domingo, 17 de mayo de 2026

UN AMOR SIN LIMITES

 




PASCUA VII DOMINGO CICLO A

LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR

Este es uno de los domingos que más nos cuesta entender. En el domingo de la ascensión recordamos, según nos narra la palabra de Dios, el momento en que Jesús deja de estar presente de modo visible en nuestro mundo. A partir de este momento, ya no esta entre nosotros como sucede con cualquier otro ser humano. Así dice el catecismo de la Iglesia: la ascensión marca la entrada definitiva de la humanidad de Jesús en el dominio celeste de Dios de donde ha de volver, aunque mientras tanto lo esconde a los ojos de los hombres.

Pero, como pasa con otros momentos de la vida de Cristo, la gran pregunta es no solo qué le pasa a Cristo, sino también qué nos pasa a nosotros. En primer lugar, lo que le pasa a Jesús es que su ser humano entra de modo completo en la gloria del Padre, o sea alcanza la plenitud de lo que un ser humano puede llegar a ser.

A veces nos llaman la atención los poderes de los superhéroes, porque vemos a un ser humano que posee algo extraordinario y que le hace capaz de luchar en defensa del bien, peleando con todo tipo de villanos.

A diferencia de los superhéroes, Jesús no tiene superpoderes, sino que su ser humano existe en su máxima dimensión, absolutamente lleno de la presencia de Dios. Esto es la gloria, estar lleno del amor de Dios y de la felicidad de Dios. Todo ello nos da la certeza de que él es el mejor de todos los seres humanos, capaz de ser más fuerte que todo el mal y siempre dispuesto a ayudarnos a vivir en plenitud el bien.

Hoy nos gusta mucho repetir la expresión: Sé la mejor versión de ti mismo. La Ascensión de Jesús es la certeza de que Jesús, al que hemos visto predicar, hacer milagros, al que hemos visto morir en la cruz, resucitar y decirnos que ha vencido a la muerte, ese mismo Jesús, es el ser humano perfecto. Esto es maravilloso: el que alguien que ha hecho tanto por ti, logre un éxito completo.

Del mismo modo en que nos alegramos mucho cuando un connacional logra una medalla, o cuando nuestro equipo favorito gana el campeonato, hoy tendríamos que sentir la alegría de que Jesús ha logrado lo máximo que puede lograr un ser humano, como lo decimos en el credo de cada domingo: subió al cielo y está sentado a la derecha del Padre.

Esto no es algo físico sino una expresión para decir que Jesús, uno como nosotros, está de modo definitivo junto a Dios (subió al cielo) y es nuestro Señor y Rey (está sentado a la derecha de Dios): Señor por el servicio y Rey por el amor hasta la muerte. Como ha dicho San Pablo: Todo lo puso bajo sus pies y a él mismo lo constituyó cabeza suprema de la Iglesia, que es su cuerpo, y la plenitud del que lo consuma todo en todo.

En segundo lugar, qué implica para nosotros. La ascensión de Jesús es la fiesta de nuestra esperanza, de la certeza de que contamos con alguien que en verdad puede darnos consuelo, sentido y ayudarnos a encontrar los caminos de felicidad que necesitamos.

Esta esperanza no es una ilusión vaga ni un simple optimismo. Es la certeza firme de que hay alguien que ya ha recorrido el camino y nos espera al final. La Ascensión nos da la seguridad de que podemos llevar esperanza a toda nuestra vida diaria, nuestros trabajos, nuestras relaciones. Porque Cristo glorificado sigue caminando con nosotros y el poder del amor de Dios puede entrar incluso en aquello que hoy parece roto o imposible.

Esa esperanza nos sostiene cuando lo cotidiano se vuelve pesado, cuando la familia duele, cuando la enfermedad llega, cuando sentimos que nuestras fuerzas no alcanzan. Esto está presente en la promesa que nos hace Jesús: sepan que yo estaré con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo.

Jesús, que sube al cielo y está sentado a la derecha del Padre, puede estar con nosotros donde nos encontremos: nada lo limita para estar con nosotros. Nosotros estamos limitados para estar con los que amamos, por la distancia, la edad, o nuestros pecados. Jesús no tiene ningún límite. Como decía el Papa Francisco: “Aunque no lo veamos con los ojos, Él está. Nos acompaña, nos guía, nos toma de la mano y nos levanta cuando caemos. Jesús resucitado está cerca de los cristianos perseguidos y discriminados; está cerca de cada hombre y cada mujer que sufre.”

Jesús, nuestro verdadero amigo, en su ascensión, nos da la esperanza de que el amor de Dios estará siempre cerca, — en su palabra, en la eucaristía, en los necesitados — cuando todo nos vaya bien o cuando todo nos vaya mal.

Finalmente, Jesús nos invita a llevar a cabo varias tareas y nos envía: Vayan, pues, y enseñen a todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándolas a cumplir todo cuanto yo les he mandado. Nos invita a salir, a bautizar, a enseñar. Bautizar es hacer presente por los sacramentos, el amor de Dios en el corazón de cada persona. ¿Y qué enseñamos? Una sola cosa: “ámense los unos a los otros como yo los he amado."

Esta misión empieza en la casa, en la mesa familiar, en el trato diario con quienes convivimos. Desde ahí se extiende hasta la preocupación por los necesitados y alejados, porque evangelizar sin servir es predicar en el vacío. No se trata de grandes gestos heroicos, sino de acercarnos al vecino que está solo, el compañero que está sufriendo, el familiar que se alejó y necesita que alguien dé el primer paso. Como nos recordaba el Papa Francisco: “Jesús nos envía a pesar de nuestras faltas; sabe que no seremos nunca perfectos y que, si esperamos convertirnos en mejores para evangelizar, no empezaremos nunca.”

Hoy no celebramos que Jesús se fue. Celebramos que nuestra humanidad ya entró en el corazón de Dios. En Jesús descubrimos hasta dónde puede llegar nuestra humanidad cuando esté completamente llena del amor del Padre. Cristo permanece con nosotros todos los días hasta el fin del mundo. Como los apóstoles que volvieron a Jerusalén con gran alegría, volvamos a nuestra vida diaria, a nuestra familia con la alegría que llena de esperanza el corazón.

sábado, 9 de mayo de 2026

UN AMIGO INCANSABLE

 


PASCUA DOMINGO VI CICLO A

Todos sabemos lo que significa tener un amigo de verdad. No uno de esos conocidos con los que quedamos de vez en cuando, sino alguien con quien contamos para lo importante y para lo sencillo, alguien cuya presencia nos cambia el día. Hoy Jesús nos propone algo que parece demasiado bueno para ser verdad: que esa clase de amistad es exactamente lo que él nos ofrece.

Jesús, en el Evangelio de hoy, dice algo muy concreto: "Si me aman, guardarán mis mandamientos". La amistad con Él no es un sentimiento pasajero, ni una idea bonita: es una relación que transforma la vida. Amar a Jesús es dejar que su modo de vivir entre dentro de nuestras decisiones, de nuestros criterios, de nuestra manera de estar con los demás.

La clave de ser cristiano no es ser parte de un club en el que hacemos cosas religiosas, sino preguntarnos por el modo en que nos relacionamos con Jesús y lo que significa Jesús en nuestra vida. La diferencia entre ser cristianos y ser otra cosa es experimentarnos como amigos de verdad de Jesús.

La relación con Jesús y nuestra condición de cristiano es como la relación con alguien a quien con sinceridad le podamos decir, yo te amo. Amar es querer bien el bien de otro. Amar es estar pendientes de lo que es importante para esa persona. Amar a alguien es tener a esa persona en cuenta a la hora de vivir lo importante y lo de todos los días: el modo de organizar nuestro tiempo, las decisiones que tomamos, la preocupación por hacer lo que le agrada, el interés por la gente a la que esta persona quiere. Cuando tenemos un amigo de verdad, somos capaces de hacer esfuerzos generosos para hacerle la vida mejor. Como decía San Juan Pablo II: "Cuando nos sentimos amados, nos resulta más fácil amar. Cuando experimentamos el amor de Dios, estamos más dispuestos a seguir a Aquel que amó a sus discípulos hasta el extremo."

Y esto no es teoría. Todos hemos experimentado que la presencia de alguien concreto cambia un día entero: una llamada inesperada, una conversación sincera, el saber que alguien está ahí cuando las cosas se complican. La amistad verdadera sostiene la vida. Eso es lo que Jesús quiere ser para nosotros: no un añadido, sino una presencia que cambia la manera de vivir.

El valor que le damos a una relación con una persona marca también la fuerza de nuestras obligaciones con ella. Imagina que esa persona te invita a comer. No se te ocurre decirle: ¿Es obligatorio que vaya? ¿Me vale si llego después del primer plato? ¿Cuántas veces tengo que ir a visitarte al año? Sería absurdo.

Pero esto es lo que hacemos a veces a la hora de vivir nuestra fe cristiana, cuando nos preocupamos más por cumplir que por manifestar nuestro amor a Jesucristo. Lo importante de nuestra relación con Dios no son tanto las cosas que hacemos, que también son necesarias e importantes, sino el sentido de las cosas que hacemos: el amor que hay en nuestro corazón.

La Pascua, la presencia en nuestras vidas de la pasión, muerte y resurrección de Jesús, tiene que darnos la certeza de que nuestra relación con Él merece la pena y que se puede llevar a todos los momentos de nuestra existencia, dando sentido a todo lo que hacemos, lo extraordinario y lo sencillo, del mismo modo en que somos amigos, esposos, o hijos a todas horas.

Eso es ser cristiano, discípulo de Jesús: vivir como cristianos en todas las circunstancias, vivir según los valores cristianos en lo ordinario, como dice San Pedro: *"Estén dispuestos siempre a dar, al que las pidiere, las razones de la esperanza de ustedes. Pero háganlo con sencillez y respeto y estando en paz con su conciencia… pues mejor es padecer haciendo el bien, si tal es la voluntad de Dios, que padecer haciendo el mal."*

Todo esto está muy bien, pero ¿lo podemos hacer solos? El Evangelio nos da la respuesta: el Espíritu Santo es quien nos hace amigos de Jesús, el que nos recuerda cómo serlo, nos da fuerza cuando nos desanimamos. Al Espíritu Santo no lo vemos, pero lo notamos: en ese momento en que encontramos fuerzas que no sabíamos que teníamos, o en que una palabra del Evangelio nos ilumina en lo que necesitábamos escuchar, o en sentir que no estamos solos, aunque todo parezca indicar lo contrario.

Como recuerda el papa Francisco: cada día se debe aprender el arte de amar, cada día se debe seguir con paciencia la escuela de Cristo, y esto con la ayuda de este Consolador que Jesús nos ha enviado, que es el Espíritu Santo. Por eso hoy le oímos a Jesús decir: *"Yo le rogaré al Padre y él les enviará otro Consolador que esté siempre con ustedes, el Espíritu de verdad. El mundo no puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce; ustedes, en cambio, sí lo conocen, porque habita entre ustedes y estará en ustedes. No los dejaré desamparados, sino que volveré a ustedes."*

En este camino no vamos solos. El Espíritu Santo nos va a acompañar en todo momento para darnos fortaleza, sabiduría o esperanza, lo que necesitemos en cada momento. Jesús nos regala la Pascua para abrir de par en par nuestra vida a su presencia de amigo por medio del Espíritu Santo.

Jesús ha resucitado para estar siempre a nuestro lado, cuando sufrimos o cuando todo nos va bien, y sobre todo para decirnos que un día estaremos con él y con los que queremos en la felicidad del cielo para siempre. Por eso Jesús nos dice: *"Al que me ama a mí, lo amará mi Padre, yo también lo amaré y me manifestaré a él."* Nunca estaremos solos, nunca será el mal más fuerte que el bien.

Lo que no termina es que Jesús resucitó para quedarse, no para irse. Nos da el Espíritu Santo que habita en nosotros, no de visita, sino para siempre, como un amigo que no se cansa, que no nos deja solos ni en los días buenos ni en los difíciles.

Solo nos hace falta una cosa: acordarnos de que está ahí. Vivir como alguien que sabe que es amado. Porque cuando uno vive así, todo cambia: cambia nuestra vida y nos ayuda a hacer mejor la vida de los demás.