sábado, 9 de mayo de 2026

UN AMIGO INCANSABLE

 


PASCUA DOMINGO VI CICLO A

Todos sabemos lo que significa tener un amigo de verdad. No uno de esos conocidos con los que quedamos de vez en cuando, sino alguien con quien contamos para lo importante y para lo sencillo, alguien cuya presencia nos cambia el día. Hoy Jesús nos propone algo que parece demasiado bueno para ser verdad: que esa clase de amistad es exactamente lo que él nos ofrece.

Jesús, en el Evangelio de hoy, dice algo muy concreto: "Si me aman, guardarán mis mandamientos". La amistad con Él no es un sentimiento pasajero, ni una idea bonita: es una relación que transforma la vida. Amar a Jesús es dejar que su modo de vivir entre dentro de nuestras decisiones, de nuestros criterios, de nuestra manera de estar con los demás.

La clave de ser cristiano no es ser parte de un club en el que hacemos cosas religiosas, sino preguntarnos por el modo en que nos relacionamos con Jesús y lo que significa Jesús en nuestra vida. La diferencia entre ser cristianos y ser otra cosa es experimentarnos como amigos de verdad de Jesús.

La relación con Jesús y nuestra condición de cristiano es como la relación con alguien a quien con sinceridad le podamos decir, yo te amo. Amar es querer bien el bien de otro. Amar es estar pendientes de lo que es importante para esa persona. Amar a alguien es tener a esa persona en cuenta a la hora de vivir lo importante y lo de todos los días: el modo de organizar nuestro tiempo, las decisiones que tomamos, la preocupación por hacer lo que le agrada, el interés por la gente a la que esta persona quiere. Cuando tenemos un amigo de verdad, somos capaces de hacer esfuerzos generosos para hacerle la vida mejor. Como decía San Juan Pablo II: "Cuando nos sentimos amados, nos resulta más fácil amar. Cuando experimentamos el amor de Dios, estamos más dispuestos a seguir a Aquel que amó a sus discípulos hasta el extremo."

Y esto no es teoría. Todos hemos experimentado que la presencia de alguien concreto cambia un día entero: una llamada inesperada, una conversación sincera, el saber que alguien está ahí cuando las cosas se complican. La amistad verdadera sostiene la vida. Eso es lo que Jesús quiere ser para nosotros: no un añadido, sino una presencia que cambia la manera de vivir.

El valor que le damos a una relación con una persona marca también la fuerza de nuestras obligaciones con ella. Imagina que esa persona te invita a comer. No se te ocurre decirle: ¿Es obligatorio que vaya? ¿Me vale si llego después del primer plato? ¿Cuántas veces tengo que ir a visitarte al año? Sería absurdo.

Pero esto es lo que hacemos a veces a la hora de vivir nuestra fe cristiana, cuando nos preocupamos más por cumplir que por manifestar nuestro amor a Jesucristo. Lo importante de nuestra relación con Dios no son tanto las cosas que hacemos, que también son necesarias e importantes, sino el sentido de las cosas que hacemos: el amor que hay en nuestro corazón.

La Pascua, la presencia en nuestras vidas de la pasión, muerte y resurrección de Jesús, tiene que darnos la certeza de que nuestra relación con Él merece la pena y que se puede llevar a todos los momentos de nuestra existencia, dando sentido a todo lo que hacemos, lo extraordinario y lo sencillo, del mismo modo en que somos amigos, esposos, o hijos a todas horas.

Eso es ser cristiano, discípulo de Jesús: vivir como cristianos en todas las circunstancias, vivir según los valores cristianos en lo ordinario, como dice San Pedro: *"Estén dispuestos siempre a dar, al que las pidiere, las razones de la esperanza de ustedes. Pero háganlo con sencillez y respeto y estando en paz con su conciencia… pues mejor es padecer haciendo el bien, si tal es la voluntad de Dios, que padecer haciendo el mal."*

Todo esto está muy bien, pero ¿lo podemos hacer solos? El Evangelio nos da la respuesta: el Espíritu Santo es quien nos hace amigos de Jesús, el que nos recuerda cómo serlo, nos da fuerza cuando nos desanimamos. Al Espíritu Santo no lo vemos, pero lo notamos: en ese momento en que encontramos fuerzas que no sabíamos que teníamos, o en que una palabra del Evangelio nos ilumina en lo que necesitábamos escuchar, o en sentir que no estamos solos, aunque todo parezca indicar lo contrario.

Como recuerda el papa Francisco: cada día se debe aprender el arte de amar, cada día se debe seguir con paciencia la escuela de Cristo, y esto con la ayuda de este Consolador que Jesús nos ha enviado, que es el Espíritu Santo. Por eso hoy le oímos a Jesús decir: *"Yo le rogaré al Padre y él les enviará otro Consolador que esté siempre con ustedes, el Espíritu de verdad. El mundo no puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce; ustedes, en cambio, sí lo conocen, porque habita entre ustedes y estará en ustedes. No los dejaré desamparados, sino que volveré a ustedes."*

En este camino no vamos solos. El Espíritu Santo nos va a acompañar en todo momento para darnos fortaleza, sabiduría o esperanza, lo que necesitemos en cada momento. Jesús nos regala la Pascua para abrir de par en par nuestra vida a su presencia de amigo por medio del Espíritu Santo.

Jesús ha resucitado para estar siempre a nuestro lado, cuando sufrimos o cuando todo nos va bien, y sobre todo para decirnos que un día estaremos con él y con los que queremos en la felicidad del cielo para siempre. Por eso Jesús nos dice: *"Al que me ama a mí, lo amará mi Padre, yo también lo amaré y me manifestaré a él."* Nunca estaremos solos, nunca será el mal más fuerte que el bien.

Lo que no termina es que Jesús resucitó para quedarse, no para irse. Nos da el Espíritu Santo que habita en nosotros, no de visita, sino para siempre, como un amigo que no se cansa, que no nos deja solos ni en los días buenos ni en los difíciles.

Solo nos hace falta una cosa: acordarnos de que está ahí. Vivir como alguien que sabe que es amado. Porque cuando uno vive así, todo cambia: cambia nuestra vida y nos ayuda a hacer mejor la vida de los demás.

sábado, 2 de mayo de 2026

UN AMIGO QUE ES CAMINO, VERDAD Y VIDA

 


PASCUA HOMILÍA V DOMINGO CICLO A

Una de las cosas que más nos asustan es estar solos y perdidos. Son muchas las historias de niños que se quedan en un bosque y atraviesan muchas dificultades para al final conseguir salir adelante. Jesús en la Pascua nos va dando pruebas de que su amor es más fuerte que la muerte o que nuestras fragilidades. Nos dice que él es nuestro buen pastor que nos acompaña a lo largo de la vida. Pero según va avanzando la pascua, nos vamos dando cuenta de que la vida ordinaria se impone y parece que quedan muy lejos las fuertes emociones de la semana santa, de la pasión de Jesús y de su resurrección.

Entonces podemos empezar a sentirnos solos y perdidos como los niños del bosque. Porque vemos la difícil situación económica o las complicaciones para sacar adelante a los hijos, o las relaciones con alguien importante que no terminan de arreglarse. Y nos sentimos solos o perdidos.

Por eso el evangelio de este domingo, cuando comenzamos a ver que se acerca el final de la pascua, nos ayuda a sostener la fortaleza del corazón para seguir viviendo con fe, con esperanza y con amor en medio de las circunstancias de todos los días. Las dos preguntas de los discípulos en el evangelio hablan de lo que hay en un corazón que siente que la vida se le puede complicar.

Lo primero es la pregunta por el camino para alcanzar la paz del corazón. La paz del corazón es algo que todos queremos, el no tenerla nos hace angustiarnos, infelices. El camino es Jesús y eso significa dos cosas: primero que Jesús es el ser humano modelo, que nos enseña cómo debemos emplear la vida, qué es lo que nos hace felices, cómo debemos ser con los demás, cómo debemos considerar las realidades de la vida. Lo segundo es que, al imitar a Jesús, se nos abre el camino a que Dios no sea algo lejano en la vida, sino que lo podemos encontrar como alguien cercano, al que se puede amar como se ama a un padre, con el que podemos ser agradecidos, como se es agradecido con un padre, alguien que busca nuestra felicidad, como la busca un buen padre.

San Agustín nos recuerda que era necesario que Jesús dijese "Yo soy el camino, la verdad y la vida", porque una vez conocido el camino faltaba por conocer la meta, y la meta es el Padre. Jesús es el camino, la verdad y la vida, esto significa que, para llegar a la paz, tenemos que vernos con el corazón de Dios y no dejarnos enredar por las mentiras que a veces el demonio nos dice: que no tenemos remedio, o que Dios no nos ama y que nos castiga. También están las mentiras que nos decimos a nosotros mismos: como el diabético que se dice que el azúcar le hace bien, o el niño que dice a su mamá que le va a ir bien en el examen, cuando no ha estudiado nada.

Jesús es la vida, el que con su amor vence lo que nos mata el alma con la desesperanza, lo que nos mata el sentido de la vida, o nos nubla la certeza de que, más allá de nuestra existencia material, hay una vida en Dios, en la que nos encontraremos con aquellos que nos aman y amamos.

Lo tercero tiene que ver con el Padre: muéstranos al Padre le dicen a Jesús. Los discípulos, como todos nosotros estamos en búsqueda de un Dios de verdad, que nos ame, que se preocupe de modo personal por cada uno, que sepamos que nunca nos va a fallar y que siempre va a salir al encuentro cuando estemos perdidos o pensemos que no tenemos remedio. Nos hace falta el encuentro personal con un Dios que nos permita vivir con un sentido que nos haga felices. De este modo, cuando nos sentimos solos tenemos un amigo que es Jesús y cuando nos sentimos perdidos sabemos que hay un Padre, que es el padre de nuestro amigo Jesús.

Pero Jesús nos dice: yo me voy al Padre. ¿Entonces nos volvemos a quedar solos y perdidos? No, porque Jesús, al irse al Padre, se queda más con nosotros. Como nos recuerda san Pablo, ya no somos nosotros los que vivimos, sino que es Cristo quien vive en nosotros. Es como cuando echas el azúcar en el agua: no lo ves, pero sabes que está ahí y lo puedes experimentar de otra manera, que ya no es con los ojos, sino con la lengua y el olfato, porque el agua sabe a azúcar y huele azúcar. El azúcar está ahí, aunque no lo veamos.

Jesús está aquí, aunque no lo veamos. Está a través de los sacramentos, en donde no vemos a Jesús con los ojos, pero lo experimentamos con la fe. Está a través de las palabras del evangelio, donde sin verlo lo escuchamos y nos aconseja. También está en la Iglesia, donde se nos presenta en la oración, se hace pan en la Eucaristía y nos tiende la mano a través de las obras de caridad con los necesitados. Lo importante para saber el camino y no sentirnos solos es buscar siempre a Jesús.

De esta certeza tiene que nacer un compromiso personal como nos dice San Pedro: proclamen las obras maravillosas de aquel que los llamó de las tinieblas a su luz admirable. Jesús dice: el que crea en mí, hará las obras que hago yo y las hará aún mayores. Por eso cada uno de nosotros tiene que ser Jesús para los demás: ser camino, verdad y vida para los que nos necesiten, ser imagen del corazón del padre para quien se encuentre solo y ser signo de todo el bien que Dios quiere hacer a través de nosotros.