sábado, 14 de marzo de 2026

DEL BARRO A LA LUZ

 



CUARESMA IV DOMINGO CICLO A 20230318

Nos encontramos a la mitad del camino hacia la pascua y en tres domingos será el domingo de resurrección. Hoy podemos descubrir el sentido de nuestra relación con Jesús con la historia de la curación del ciego de nacimiento. Es un relato con muchas cosas en las que fijarnos, pero es importante el ciego, porque nos enseña el camino para encontrar el valor que tiene Jesús en nuestra vida. Para nosotros los cristianos, seguir a Jesús no es seguir un filósofo o apuntarnos a un partido político. Como decía el Cardenal Cantalamessa: ¿Quién es Jesús de Nazaret para mí?» También un musulmán, siendo coherente con lo que encuentra escrito en el Corán, reconoce que Jesús es un profeta. Pero no por esto se le considera un cristiano. El salto mediante el cual se llega a ser cristianos en sentido propio es cuando se llega a proclamar, como el ciego de nacimiento, que Jesús es «Señor» y se le adora como a Dios. Se cree porque se encuentra a alguien digno de fe, a uno que nos inspira confianza. No hay amor que no sea amor de alguien y no hay fe que no sea fe en alguien. Jesús en el Evangelio no nos da una lista de cosas a creer. Creer para los cristianos es creer en Jesucristo. Seguir a Jesús significa cambiar nuestra vida para dar sentido a todo lo que hacemos.

El evangelio dice que este ciego pedía limosna porque no tenía lo necesario para vivir. Jesús, al curarlo, lo transforma de una persona esclava de su situación, en alguien que puede tomar sus decisiones y ser verdaderamente libre. La llegada de Jesús le hace cambiar su relación con la sociedad, pues ahora puede ganarse la vida por sí mismo, cambia su modo de vivir la religión pues se hace una persona convencida de su relación con Jesucristo y del testimonio cristiano que tiene que dar, cambia su modo de relacionarse con los que ama dejando de ser inmaduro para vivir como un adulto.

Pero si el ciego sanado solo se hubiera hecho independiente, racional y maduro, solo pensase en él, sería un personaje odioso, egoísta. Sin embargo, el ciego no solo recupera la luz de sus ojos, sino que llena de luz su corazón, como muestra su diálogo con el Señor: "¿Crees tú en el Hijo del hombre?" Él contestó: "¿Y quién es, Señor, para que yo crea en él?" Jesús le dijo: "Ya lo has visto; el que está hablando contigo, ése es". Él dijo: "Creo, Señor". Y postrándose, lo adoró.

El ciego ahora tenía un corazón luminoso, que sabe que, en la vida, el egoísmo y la soberbia son la peor de las oscuridades en las que podemos caer, y que ser feliz es encontrar alguien que llena nuestro corazón de un amor más fuerte que nuestros males y multiplica al infinito nuestras cualidades.

La historia del ciego de nacimiento es también nuestra historia. Todos somos como ese ciego, nos damos cuenta de que no siempre hacemos las cosas bien y necesitamos alguien que nos ayude a caminar por el camino de lo bueno. Jesús llega para llenarnos de luz, de sabiduría para encontrar el camino en la vida, y de amor para curar todo el mal que el egoísmo había hecho en nosotros.

Jesús llega a nosotros por el bautismo que nos hace sus hermanos, nos da la libertad de los hijos de Dios, y nos quita la presencia del mal. Esto muestran los símbolos del bautismo: el aceite que nos cura, la luz que quita nuestras oscuridades y el agua que nos limpia y nos da vida.

Como el ciego tenemos que ser testigos de Cristo, sin temer que a veces nuestros valores no sean comprendidos: como cuando eres honesto, haces oración, ayudas al necesitado y no te lo aplauden. Como el ciego, tenemos que comprometernos por tener cada vez más una mejor relación con Cristo, viviendo con la inquietud de conocerlo mejor, de hacer una mejor experiencia de él y convertirnos en sus mejores amigos.

Para eso es la cuaresma, para preguntarnos si ya somos buenos amigos de Jesús, si nos damos cuenta con profundidad de todo lo que él nos ama, hasta padecer, morir y resucitar por nosotros y sobre todo, si ya lo hemos hecho parte de nuestro modo de ser, de pensar y de actuar.

Ojalá que en esta cuaresma aprendamos a no caminar a ciegas, es decir a no permitir que lo que amo, se llene de rutina y mediocridad, a no dejar pasar las oportunidades de amar y de ser mejor, a mirar de frente las cosas no tan buenas que hay en mí para cambiarlas y a esforzarme por ver el mundo, las circunstancias, las personas, con los ojos de Dios, es decir con esperanza, con bondad, con justicia, con verdad.

Hay un detalle en el modo en que Jesús cura al ciego. El evangelio nos dice que Jesús usa su saliva para hacer un poco de barro. Sin embargo, en cada eucaristía Jesús nos da toda su persona, en el misterio del pan y del vino. Jesús no solo nos toca los ojos, como hizo con el ciego, Jesús toca todo nuestro ser. Jesús no hace que nos lavemos en una alberca, Jesús nos limpia él mismo, con todo su amor, en el sacramento de la reconciliación.

Jesús ha dicho que él es la luz del mundo, pero más importante es que él sea MI luz. En este domingo, demos gracias a Jesús por haber llegado a nuestra vida, por habernos quitado las cegueras que no nos dejan ser felices, y, sobre todo, por habernos hecho sus amigos, los amigos por los que él ha dado la vida, para llenarnos del sentido que da el saber que El está siempre a nuestro lado. 


sábado, 7 de marzo de 2026

AGUA PARA EL CORAZON

 


CUARESMA III DOMINGO CICLO A 20230312

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Cada domingo de Cuaresma nos va preparando para el misterio que Jesús vive en la Semana Santa. Los dos primeros domingos nos muestran que el pecado no es más fuerte que Él; los tres siguientes nos hacen una pregunta decisiva: ¿quién es Jesús en tu vida? ¿Es importante que haya entregado su vida en la cruz y resucitado, o es solo una historia más en medio de las vacaciones de primavera?

El agua es muy importante porque permite que la vida se desarrolle en nuestro planeta. Este domingo, el domingo de la samaritana, nos hace la pregunta desde la imagen del agua. La primera lectura nos habla de la sed del pueblo en el desierto: El pueblo, torturado por la sed, fue a protestar contra Moisés, diciéndole: "¿Nos has hecho salir de Egipto para hacernos morir de sed a nosotros, a nuestros hijos y a nuestro ganado?". Esa sed física revela una sed más profunda: la necesidad de confiar en un Dios que acompaña el camino

La sed es una imagen para darnos cuenta de qué es lo que nos falta. Me acuerdo de un niño que le decía a su mamá que tenía sed y cuando ella le pasó un vaso de agua, el niño le contesto que lo que él tenía era sed de refresco, pero no de agua. Algunos tenemos sed de paz en el alma, otros a lo mejor tenemos sed de perdón, otros quizá tengamos sed de una amistad sincera. Es importante saber si la sed que tenemos es de cosas buenas o malas, porque solo la sed de cosas buenas llena nuestro corazón mientras que las cosas malas hacen más profunda la desesperación y nos dejan con más sed, como nos dicen los científicos: si intentamos apagar nuestra sed con bebidas que tienen alcohol tendremos más sed, porque el alcohol nos deshidrata.

La historia de la samaritana es la historia de una persona que intenta apagar su sed, pero no solo la sed del cuerpo, que se quita con un vaso de agua, sino la sed del corazón, la sed de esperanza, la sed de amor, la sed del para qué de la vida. La samaritana era una mujer que tenía sed de esperanza y por eso le pregunta a Jesús por el lugar donde podemos encontrarnos con Dios, el que da sentido a la vida. La samaritana, una mujer con una gran sed de amor, no había sido capaz de llenar su corazón con todas las personas que había estado. La samaritana es una mujer que tenía una gran sed de sentido en su vida y va más allá de lo que las costumbres de la época permitían y entabla un dialogo con Jesús.

Como decía el Papa Benedicto XVI: Jesús pone en marcha en su interlocutora un camino interior que hace surgir en ella el deseo de algo más profundo. San Agustín comenta: «Aquel que pedía de beber, tenía sed de la fe de aquella mujer». Es la mujer misma la que pide agua a Jesús (cf. Jn 4, 15), manifestando así que en toda persona hay una necesidad de Dios y de la salvación que sólo él puede colmar. Una sed de infinito que solamente puede saciar el agua que ofrece Jesús, el agua viva del Espíritu.

Pero no basta con que la samaritana sea una mujer con sed de cosas importantes. Es necesario que quien tiene enfrente le pueda dar la plenitud que su corazón necesita. ¿Qué es lo que Jesús le da? Jesús le dice que tiene que buscar el sentido de la vida en su propio corazón, por eso le dice que él le dará un agua que se convertirá en un surtidor de vida eterna. Lo segundo que Jesús le da es la certeza de que, a pesar del estilo de vida que había llevado, puede otra vez encontrarse con Dios. Parece que la vida de la mujer no era muy ejemplar, pero Jesús le dice que si es sincera consigo misma podrá encontrarse con Dios. Lo tercero que Jesús le da es su amistad personal. La mujer pensaba que Dios estaba muy lejos de su vida, pero Jesús le dice: El Mesías soy yo el que habla contigo. Jesús se hace cercano a quien tiene necesidad de él.

Estos tres regalos de Jesús curan la sed de esperanza, de amor y de sentido de la vida: entra en tu interior, siempre puedes volver a empezar porque yo estoy siempre cerca de ti. Como nos ha dicho San Pablo: La esperanza no defrauda, porque Dios ha infundido su amor en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo, que él mismo nos ha dado. En efecto, cuando todavía no teníamos fuerzas para salir del pecado, Cristo murió por los pecadores en el tiempo señalado.

Nuestro mundo, que nos invita a ser superficiales, nos encasilla y no nos da oportunidades de poder ser mejores cuando hemos sido malos, Nos encierra en nuestro individualismo y nos deja muertos de sed: por la angustia, la tristeza o la soledad.

¡Qué triste es un domingo en el que nos hemos levantado, hemos llenado el tiempo de comida y de televisión y nos hemos vuelto a acostar! ¡Qué hermoso es un domingo en el que nos hemos acercado a la familia, nos hemos acercado a nuestro corazón y nos hemos acercado a Dios!

La samaritana, después de encontrarse con Jesús, deja el cántaro y corre al pueblo a decir: “Vengan a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho”. Pasa de ser una mujer escondida a ser una mujer misionera. Cuando dejamos que Jesús sacie nuestra sed, estamos llamados a compartir sus regalos con los demás. Hay personas a nuestro alrededor con sed de atención, de consuelo, de una palabra que anime; podemos ser para ellos un pequeño reflejo del pozo de Sicar.

¿Dejamos que Jesús sea el agua de nuestra vida? Jesús nos regala la sinceridad, la esperanza y la amistad, para que encontremos lo que nos quita la sed, lo que nos hace felices. Hoy Jesús se acerca en la eucaristía al pozo de nuestro corazón, ojalá que sepamos abrirnos para recibir los regalos que él nos trae y que nos harán más felices.