sábado, 25 de abril de 2026

PASTORES POR AMOR

 


PASCUA HOMILÍA IV DOMINGO CICLO C

Cuando pensamos en el domingo del buen pastor, solemos imaginar a Jesús cargando una oveja sobre los hombros. Pero el evangelio de este año nos sorprende con otra imagen: Jesús se nos presenta como puerta de las ovejas, frente al ladrón y al bandido que intentan entrar por otro lado.

Este domingo es el que conocemos como el domingo del buen pastor porque el evangelio recoge una de las más hermosas predicaciones de Jesús, cuando se compara como un pastor que se preocupa de sus ovejas. Jesús nos regala el día de hoy, por un lado, la certeza de que tenemos un pastor, un líder diríamos hoy que nunca defrauda, que está dispuesto a entregar su vida por nosotros, y que sobre todo nos puede librar de todo mal. Al mismo tiempo, Jesús se presenta como el modelo de todos los que tenemos que ser pastores.

¿Quiénes tenemos que ser pastores? ¿Solamente los sacerdotes? Todos estamos llamados a ser pastores de los demás, todos tenemos una responsabilidad sobre la vida de los demás. Jesus es el modelo de nuestra relación con los demás. las lecturas de hoy nos enseñan lo que significa ser un pastor modelo: El entra por la puerta, conoce a las ovejas, las ovejas le siguen y da la vida por ellas. San Gregorio Magno, nos da una clave que lo ilumina todo: conocer, para el buen pastor, no es tener información sobre alguien. Es amarlo. "Yo soy el buen Pastor, que conozco a mis ovejas, es decir, que las amo." Por eso el ladrón no conoce: porque no ama. Y por eso el extraño es un extraño: porque nunca se interesó por lo que había en el corazón de los demás. Es el modelo negativo de quien tendría que ser pastor, pero es ladrón y bandido, porque no respeta lo que es propio de los demás, es quien salta por el muro, porque no respeta el modo de vida de los demás y finalmente roba y mata a las ovejas, o sea se aprovecha de la vida de los demás.

El rasgo que tiene que ver con dar la vida o robar la vida, podría ser el que define todo lo demás. Una persona nos importa de verdad cuando estamos dispuestos a dar la vida por ella.  Y no hace falta pensar en gestos heroicos. Dar la vida es también dar el tiempo cuando no te sobra. Es escuchar de verdad cuando estás cansado. Es quedarte cuando sería más fácil irte. Por el contrario, una persona es para nosotros menos que una cosa, cuando nos aprovechamos de su vida para nuestro egoísmo o nuestro interés. El ladrón no es necesariamente el villano de una película. A veces somos nosotros mismos cuando calculamos lo que nos cuesta cada relación, cuando estamos con alguien solo mientras nos conviene, cuando saltamos el muro porque entrar por la puerta nos parece demasiado lento.

Jesús es nuestro pastor porque, como san Pedro, antes de ser pastores todos fuimos ovejas perdidas. Cristo sufrió por nosotros y por sus llagas hemos sido curados. Es decir, el mejor pastor que existe no nos cuidó desde la comodidad o desde la perfección, sino desde sus propias heridas. Y esa es también la marca de los mejores pastores que hemos tenido en nuestra vida: no nos ayudaron porque lo tenían todo resuelto, sino porque conocían por dentro lo que nosotros estábamos viviendo. Pero hay algo más: Pedro nos dice que Jesús nos dejó un ejemplo para que sigamos sus huellas. No un ideal lejano e inalcanzable, sino un camino ya pisado, un rastro concreto que podemos seguir. Y el punto de partida de ese camino es siempre el mismo: recordar que nosotros también fuimos ovejas descarriadas, que alguien salió a buscarnos, y que esa experiencia de haber sido encontrados es precisamente lo que nos capacita para salir a buscar a otros.

Pero Jesús nos dice algo más, nos dice que él es la puerta por la que todos tenemos que entrar: Les aseguro que yo soy la puerta de las ovejas. Yo soy la puerta; quien entre por mí se salvará, podrá entrar y salir y encontrará pastos. Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia”. Es decir, si queremos ser pastores como él, tenemos que entrar por la puerta que es él mismo, lo tenemos que tomar a él como modelo de la forma en la que nosotros nos relacionamos con los demás, de la forma en la que nosotros queremos ayudar a los demás.

Todos somos pastores de alguien, porque todas las personas con las nos relacionamos es como si Dios las hubiera puesto a nuestro cuidado. En casa, los amigos, el trabajo, la esposa, los hijos, los hermanos, nuestros papás ancianos. Es impresionante descubrir cuánta gente Dios nos dado para que seamos su pastor. Y todos tenemos que ser como el pastor modelo que es Jesús. pero tenemos que ser como el pastor modelo que es Jesús especialmente con quienes son más débiles, en especial los niños.

Este domingo nos invita a preguntarnos quiénes son las ovejas que Dios ha puesto a nuestro cuidado y cómo estamos ejerciendo ese cuidado. ¿Entramos por la puerta o saltamos el muro? ¿Conocemos de verdad el nombre de quienes tenemos cerca, lo que hay en su corazón, o nos quedamos en la superficie? Hay personas en nuestra vida que están esperando que alguien las llame por su nombre verdadero. Que alguien se tome el tiempo de conocer lo que cargan, lo que les cuesta, lo que no se atreven a decir. Ese alguien puedes ser tú. Ese es el pastoreo concreto al que nos llama Jesús hoy.

Y al mismo tiempo es una invitación a la gratitud. Porque todos, en algún momento de nuestra vida, hemos tenido un buen pastor. Alguien que se quedó cuando podría haberse ido. Alguien que puso algo de su vida para que la nuestra fuera mejor.

No hace falta esperar a ser mejor pastor para empezar. "Amar de esta forma ya es ponerse en camino." El amor mismo es ya el primer paso. Que hoy Jesús en nuestro corazón nos permita estar siempre cerca de él, agradecidos por los buenos pastores que ha puesto en nuestras vidas, y generosos para ser buenos pastores para otros.

sábado, 18 de abril de 2026

COMPAÑEROS DE UN CORAZON QUE ARDE

 


PASCUA III DOMINGO CICLO A

El domingo pasado se nos invitaba a vernos con los ojos de Tomás. Hoy el evangelio nos invita vernos con los ojos de otros dos discípulos, de los que solo sabemos el nombre de uno, que se llama Cleofás. El otro no tiene nombre, quizá para que le podamos poner el nuestro. De este modo hoy todos podemos ser el compañero de camino de Cleofás.

Estos dos discípulos han salido de Jerusalén cuando ya las mujeres habían llegado del sepulcro y cuando Pedro y Juan ya habían regresado sin ver más que los lienzos en la tumba vacía. Pero eso a estos dos no les convence y comienzan su regreso. Abandonan Jerusalén.

En algún momento de ese domingo, Jesús se les hace el encontradizo y comienza una conversación con ellos. En esa conversación, Jesús primero se fija en la tristeza de los discípulos, luego les hace que le cuenten lo que ellos pensaban que había pasado con Jesús, después les hace ver que, por su dureza interior, no habían entendido lo que le había pasado a Jesús y termina explicándoles el plan redentor de Dios. Y su corazón comienza a arder.

Llegan a Emaús al atardecer. Jesús hace ademán de seguir. Y ellos le piden que se quede. "Quédate con nosotros, que anochece." Una de las frases más humanas del Nuevo Testamento. No es una declaración de fe. Es una necesidad. No quieren quedarse solos en la oscuridad. Y Jesús se queda. Se sienta a la mesa. Toma el pan, lo bendice, lo parte. Y en ese gesto —ese gesto tan cotidiano y tan cargado— lo reconocen. Y desaparece.

Jesús siempre se dirige a nosotros: que a veces podemos estar decepcionados, o podemos tener dificultades por qué pasan las cosas de una manera. Creo que todos tenemos esta experiencia.

Como también tenemos la experiencia de algo que hace arder nuestro corazón, cuando nos cuentan una buena noticia o llega alguien a quien queremos mucho, o cuando vemos a nuestro hijo recién nacido. Jesús quiere tocar nuestro corazón, porque quiere que descubramos que él siempre nos ama. y a pesar de que sintamos lo contrario, él nunca nos abandona. Cuando sentimos que tenemos un vacío muy grande en el interior, como los discípulos, que se habían quedado con la tumba vacía, él se hace presente para animarnos de nuevo.

Jesús tiene muchas maneras de hacerse presente, aunque no lo reconozcamos. A veces lo hace con alguien que nos sale al camino y nos dice palabras de esperanza, o alguien que se sienta al borde de la cama cuando estamos tristes, o nos da un buen consejo cuando no sabemos qué hacer para ser mejores padres, esposos o hijos. Cada día podríamos preguntarnos ¿Cómo me he encontrado con Jesús hoy?

Pero el evangelio no termina ahí, pues nos ofrece dos grandes faros para las oscuridades de nuestra vida: Primero, Jesús se hace reconocer al partir el pan; luego, aquellos discípulos regresan a Jerusalén para reencontrarse con los demás. También a nosotros nos indica el camino: la mesa de la Palabra, la mesa de la Eucaristía y la comunidad de los hermanos.

Cuando llegan a Emaús los discípulos invitan a Jesús a que se quede con ellos y Jesús parte con ellos el pan. Estos dos discípulos tuvieron la suerte de poder caminar todo un día con Jesús. No caminamos con Jesús del mismo modo que aquellos discípulos, pero sí de un modo real y profundo pues el Evangelio nos dice dónde se ha quedado Jesús con nosotros. Se ha quedado en la Eucaristía, en su presencia sencilla bajo las especies del pan y el vino. Aunque no podemos ver a Jesús con los ojos materiales, lo podemos ver con los ojos del corazón. Por eso decimos “Amén” cuando se nos da su cuerpo.

Hoy, en la situación en la que estemos, también le podemos decir a Jesús que se quede con nosotros, como lo hace en la eucaristía en la que recibimos su persona. Él no se queda en una casa de ladrillos. Él se queda en nuestra alma, para que sepamos que siempre está a nuestro lado y que nos saldrá siempre al encuentro, que nos escuchará con misericordia, nos compartirá su sabiduría y nos volverá a encender de fe, esperanza y amor.

Pero el evangelio no termina en la mesa. Termina en el camino de vuelta.

En cuanto lo reconocen, los dos discípulos se levantan y regresan a Jerusalén. Porque cuando el corazón arde, no puedes quedarte quieto. Tienes que ir a contárselo a alguien. Eso es la Iglesia. Es la comunidad de los que han reconocido a Jesús en el camino y no pueden guardar eso para sí solos.

Jesús nos invita a no ser individualistas, cerrados en nosotros mismos, sino a saber ser cercanos a los demás, como Jesús lo ha sido con nosotros. Siempre hay alguien a quien le podemos hacer un bien, alguien a quien podemos hacer sonreír cuando esté triste, alguien a quien le hemos ofrecido una perspectiva que le ha llenado de esperanza en medio de su confusión.

Ser Iglesia es ser compañeros de camino, ayudar a los demás a llegar a experimentar la presencia de Jesús en la eucaristía. San Pedro, en la primera lectura, lo dice con una sola frase, proclamar que a Jesús Dios lo resucitó, y de ello todos nosotros somos testigos. Ser testigos de la resurrección es eso: salir al camino de alguien con el corazón vacío. Este domingo nos toca ser el amigo de Cleofás, porque, aunque no podemos ver a Jesús, sí nos podemos encontrar con él. Siempre que nos sintamos tristes, decepcionados, estaremos llamando a Jesús. Él llegará, nos enseñará el camino, y nos invitará a regresar con un corazón que arde, para compartir con los demás, lo que ha llenado de esperanza nuestras vidas.