II DOMINGO DE PASCUA HOMILÍA CICLO A
Estamos acostumbrados a este evangelio como uno de los más
clásicos de la Pascua, el evangelio en que Jesús hace que Tomás el apóstol
comience a creer, tanto es así que es común el dicho: Yo como Santo Tomás,
hasta no ver no creer. Pero este evangelio muestra el modo en que Jesús llega a
nuestra vida con su amor misericordioso: No importa que estemos encerrados para
que él haga real su cercanía.
La primera parte del evangelio nos deja el mensaje central de
la resurrección: la presencia de Cristo, la paz, el perdón, el don del espíritu
santo, y las llagas del Señor como muestra de que la resurrección es algo
verdadero. Sin embargo, falta algo, falta que llegue hasta Tomás. Es como si
Cristo quisiera llegar no solo de modo general a sus discípulos, sino de modo
particular a quienes están lejos. Cuando llega Jesús al cenáculo solo se fija
en Tomás que es quien requiere de su amor. Tomás somos todos nosotros cuando vivimos
apabullados por lo que no nos ha salido bien, en la familia, o en el trabajo, o
en una amistad, o en la salud, o cuando por cualquier razón nos sentimos fuera
del grupo. También así nos ama Jesús, también estando así tiene llegar la
resurrección a mi vida, para darme la paz que yo necesito.
Pero esa paz no es no tener problemas. El evangelio insiste
en que Jesus muestra a los apóstoles las manos y el costado, es decir los
signos de su pasión. Jesús resucitado no viene como uno al que no le ha pasado
nada, que se quita un poco el polvo y sigue adelante. Las llagas en el cuerpo
de Jesús nos hablan del realismo de su muerte en el viernes santo, pero también
nos dicen que él viene a hacer suyas las llagas que todos tenemos. Todos somos
responsables de sus llagas el viernes santo y él se hace responsable de nuestras
llagas en la resurrección. Esas llagas que son lo que nos duele, lo que nos
cuesta, lo que no entendemos o no aceptamos. Por eso le dice a Tomás que meta
su dedo en las llagas de las manos y que meta su mano en la llaga del costado,
porque Tomás necesita descubrir que Jesús resucitado cambia el sentido de lo
que nos duele o nos derrota.
Muchas veces solo vemos lo que duele, y no vemos el amor de
Dios presente en lo que duele, no vemos que el amor de Dios nos acompaña en
todo lo que nos duele. Pero lo importante es que lo toquemos a él, que nos
acerquemos a él, que, como Tomás, podamos descubrir a nuestro Dios y a nuestro
Señor, precisamente en las cosas que nos cuestan. Jesús llega a nuestras
puertas cerradas para hacernos ver que la paz no la vamos a obtener por medio
de aislarnos en nuestros individualismos o de endurecernos en nuestros dolores,
sino siendo capaces de ver lo que nos duele desde su amor. De un amor que se
hace misericordia, porque se acerca a nuestras dificultades, o a nuestros
pecados. De un amor que transforma lo que nos duele en llaga de Jesús
resucitado.
Como vemos en la primera lectura una familia o una comunidad
son ideales cuando se acerca a Jesús y cambia las llagas que todos tienen, en
ocasión de misericordia apoyados en el amor de Jesús resucitado. La primera lectura termina con la historia de
Bernabé, cuyo nombre significa el hijo de la consolación, es decir el que vive
para ayudar, para dar ánimo, un personaje que, vende un campo y lo pone a
disposición de los apóstoles, como un gesto de que el amor que nos comparte
Jesús está siempre al servicio de las carencias de los demás. En este domingo
de la misericordia, podríamos preguntarnos cual es el campo que tenemos que
vender para ayudar a los demás, el modo en que tenemos que llegar a alguien que
nos necesita para ayudarle en sus llagas, en lo que le duele, en los problemas
que tiene como persona o como comunidad. La resurrección de Jesús no es un
regalo para Jesús, es un regalo para nosotros, por eso cada uno tiene que estar
dispuesto a compartir todo lo bueno que ha experimentado con quien lo necesita,
aunque a veces, como el mismo Tomás, no sabe que lo necesita. Hoy tenemos que
preguntarnos si, en nombre de este amor, en nombre de
las llagas de Jesús, estamos dispuestos a abrir los brazos a quien está herido
por la vida, sin excluir a nadie de la misericordia de Dios, sino acogiendo a
todos; cada uno como un hermano, como una hermana.
Por eso hoy es el domingo de la misericordia, porque dentro
de unos instantes, por medio de la eucaristía, Jesús va a hacerse presente, no
solo va a estar aquí, él va a estar en mí, para tocar mis llagas, para sanar lo
que me aflige, para darme la certeza de que está a mi lado, para invitarme a tocar las llagas de los
demás dándoles consuelo y para recordarme que si alguna vez me siento como
Tomás, encerrado, desanimado, agobiado, decepcionado, el volverá a mi corazón para llenarme de la certeza de que
nada es más fuerte que su amor por mí.

