sábado, 28 de febrero de 2026

UN ABRAZO DE LUZ

 


CUARESMA II CICLO A HOMILÍA 20230503

 A lo largo de su existencia todos veían a Jesús como una persona normal. Sin embargo, hay un momento en que Jesús se sale de esta forma de comportarse, para manifestar a sus tres discípulos más cercanos la gloria de su divinidad que lo muestra como Hijo amado del padre. Esto es la transfiguración en la que Jesús se manifiesta glorioso. Tiene que haber alguna razón para que Jesús haya hecho esto: poner de manifiesto su gloria ante los testigos que había elegido, y hacer resplandecer de tal manera aquel cuerpo suyo, semejante al de todos los hombres, que su rostro se volvió semejante a la claridad del sol y sus vestiduras aparecieron blancas como la nieve.» (San León Magno, Sermón 51)

El evangelio nos dice que este suceso ocurre cuando iban camino de Jerusalén, es decir cuando comenzaban a acercarse a los momentos de la Pasión y de la cruz. Eso los discípulos no lo sabían, pero Jesus si lo sabía. La transfiguración de Jesús es como un abrazo para darles seguridad en los momentos de prueba, para que tengan en su corazón la semilla de la luz cuando todo se haga oscuro. En la Pasión los discípulos solo verán a Jesús como alguien humillado, herido, lastimado, algo que resquebrajara la fe que tenían en él. Por eso como dice San Leon Magno: “En aquella transfiguración se trataba, sobre todo, de alejar de los corazones de los discípulos el escándalo de la cruz, y evitar así que la humillación de la pasión trastornara la fe de aquellos a quienes se había revelado la dignidad escondida.»

Quizá también nosotros podemos experimentar lo mismo, cuando seguir creyendo en el bien, en el amor, en la verdad nos pesa como una losa. Esto pasa porque el mundo nos bombardea con malos ejemplos de quienes deberían ser testimonio de bien, y ese mal ejemplo nos desanima, o cuando vemos que personas inocentes sufren sin motivo y eso nos enoja y nos frustra, o cuando parece que quienes hacen el mal no reciben el castigo que parecerían merecer y eso nos enoja. Pero también esto nos puede pasar cuando en nuestro corazón descubrimos que no somos capaces de vencer lo malo que nos hunde, cuando vemos que nos hemos vuelto a enojar con quien menos queríamos, o cuando la pereza nos atrapa y nos hace dejar de lado cosas buenas que sabíamos que deberíamos haber hecho, o cuando alguna pasión nos arrastra y pone en peligro lo que más queremos en la familia, el matrimonio o la amistad.

Todas estas situaciones nos pueden desanimar y hacernos perder la fe. Entonces necesitamos volver a tener algo a lo que agarrarnos, para seguir adelante en el bien o para dejar de lado las propuestas que nos hace el mal. Como Abraham, que al oír lo que Dios pide lo deja todo. Somos conscientes de que en ese camino tenemos fallos, y eso nos puede echar para atrás. Como dice San Pablo cuando escribe a Timoteo en una situación que no era fácil y le dice: Comparte conmigo los sufrimientos por la predicación del Evangelio, sostenido por la fuerza de Dios. Pues Dios es quien nos ha salvado y nos ha llamado a que le consagremos nuestra vida.

San Pablo es consciente de que seguir a Jesús no es sencillo y que cuando nos vemos caídos podemos dejar de esforzarnos para seguir haciendo el bien, o para seguir creyendo en el bien. Jesús, con su transfiguración, nos dice que siempre tengamos confianza en él, que nos pongamos completamente en sus manos, porque él cumple lo que la ley y los profetas de Israel habían prometido, y, sobre todo, porque él es el Hijo muy amado de Dios, que nos trae en todas las situaciones de nuestra vida el amor de Dios.

La voz del Padre que se oye desde el cielo nos dice: Escúchenlo. Hay una diferencia entre oír y escuchar. Nosotros podemos oír muchas cosas, pero a veces, nos entran por un oído y nos salen por otro. Escuchar significa poner atención y guardar en nuestro corazón aquello que se nos transmite. Cuando un enamorado le pide matrimonio a su novia, la novia no oye, la novia escucha y por eso se emociona y es capaz de comprometerse para toda la vida.

Jesús nos invita a caminar con él en esta cuaresma. Nos invita a que, si a veces el peso del mal se nos hace costoso, no miremos el mal, sino que lo miremos a él con la seguridad de que, con él, podemos vencer el peso que el mal puede poner en el corazón. Les decía al principio, que Jesús tiene esta manifestación a sus discípulos cuando se acercaban los momentos de la pasión y de la cruz, pero al final Jesús no habla de cruz, Jesús habla de resurrección: "No le cuenten a nadie lo que han visto, hasta que el Hijo del hombre haya resucitado de entre los muertos".

Jesús nos invita siempre a que miremos todo, incluidas las cosas que nos cuestan desde la luz de la resurrección, para que descubramos su verdadero sentido y tengamos la certeza de que ningún mal de fuera y, sobre todo, ningún mal de dentro es más fuerte que el amor que Jesús nos tiene, porque ese amor es el amor todopoderoso de Dios. Hoy, cuando Jesús Eucaristía llegue a nuestro corazón se nos vuelve a decir que la última palabra no la tiene la cruz, la tiene la luz del amor de Dios. Seamos testigos de esa luz con todos los que son importantes en nuestro corazón.


sábado, 21 de febrero de 2026

TENTADOS PERO NO VENCIDOS

 


HOMILIA 1 DOMINGO DE CUARESMA CICLO A

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Las lecturas de hoy nos abren la puerta para que entremos de lleno en el periodo del año que nos prepara al gran evento de nuestra vida cristiana, que es la participación en el misterio pascual; es decir, la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo. Toda la Cuaresma, los sacrificios que podamos hacer, quizá el acercamiento a la confesión para pedir perdón a Dios por nuestros pecados, tiene un sentido: estar cerca de Jesús y profundizar en el regalo que se nos dio en nuestro bautismo: la vida eterna, que tiene que manifestarse en las cosas diarias de nuestra vida, como lo hemos dicho en la oración con la que hemos empezado la misa: que progresemos en el conocimiento del misterio de Cristo y traduzcamos su efecto en una conducta irreprochable.

Para esta preparación, hoy se nos pone en esta primera etapa la reflexión sobre una realidad que vemos todos los días: existe un mal en nuestro mundo y este mal quiere que nosotros seamos malos. Esto nos pasa cuando alguien nos invita a hacer cosas que sabemos que están mal, como la ira, la mentira, la soberbia, la envidia. La primera lectura nos cuenta cómo, por una parte, Dios había hecho todo para que el ser humano fuera feliz, pero el demonio, el enemigo del ser humano y de Dios, busca destruir esa felicidad, haciendo que Eva y Adán desconfíen de Dios y se dejen llevar por la soberbia. La primera tentación es sacar a Dios de nuestro corazón y llenarlo con nuestro egoísmo, o sacar lo que llena de bien nuestro corazón y llenarlo de cosas malas.

Como enseñaba san Ireneo, el hombre es indigente de la comunión con Dios. Cuando nos alejamos de Él no nos hacemos más libres, sino más pobres. Seguir al Salvador es participar de la salvación; alejarnos de la luz no nos hace más fuertes, sino más oscuros.

Todos hemos experimentado esto, a lo mejor en nuestra relación de esposos, o con algún hermano, o con algún amigo. Vamos sintiendo que, es como si algo nos subiera desde dentro, que va sacando el bien y nos deja solo con el mal. Adán y Eva no supieron vencer el mal y entonces, se dieron cuenta de que estaban desnudos; o sea, se habían quedado sin nada de todo lo bueno que tenían. El mal tiene consecuencias, como cuando por pereza ensuciamos el planeta, o cuando por soberbia somos prepotentes con quien nos pide ayuda. El mal, como codicia, pereza o soberbia, está dentro de mí, pero quien lo acaba sufriendo es un necesitado, un familiar o nuestro planeta.

Jesucristo nos hace ver que lo malo, en cualquiera de sus formas, no puede vencer al bien. A veces puede ser más costoso, o más largo el tiempo de espera, pero tenemos que tener por seguro que el bien siempre vence. Jesús nos enseña que el mal se puede vencer.

Como decía san Agustín, cuando escuchamos que Cristo fue tentado, no debemos escandalizarnos, sino comprender algo mucho más profundo: en Cristo estabas siendo tentado tú. Y si en Él fuimos tentados, también en Él vencemos. Cristo no quiso evitar la tentación, porque quería enseñarnos el camino de la victoria. Reconócete tentado en Él, pero reconócete también vencedor en Él.

Las tentaciones nos presentan tres tipos de mal que pueden entrar en nuestro corazón. La tentación del pan es la de usar para nuestro provecho egoísta las cualidades que hemos recibido. La tentación del templo es la de querer usar para nuestro egoísmo la fe que los demás pueden poner en nosotros. La tentación en la que el demonio promete a Jesús ser el dueño del mundo si se rinde al mal, es la de sacar a Dios de nuestra vida para hacer solo los planes de nuestra soberbia o de nuestra vanidad.

Jesús vence las tres tentaciones con la humildad, la rectitud de conciencia y la palabra de Dios. Es decir, Jesús nos enseña que tenemos que dar lo mejor de nosotros y apoyarnos en Dios, que siempre estará a nuestro lado.

La consecuencia de esto será un mundo mejor para todos, como decía san Pablo: "Así pues, como el delito de uno solo atrajo sobre todos los hombres la condenación, así también la obra de justicia de uno solo procura para todos los hombres la justificación, que da la vida". Muchas veces podemos quejarnos de lo mal que están las cosas a nuestro alrededor, pero lo que tenemos que hacer es sembrar el bien a nuestro alrededor: el primer bien que es el amor, la caridad; el bien que es la justicia; el bien que es la verdad. Aunque a veces no seamos comprendidos, aunque a veces cueste el que no nos aplaudan, hay que sembrar siempre el bien. De este modo “El amor cubre la multitud de los pecados… el amor lo soporta todo… en el amor hallan su perfección todos los elegidos de Dios.” “Sin el amor nada es grato a Dios.” (San Clemente Romano)

El Evangelio de hoy nos enseña que el mal aparece cuando dejamos que la vanidad o la soberbia guíen nuestras decisiones, y el bien aparece cuando la búsqueda de la verdad en la conciencia y en la vida ilumina nuestra existencia. Satanás nos tienta para que busquemos vencer el mal con otros males. Jesús nos enseña a vencer primero el mal interior, el del egoísmo, y luego ir venciendo los males que nos rodean. Dentro de unos instantes Jesús va a venir a nuestro corazón en la Eucaristía para hacerlo bueno y abierto a lo que Dios pide. Ojalá sepamos ser difusores del bien que Jesús siembra en nuestro corazón.