domingo, 5 de abril de 2026

ENTRAR, VER, CREER, RESUCITAR

 



HOMILÍA DOMINGO DE RESURRECCIÓN

Cada año, contemplamos la resurrección de Cristo como un misterio. Un misterio que a veces nos cuesta asimilar. La muerte de Cristo y de su pasión la captamos con facilidad, porque hemos visto personas que han fallecido o sufrido. Sin embargo, en el caso de la resurrección, no tenemos el testimonio de un resucitado. Sin embargo, las lecturas de la misa de Pascua nos pueden iluminar para captar lo que significa la resurrección de Cristo.

Juan nos dice lo que ha pasado: él llega al sepulcro y, al descubrir que está vacío, y nos narra lo que ve: los lienzos hundidos, aplastados, -la sábana santa como testimonio de la resurrección-, el sudario doblado aparte -el paño que le pusieron a Jesús muerto sobre la cabeza, para ocultar el horror de la crucifixión, que se encuentra en la catedral de Oviedo-, pero él no ve a Jesús resucitado.

Sin embargo, Juan nos deja la manera en que podemos descubrir a Jesucristo resucitado. Jesús, con su cuerpo humano, está en una nueva dimensión que es al mismo tiempo sobrenatural y profundamente real. Jesucristo ha ido más allá de la muerte y su cuerpo se ha transformado, colmado de la Gloria de Dios. Para encontrarnos con él en su nueva realidad, nos hace falta la fe, la virtud que nos sintoniza con Dios. Por eso el evangelio de Juan dice que Juan entró, vio y creyó.

Jesús, en los evangelios de la resurrección, insiste en la fe. Varias veces les dirá a los apóstoles por qué no tienen fe. Ellos, que estaban acostumbrados a relacionarse con Jesús con su simple inteligencia, ahora tienen que relacionarse con la fe. Tenemos que relacionarnos con Jesús de una forma diferente porque él es distinto. Sigue siendo él, sigue siendo el mismo ser humano, pero de una manera distinta, porque ya no puede ser derrotado por la muerte. Por eso necesitamos del modo de ver que nos da la fe para experimentarlo en plenitud.

De hecho, la resurrección no puede ser solo una teoría, sino tiene que convertirse en una experiencia. Juan lo expresa en tres verbos: entrar, ver y creer. El primero es entrar, es decir, ser capaces de dar un paso hacia adelante. Para caminar hacia adelante es necesario que nos mueva una decisión, que nos mueva el amor el amor nos permite experimentar al otro de un nuevo modo: es lo que nos hace entrar. Hay una experiencia humana nos permite entender esto: la experiencia del enamoramiento.  A lo mejor yo he convivido con una chica a lo largo de mi vida, hemos ido juntos al colegio, pero, cuando me enamoro de ella, entro en una nueva forma de verla, porque la amo. El amor a Jesucristo nos regala una nueva forma de ver a Jesús. ¿Y ese amor de dónde viene? Ese amor viene de la certeza de que ha resucitado por mí, me ama sobre la muerte, me ama en una vida que nunca termina. La primera experiencia de la resurrección es la experiencia de entrar.

En segundo lugar, está la experiencia del ver. Cuando una madre pierde un hijo, lo sigue amando cada día. La muerte del hijo no es una fecha en un calendario, es una experiencia diaria que lo hace estar vivo en un cierto sentido, porque es la experiencia de un amor que la muerte no puede eliminar. La resurrección nos da la certeza de que Jesucristo está vivo conmigo todos los días. Y si está vivo conmigo, la pregunta es: ¿qué es lo que vemos? Esto es ver.

¿Qué es lo que vemos? que la vida de Jesús es más fuerte que la muerte y que todos estamos llamados a estar vivos. Vivir es vencer las cosas que nos matan todos los días: nuestros defectos, los defectos de los demás, el miedo, algunas circunstancias que son nuestras cadenas. ¿Por qué vence? Porque vence el amor.

Ver que la vida es el amor que vence, nos lleva a ser capaces de creer. Entró, vio y creyó. La fe no es solo creer cosas, la fe es creer en una persona a la que nos unimos, la fe significa que la seguridad está puesta en esa persona. Creemos en Jesús porque hemos sido amados por Jesús de tal manera que no solamente ha muerto por nosotros, sino que ha resucitado para nosotros. Ese es el testimonio que nos deja San Juan.

Esto nos lleva al testimonio de san Pedro de la primera lectura de los Hechos de los apóstoles. San Pedro, de forma sencilla, narra la historia de Jesús, como alguien real, no como un mito. Pedro es testigo de alguien con quien ha comido y bebido. Si paso por la calle y me parece ver a un amigo, me puedo engañar. Pero si he estado comiendo con esa persona, tengo la seguridad de que está vivo. San Pedro es testigo de que Jesucristo ha resucitado.

El que Jesucristo esté vivo y que hayamos hecho la experiencia de su resurrección es una esperanza de que todo lo que nos duele, será vencido por el amor de Jesús. Y también la esperanza de que todo lo que es precioso para nosotros no se acabará, lo tendremos para siempre. Este domingo nos dice que tenemos que vivir de un modo nuevo, como cuando uno se enamora, su vida tiene que cambiar. Por eso san Pablo dice: busquemos las cosas de arriba, es decir, unidos a la resurrección de Jesús, nuestra vida cambia porque se llena de esperanza, de fe, de amor verdadero.

Hoy se nos invita a tomar conciencia de la experiencia que tenemos de Jesús resucitado. La tumba de Jesús es un signo de que su amor por mí ha vencido la muerte, para que mi amor por él pueda convertirse en vida diaria, en los platos que fregamos, negocios que abrimos, familiares que visitamos. Esta es la experiencia de que Jesucristo vive en mí, que me acompaña, me sostiene, me levanta con su misericordia. Jesucristo ha resucitado para amarte a ti, llenarte de esperanza y para que seamos alegría para los que nos rodean y queremos.

sábado, 4 de abril de 2026

SABADO SANTO DE ESPERANZA

 


REFLEXIÓN DEL SÁBADO SANTO

El Sábado Santo es el día del silencio, el día en que la Iglesia permanece junto al sepulcro del Señor y aprende a habitar la espera. Hoy podemos ver esta espera desde el corazón de la Santísima Virgen María, herido por la pasión y la muerte de su Hijo. Ella sin duda ha sentido, como dice el profeta Jeremías, que Dios le ha derribado las murallas y ha entrado en la ciudad. Pero también se ha sentido unida a un Dios que hiere, pero no abandona. En su corazón se ha desplegado un dolor profundo, real, humano, pero atravesado por la fe. Ella ha vivido una doble experiencia: la del sufrimiento por todo lo que ha visto y vivido en su Hijo, y la de su modo creyente de asumir un dolor que forma parte del misterioso designio de Dios.

El dolor de María nace al ver a su Hijo en todo lo que ha padecido: la injusticia sufrida, la inocencia ultrajada, la humillación aceptada. Es también el sufrimiento provocado por la soledad de Jesús, por el abandono de los discípulos, por la incomprensión de los hombres y, sobre todo, es el que brota del amor tierno de una madre por su Hijo, herido por la violencia y la ingratitud humanas.

En la noche del Sábado Santo y en la madrugada del domingo, María, una mujer que acaba de perder a su Hijo, siente que todo su ser está sacudido por lo que ha visto en los días de la pasión. ¿Cómo impedirle el sufrimiento y el llanto, si ha atravesado una experiencia dramática vivida con dignidad y silencio, pero con el corazón profundamente herido?

María es madre. En ella está presente la fuerza de la carne y de la sangre, el amor auténticamente humano de una madre por su Hijo. Este dolor, unido a todo lo que ha vivido durante la pasión, es su participación en el sacrificio redentor de Cristo. María ha querido estar hasta el final. No rechazó la espada anunciada por Simeón, aceptó con Cristo el designio misterioso del Padre y se asoció sin reservas a la oblación del Hijo. Así está también al lado de todos aquellos que, con mayor o menor conciencia, participan en el sacrificio redentor de Jesús.

¿Qué pasaría por el corazón de María en estas horas? Los recuerdos se agolparían: Nazaret, Belén, Egipto, Nazaret de nuevo, Caná, Jerusalén. Tal vez revive la muerte de José y la soledad compartida con el Hijo; el día en que Jesús partió a la vida pública; los años de espera silenciosa. Una soledad que ahora, en el Sábado Santo, se vuelve más densa, más oscura. Todo lo había guardado en su corazón. Y si ya conservaba aquellas palabras del Niño en el templo —«¿No sabían que debo ocuparme de las cosas de mi Padre?»—, ¿qué resonaría ahora en su interior al recordar: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu… todo está consumado»?

¿Cómo estaría el corazón de María cuando ve a los pocos discípulos que quedan bajar a Jesús de la cruz, envolverlo en lienzos y depositarlo en el sepulcro? Su corazón, iluminado por la luz del Viernes Santo, es un corazón donde el dolor y la fe se funden. Apenas han pasado veinticuatro horas desde la muerte del Hijo. ¡Cuánto no sentiría la Santísima Virgen!

Y, sin embargo, el Sábado Santo no es solo el día del dolor, sino también el día de la esperanza que lleva a abrir el corazón al gozo de María cuando Cristo resucitado entra donde está su Madre. Cómo sería la ternura de su mirada, la alegría de su alma de hijo al poder decirle: «Estoy vivo». El gozo de María es el de una madre que vuelve a ver a su Hijo, pero también es el gozo de la primera redimida al contemplar triunfador al Redentor, al sentido último de su existencia.

Cristo llega junto a María y llena su alma de la alegría que nace de ver cumplida la esperanza. Si en la encarnación María entonó el Magníficat, ¿cuál sería ahora su nuevo canto al encontrarse con su Hijo resucitado? ¿Qué palabras brotarían de su corazón al comprobar que Dios ha sido fiel a sus promesas y que la muerte no ha tenido la última palabra?

Como recordaba el papa Francisco, en Pascua Jesús ha transformado nuestro pecado en perdón, nuestra muerte en resurrección, nuestro miedo en confianza. Desde la cruz ha nacido nuestra esperanza. Con Él, toda oscuridad puede convertirse en luz, toda derrota en victoria, toda desilusión en esperanza. Todo, absolutamente todo, cuando se mira con los ojos de Dios, que hace cooperar todas las cosas para el bien de los que ama, porque Él nos amó primero y nos sigue amando.

Y nosotros, testigos de esta escena, ¿qué experimentamos? Quizá la alegría. Alegrarnos con María, con una madre que recupera a su Hijo y con todo lo que descubrimos en su corazón. Todo ello nos invita a la verdadera devoción a la Madre de Jesús, que consiste en la imitación de sus virtudes: su fe, su esperanza, su caridad, su obediencia, su humildad y su colaboración plena en el plan de Cristo. Son esas virtudes las que la sostienen en la prueba y la llenan de Dios. Haciéndola el modelo más acabado de la nueva criatura, surgida del poder redentor de Cristo, y testimonio elocuente de la novedad de vida que la resurrección ha traído al mundo.

Así comprendemos el sentido profundo del Sábado Santo. La muerte de Jesús, que parece cerrar el libro de modo definitivo, nos muestra que el amor de Dios no puede quedar clausurado. Aunque el cuerpo del Señor yace en el sepulcro, este día es el tiempo en que la esperanza se mantiene viva. Nada de lo vivido con Jesús se disuelve en una tumba. El Sábado Santo es una llamada a sostener la esperanza en medio de todo lo que puede parecernos derrota, destrucción o fracaso.

La Semana Santa concluye en una pausa. Una pausa para preguntarnos qué ha significado que un hombre llamado Jesús de Nazaret haya muerto y haya sido puesto en un sepulcro. Si su vida, su muerte y su resurrección han dado más sentido, más profundidad y más esperanza a nuestra existencia. El Sábado Santo no es el final del libro, sino la página en blanco antes de que Dios escriba la última palabra. Y esa palabra, como sabe María mejor que nadie, siempre es vida.