PASCUA HOMILÍA V DOMINGO CICLO A
Una de las cosas que más nos asustan es estar solos y
perdidos. Son muchas las historias de niños que se quedan en un bosque y
atraviesan muchas dificultades para al final conseguir salir adelante. Jesús en
la Pascua nos va dando pruebas de que su amor es más fuerte que la muerte o que
nuestras fragilidades. Nos dice que él es nuestro buen pastor que nos acompaña
a lo largo de la vida. Pero según va avanzando la pascua, nos vamos dando
cuenta de que la vida ordinaria se impone y parece que quedan muy lejos las
fuertes emociones de la semana santa, de la pasión de Jesús y de su resurrección.
Entonces podemos empezar a sentirnos solos y perdidos
como los niños del bosque. Porque vemos la difícil situación económica o las
complicaciones para sacar adelante a los hijos, o las relaciones con alguien
importante que no terminan de arreglarse. Y nos sentimos solos o perdidos.
Por eso el evangelio de este domingo, cuando comenzamos a
ver que se acerca el final de la pascua, nos ayuda a sostener la fortaleza del corazón
para seguir viviendo con fe, con esperanza y con amor en medio de las
circunstancias de todos los días. Las dos preguntas de los discípulos en el evangelio
hablan de lo que hay en un corazón que siente que la vida se le puede
complicar.
Lo primero es la pregunta por el camino para alcanzar la
paz del corazón. La paz del corazón es algo que todos queremos, el no tenerla
nos hace angustiarnos, infelices. El camino es Jesús y eso significa dos cosas:
primero que Jesús es el ser humano modelo, que nos enseña cómo debemos emplear
la vida, qué es lo que nos hace felices, cómo debemos ser con los demás, cómo
debemos considerar las realidades de la vida. Lo segundo es que, al imitar a Jesús,
se nos abre el camino a que Dios no sea algo lejano en la vida, sino que lo podemos
encontrar como alguien cercano, al que se puede amar como se ama a un padre, con
el que podemos ser agradecidos, como se es agradecido con un padre, alguien que
busca nuestra felicidad, como la busca un buen padre.
San Agustín nos recuerda que era necesario que Jesús
dijese "Yo soy el camino, la verdad y la vida", porque una vez
conocido el camino faltaba por conocer la meta, y la meta es el Padre. Jesús
es el camino, la verdad y la vida, esto significa que, para llegar a la paz,
tenemos que vernos con el corazón de Dios y no dejarnos enredar por las
mentiras que a veces el demonio nos dice: que no tenemos remedio, o que Dios no
nos ama y que nos castiga. También están las mentiras que nos decimos a
nosotros mismos: como el diabético que se dice que el azúcar le hace bien, o el
niño que dice a su mamá que le va a ir bien en el examen, cuando no ha
estudiado nada.
Jesús es la vida, el que con su amor vence lo que nos
mata el alma con la desesperanza, lo que nos mata el sentido de la vida, o nos
nubla la certeza de que, más allá de nuestra existencia material, hay una vida
en Dios, en la que nos encontraremos con aquellos que nos aman y amamos.
Lo tercero tiene que ver con el Padre: muéstranos al
Padre le dicen a Jesús. Los discípulos, como todos nosotros estamos en búsqueda
de un Dios de verdad, que nos ame, que se preocupe de modo personal por cada
uno, que sepamos que nunca nos va a fallar y que siempre va a salir al
encuentro cuando estemos perdidos o pensemos que no tenemos remedio. Nos hace
falta el encuentro personal con un Dios que nos permita vivir con un sentido
que nos haga felices. De este modo, cuando nos sentimos solos tenemos un amigo
que es Jesús y cuando nos sentimos perdidos sabemos que hay un Padre, que es el
padre de nuestro amigo Jesús.
Pero Jesús nos dice: yo me voy al Padre. ¿Entonces nos
volvemos a quedar solos y perdidos? No, porque Jesús, al irse al Padre, se
queda más con nosotros. Como nos recuerda san Pablo, ya no somos nosotros
los que vivimos, sino que es Cristo quien vive en nosotros. Es como cuando
echas el azúcar en el agua: no lo ves, pero sabes que está ahí y lo puedes
experimentar de otra manera, que ya no es con los ojos, sino con la lengua y el
olfato, porque el agua sabe a azúcar y huele azúcar. El azúcar está ahí, aunque
no lo veamos.
Jesús está aquí, aunque no lo veamos. Está a través de
los sacramentos, en donde no vemos a Jesús con los ojos, pero lo experimentamos
con la fe. Está a través de las palabras del evangelio, donde sin verlo lo
escuchamos y nos aconseja. También está en la Iglesia, donde se nos presenta en
la oración, se hace pan en la Eucaristía y nos tiende la mano a través de las
obras de caridad con los necesitados. Lo importante para saber el camino y no
sentirnos solos es buscar siempre a Jesús.
De esta certeza tiene que nacer un compromiso personal
como nos dice San Pedro: proclamen las obras maravillosas de aquel que los
llamó de las tinieblas a su luz admirable. Jesús dice: el que crea en
mí, hará las obras que hago yo y las hará aún mayores. Por eso cada uno de
nosotros tiene que ser Jesús para los demás: ser camino, verdad y vida para los
que nos necesiten, ser imagen del corazón del padre para quien se encuentre
solo y ser signo de todo el bien que Dios quiere hacer a través de nosotros.

