ama, así cumpliremos, amaremos de corazón y seremos verdaderamente felices.