sábado, 7 de marzo de 2026

AGUA PARA EL CORAZON

 


CUARESMA III DOMINGO CICLO A 20230312

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Cada domingo de Cuaresma nos va preparando para el misterio que Jesús vive en la Semana Santa. Los dos primeros domingos nos muestran que el pecado no es más fuerte que Él; los tres siguientes nos hacen una pregunta decisiva: ¿quién es Jesús en tu vida? ¿Es importante que haya entregado su vida en la cruz y resucitado, o es solo una historia más en medio de las vacaciones de primavera?

El agua es muy importante porque permite que la vida se desarrolle en nuestro planeta. Este domingo, el domingo de la samaritana, nos hace la pregunta desde la imagen del agua. La primera lectura nos habla de la sed del pueblo en el desierto: El pueblo, torturado por la sed, fue a protestar contra Moisés, diciéndole: "¿Nos has hecho salir de Egipto para hacernos morir de sed a nosotros, a nuestros hijos y a nuestro ganado?". Esa sed física revela una sed más profunda: la necesidad de confiar en un Dios que acompaña el camino

La sed es una imagen para darnos cuenta de qué es lo que nos falta. Me acuerdo de un niño que le decía a su mamá que tenía sed y cuando ella le pasó un vaso de agua, el niño le contesto que lo que él tenía era sed de refresco, pero no de agua. Algunos tenemos sed de paz en el alma, otros a lo mejor tenemos sed de perdón, otros quizá tengamos sed de una amistad sincera. Es importante saber si la sed que tenemos es de cosas buenas o malas, porque solo la sed de cosas buenas llena nuestro corazón mientras que las cosas malas hacen más profunda la desesperación y nos dejan con más sed, como nos dicen los científicos: si intentamos apagar nuestra sed con bebidas que tienen alcohol tendremos más sed, porque el alcohol nos deshidrata.

La historia de la samaritana es la historia de una persona que intenta apagar su sed, pero no solo la sed del cuerpo, que se quita con un vaso de agua, sino la sed del corazón, la sed de esperanza, la sed de amor, la sed del para qué de la vida. La samaritana era una mujer que tenía sed de esperanza y por eso le pregunta a Jesús por el lugar donde podemos encontrarnos con Dios, el que da sentido a la vida. La samaritana, una mujer con una gran sed de amor, no había sido capaz de llenar su corazón con todas las personas que había estado. La samaritana es una mujer que tenía una gran sed de sentido en su vida y va más allá de lo que las costumbres de la época permitían y entabla un dialogo con Jesús.

Como decía el Papa Benedicto XVI: Jesús pone en marcha en su interlocutora un camino interior que hace surgir en ella el deseo de algo más profundo. San Agustín comenta: «Aquel que pedía de beber, tenía sed de la fe de aquella mujer». Es la mujer misma la que pide agua a Jesús (cf. Jn 4, 15), manifestando así que en toda persona hay una necesidad de Dios y de la salvación que sólo él puede colmar. Una sed de infinito que solamente puede saciar el agua que ofrece Jesús, el agua viva del Espíritu.

Pero no basta con que la samaritana sea una mujer con sed de cosas importantes. Es necesario que quien tiene enfrente le pueda dar la plenitud que su corazón necesita. ¿Qué es lo que Jesús le da? Jesús le dice que tiene que buscar el sentido de la vida en su propio corazón, por eso le dice que él le dará un agua que se convertirá en un surtidor de vida eterna. Lo segundo que Jesús le da es la certeza de que, a pesar del estilo de vida que había llevado, puede otra vez encontrarse con Dios. Parece que la vida de la mujer no era muy ejemplar, pero Jesús le dice que si es sincera consigo misma podrá encontrarse con Dios. Lo tercero que Jesús le da es su amistad personal. La mujer pensaba que Dios estaba muy lejos de su vida, pero Jesús le dice: El Mesías soy yo el que habla contigo. Jesús se hace cercano a quien tiene necesidad de él.

Estos tres regalos de Jesús curan la sed de esperanza, de amor y de sentido de la vida: entra en tu interior, siempre puedes volver a empezar porque yo estoy siempre cerca de ti. Como nos ha dicho San Pablo: La esperanza no defrauda, porque Dios ha infundido su amor en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo, que él mismo nos ha dado. En efecto, cuando todavía no teníamos fuerzas para salir del pecado, Cristo murió por los pecadores en el tiempo señalado.

Nuestro mundo, que nos invita a ser superficiales, nos encasilla y no nos da oportunidades de poder ser mejores cuando hemos sido malos, Nos encierra en nuestro individualismo y nos deja muertos de sed: por la angustia, la tristeza o la soledad.

¡Qué triste es un domingo en el que nos hemos levantado, hemos llenado el tiempo de comida y de televisión y nos hemos vuelto a acostar! ¡Qué hermoso es un domingo en el que nos hemos acercado a la familia, nos hemos acercado a nuestro corazón y nos hemos acercado a Dios!

La samaritana, después de encontrarse con Jesús, deja el cántaro y corre al pueblo a decir: “Vengan a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho”. Pasa de ser una mujer escondida a ser una mujer misionera. Cuando dejamos que Jesús sacie nuestra sed, estamos llamados a compartir sus regalos con los demás. Hay personas a nuestro alrededor con sed de atención, de consuelo, de una palabra que anime; podemos ser para ellos un pequeño reflejo del pozo de Sicar.

¿Dejamos que Jesús sea el agua de nuestra vida? Jesús nos regala la sinceridad, la esperanza y la amistad, para que encontremos lo que nos quita la sed, lo que nos hace felices. Hoy Jesús se acerca en la eucaristía al pozo de nuestro corazón, ojalá que sepamos abrirnos para recibir los regalos que él nos trae y que nos harán más felices.

sábado, 28 de febrero de 2026

UN ABRAZO DE LUZ

 


CUARESMA II CICLO A HOMILÍA 20230503

 A lo largo de su existencia todos veían a Jesús como una persona normal. Sin embargo, hay un momento en que Jesús se sale de esta forma de comportarse, para manifestar a sus tres discípulos más cercanos la gloria de su divinidad que lo muestra como Hijo amado del padre. Esto es la transfiguración en la que Jesús se manifiesta glorioso. Tiene que haber alguna razón para que Jesús haya hecho esto: poner de manifiesto su gloria ante los testigos que había elegido, y hacer resplandecer de tal manera aquel cuerpo suyo, semejante al de todos los hombres, que su rostro se volvió semejante a la claridad del sol y sus vestiduras aparecieron blancas como la nieve.» (San León Magno, Sermón 51)

El evangelio nos dice que este suceso ocurre cuando iban camino de Jerusalén, es decir cuando comenzaban a acercarse a los momentos de la Pasión y de la cruz. Eso los discípulos no lo sabían, pero Jesus si lo sabía. La transfiguración de Jesús es como un abrazo para darles seguridad en los momentos de prueba, para que tengan en su corazón la semilla de la luz cuando todo se haga oscuro. En la Pasión los discípulos solo verán a Jesús como alguien humillado, herido, lastimado, algo que resquebrajara la fe que tenían en él. Por eso como dice San Leon Magno: “En aquella transfiguración se trataba, sobre todo, de alejar de los corazones de los discípulos el escándalo de la cruz, y evitar así que la humillación de la pasión trastornara la fe de aquellos a quienes se había revelado la dignidad escondida.»

Quizá también nosotros podemos experimentar lo mismo, cuando seguir creyendo en el bien, en el amor, en la verdad nos pesa como una losa. Esto pasa porque el mundo nos bombardea con malos ejemplos de quienes deberían ser testimonio de bien, y ese mal ejemplo nos desanima, o cuando vemos que personas inocentes sufren sin motivo y eso nos enoja y nos frustra, o cuando parece que quienes hacen el mal no reciben el castigo que parecerían merecer y eso nos enoja. Pero también esto nos puede pasar cuando en nuestro corazón descubrimos que no somos capaces de vencer lo malo que nos hunde, cuando vemos que nos hemos vuelto a enojar con quien menos queríamos, o cuando la pereza nos atrapa y nos hace dejar de lado cosas buenas que sabíamos que deberíamos haber hecho, o cuando alguna pasión nos arrastra y pone en peligro lo que más queremos en la familia, el matrimonio o la amistad.

Todas estas situaciones nos pueden desanimar y hacernos perder la fe. Entonces necesitamos volver a tener algo a lo que agarrarnos, para seguir adelante en el bien o para dejar de lado las propuestas que nos hace el mal. Como Abraham, que al oír lo que Dios pide lo deja todo. Somos conscientes de que en ese camino tenemos fallos, y eso nos puede echar para atrás. Como dice San Pablo cuando escribe a Timoteo en una situación que no era fácil y le dice: Comparte conmigo los sufrimientos por la predicación del Evangelio, sostenido por la fuerza de Dios. Pues Dios es quien nos ha salvado y nos ha llamado a que le consagremos nuestra vida.

San Pablo es consciente de que seguir a Jesús no es sencillo y que cuando nos vemos caídos podemos dejar de esforzarnos para seguir haciendo el bien, o para seguir creyendo en el bien. Jesús, con su transfiguración, nos dice que siempre tengamos confianza en él, que nos pongamos completamente en sus manos, porque él cumple lo que la ley y los profetas de Israel habían prometido, y, sobre todo, porque él es el Hijo muy amado de Dios, que nos trae en todas las situaciones de nuestra vida el amor de Dios.

La voz del Padre que se oye desde el cielo nos dice: Escúchenlo. Hay una diferencia entre oír y escuchar. Nosotros podemos oír muchas cosas, pero a veces, nos entran por un oído y nos salen por otro. Escuchar significa poner atención y guardar en nuestro corazón aquello que se nos transmite. Cuando un enamorado le pide matrimonio a su novia, la novia no oye, la novia escucha y por eso se emociona y es capaz de comprometerse para toda la vida.

Jesús nos invita a caminar con él en esta cuaresma. Nos invita a que, si a veces el peso del mal se nos hace costoso, no miremos el mal, sino que lo miremos a él con la seguridad de que, con él, podemos vencer el peso que el mal puede poner en el corazón. Les decía al principio, que Jesús tiene esta manifestación a sus discípulos cuando se acercaban los momentos de la pasión y de la cruz, pero al final Jesús no habla de cruz, Jesús habla de resurrección: "No le cuenten a nadie lo que han visto, hasta que el Hijo del hombre haya resucitado de entre los muertos".

Jesús nos invita siempre a que miremos todo, incluidas las cosas que nos cuestan desde la luz de la resurrección, para que descubramos su verdadero sentido y tengamos la certeza de que ningún mal de fuera y, sobre todo, ningún mal de dentro es más fuerte que el amor que Jesús nos tiene, porque ese amor es el amor todopoderoso de Dios. Hoy, cuando Jesús Eucaristía llegue a nuestro corazón se nos vuelve a decir que la última palabra no la tiene la cruz, la tiene la luz del amor de Dios. Seamos testigos de esa luz con todos los que son importantes en nuestro corazón.