domingo, 24 de mayo de 2026

UN FUEGO PARA UN CORAZON VIVO

 



HOMILIA DOMINGO DE PENTECOSTÉS CICLO A

Hoy estamos en el día cincuenta después de la Pascua. Este domingo, en el que concluye el tiempo de Pascua, celebramos la fiesta de Pentecostés, la fiesta que nos habla de la presencia del Espíritu Santo entre nosotros, la presencia de quien nos da la vida divina. Pentecostés no añade algo nuevo a la Pascua: la lleva a su plenitud dentro de nosotros.

De hecho, sin Pentecostés la Resurrección quedaría incompleta porque sería solo algo que le ocurrió a Jesús, no algo que nos transforma por dentro. Si el Viernes Santo, Jesús muere por nosotros; en la Resurrección, Jesús vive entre nosotros; en Pentecostés, el Resucitado viene a vivir dentro de nosotros. El Pentecostés de la primera comunidad cristiana hizo que la presencia de Cristo resucitado viniera a habitar en el corazón de cada uno de los apóstoles. Pentecostés hace que la Pascua se convierta en experiencia interior, por el Espíritu Santo que entra en cada corazón de todos los que quisieran seguir a Jesús.

Para nosotros es fácil entender la figura de Dios Padre, porque es el creador de todo lo que nos rodea, y también es fácil captar el misterio de Cristo en cuanto que su humanidad nos facilita la comprensión. Pero el Espíritu Santo se nos complica un poco. Pues eso de la palomita, se nos hace infantil en cuanto maduramos un poco.

Siempre nos cuesta más captar eso que llamamos el espíritu, porque todos tenemos muy clara la experiencia de lo material, de lo que podemos tocar. Pero, aunque nos cuesta más, lo espiritual lo podemos captar fácilmente por sus efectos. Por ejemplo, el amor, que es algo espiritual, es difícil de definir, pero cuando un joven está enamorado de una chica, no solo vemos que puede estar más despistado, sino que descubrimos un movimiento hacia la persona amada, una atracción para estar cerca de la persona amada, y una fuerza de la voluntad por hacer cosas buenas para la persona que amamos. El amor no lo podemos tocar, pero podemos notar sus efectos en nuestra persona. Lo mismo es el Espíritu Santo.

El Espíritu Santo es el amor de Dios, es el amor que está dentro de la naturaleza divina, es el amor que el Padre y el Hijo se tienen en el misterio de la naturaleza divina. Pero el Espíritu Santo es también el amor con que Dios nos ama, con que Dios se hace presente en nuestras vidas. Un amor que nos cuida, que nos protege, un amor que nos ilumina para que busquemos siempre el bien y que nos hace más fuertes que el mal.

Por eso el evangelio de hoy, al hablar del Espíritu Santo, nos habla del perdón, que es la forma que tiene el amor de ser más fuerte que el mal, y es la forma que tiene el amor de volver a hacer que el amado no solo se vea libre de lo malo, sino que vuelva a tener todo lo bueno en su corazón. El perdón es el don por excelencia, es el amor más grande, el que nos mantiene unidos a pesar de todo. El perdón libera el corazón y le permite recomenzar: el perdón da esperanza. Sin perdón no se pueden rehacer las familias, las comunidades, nuestras relaciones con los demás, porque todos somos frágiles y necesitamos perdón. Es el Espíritu Santo el que nos acompaña a recorrer la vía de «doble sentido» del perdón ofrecido y del perdón recibido, de la misericordia divina que se hace amor al prójimo, junto con una auténtica y servicial preocupación por el hermano( Papa Francisco).

Y junto al don del perdón, está el don de la paz, porque la paz del corazón es lo que tenemos cuando amamos y somos amados, como le sucede a nuestro enamorado que solo tiene paz cuando la chica a la que ama le corresponde con su amor. No puede haber amor verdadero sin paz interior y no puede haber paz verdadera sin amor sincero. El amor y la paz se alimentan mutuamente. El amor fomenta la paz, promoviendo la compasión, la tolerancia y la reciprocidad. Por su parte, el amor es el oxígeno del que puede respirar la paz, porque la paz es el fruto del verdadero respeto y solidaridad.

El amor es lo contrario al egoísmo, por eso donde está el Espíritu Santo estará siempre la preocupación por la unidad de los corazones y por el bien de los necesitados, como dice San Pablo: En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común. Todo lo que sea caminar hacia que todos estemos unidos en armonía, será siempre un signo de la presencia del Espíritu Santo, y al contrario todo lo que veamos que nos aparta de los demás, que nos hace rencorosos, o elitistas, o individualistas, será una señal de que ahí no está el Espíritu Santo.

Como dice san Pablo: todos nosotros, seamos judíos o no judíos, esclavos o libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu para formar un solo cuerpo. Todo lo que nos separa del otro y hace que lo veamos como menos que nosotros, no es del Espíritu Santo y todo lo que hace que nosotros veamos al otro con dignidad y con respeto, que son las señales del amor verdadero, serán presencia del Espíritu Santo.

La lectura de los Hechos de los apóstoles nos cuenta cómo vivieron el Pentecostés quienes lo recibieron por primera vez. No se fueron a casa cada uno por su lado. Se quedaron juntos, compartían lo que tenían, cuidaban al que no tenía nada. El Espíritu Santo no les dio solo sentimientos bellos: les cambió la forma de usar el dinero, el tiempo y la casa. Esa es la prueba de fuego del Espíritu: no si nos emocionamos en un momento, sino si de verdad hacemos vida diaria lo que el Espíritu Santo coloca en nuestro corazón.

Al terminar estos cincuenta días, la pregunta que Pentecostés nos deja es ¿cómo voy a vivir la Pascua con el Espíritu Santo en mi corazón? Pidamos hoy que ese fuego de amor se mantenga vivo en nosotros: en el perdón que damos, en la paz que construimos, en el esfuerzo por estar cerca de quienes nos necesitan.

domingo, 17 de mayo de 2026

UN AMOR SIN LIMITES

 




PASCUA VII DOMINGO CICLO A

LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR

Este es uno de los domingos que más nos cuesta entender. En el domingo de la ascensión recordamos, según nos narra la palabra de Dios, el momento en que Jesús deja de estar presente de modo visible en nuestro mundo. A partir de este momento, ya no esta entre nosotros como sucede con cualquier otro ser humano. Así dice el catecismo de la Iglesia: la ascensión marca la entrada definitiva de la humanidad de Jesús en el dominio celeste de Dios de donde ha de volver, aunque mientras tanto lo esconde a los ojos de los hombres.

Pero, como pasa con otros momentos de la vida de Cristo, la gran pregunta es no solo qué le pasa a Cristo, sino también qué nos pasa a nosotros. En primer lugar, lo que le pasa a Jesús es que su ser humano entra de modo completo en la gloria del Padre, o sea alcanza la plenitud de lo que un ser humano puede llegar a ser.

A veces nos llaman la atención los poderes de los superhéroes, porque vemos a un ser humano que posee algo extraordinario y que le hace capaz de luchar en defensa del bien, peleando con todo tipo de villanos.

A diferencia de los superhéroes, Jesús no tiene superpoderes, sino que su ser humano existe en su máxima dimensión, absolutamente lleno de la presencia de Dios. Esto es la gloria, estar lleno del amor de Dios y de la felicidad de Dios. Todo ello nos da la certeza de que él es el mejor de todos los seres humanos, capaz de ser más fuerte que todo el mal y siempre dispuesto a ayudarnos a vivir en plenitud el bien.

Hoy nos gusta mucho repetir la expresión: Sé la mejor versión de ti mismo. La Ascensión de Jesús es la certeza de que Jesús, al que hemos visto predicar, hacer milagros, al que hemos visto morir en la cruz, resucitar y decirnos que ha vencido a la muerte, ese mismo Jesús, es el ser humano perfecto. Esto es maravilloso: el que alguien que ha hecho tanto por ti, logre un éxito completo.

Del mismo modo en que nos alegramos mucho cuando un connacional logra una medalla, o cuando nuestro equipo favorito gana el campeonato, hoy tendríamos que sentir la alegría de que Jesús ha logrado lo máximo que puede lograr un ser humano, como lo decimos en el credo de cada domingo: subió al cielo y está sentado a la derecha del Padre.

Esto no es algo físico sino una expresión para decir que Jesús, uno como nosotros, está de modo definitivo junto a Dios (subió al cielo) y es nuestro Señor y Rey (está sentado a la derecha de Dios): Señor por el servicio y Rey por el amor hasta la muerte. Como ha dicho San Pablo: Todo lo puso bajo sus pies y a él mismo lo constituyó cabeza suprema de la Iglesia, que es su cuerpo, y la plenitud del que lo consuma todo en todo.

En segundo lugar, qué implica para nosotros. La ascensión de Jesús es la fiesta de nuestra esperanza, de la certeza de que contamos con alguien que en verdad puede darnos consuelo, sentido y ayudarnos a encontrar los caminos de felicidad que necesitamos.

Esta esperanza no es una ilusión vaga ni un simple optimismo. Es la certeza firme de que hay alguien que ya ha recorrido el camino y nos espera al final. La Ascensión nos da la seguridad de que podemos llevar esperanza a toda nuestra vida diaria, nuestros trabajos, nuestras relaciones. Porque Cristo glorificado sigue caminando con nosotros y el poder del amor de Dios puede entrar incluso en aquello que hoy parece roto o imposible.

Esa esperanza nos sostiene cuando lo cotidiano se vuelve pesado, cuando la familia duele, cuando la enfermedad llega, cuando sentimos que nuestras fuerzas no alcanzan. Esto está presente en la promesa que nos hace Jesús: sepan que yo estaré con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo.

Jesús, que sube al cielo y está sentado a la derecha del Padre, puede estar con nosotros donde nos encontremos: nada lo limita para estar con nosotros. Nosotros estamos limitados para estar con los que amamos, por la distancia, la edad, o nuestros pecados. Jesús no tiene ningún límite. Como decía el Papa Francisco: “Aunque no lo veamos con los ojos, Él está. Nos acompaña, nos guía, nos toma de la mano y nos levanta cuando caemos. Jesús resucitado está cerca de los cristianos perseguidos y discriminados; está cerca de cada hombre y cada mujer que sufre.”

Jesús, nuestro verdadero amigo, en su ascensión, nos da la esperanza de que el amor de Dios estará siempre cerca, — en su palabra, en la eucaristía, en los necesitados — cuando todo nos vaya bien o cuando todo nos vaya mal.

Finalmente, Jesús nos invita a llevar a cabo varias tareas y nos envía: Vayan, pues, y enseñen a todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándolas a cumplir todo cuanto yo les he mandado. Nos invita a salir, a bautizar, a enseñar. Bautizar es hacer presente por los sacramentos, el amor de Dios en el corazón de cada persona. ¿Y qué enseñamos? Una sola cosa: “ámense los unos a los otros como yo los he amado."

Esta misión empieza en la casa, en la mesa familiar, en el trato diario con quienes convivimos. Desde ahí se extiende hasta la preocupación por los necesitados y alejados, porque evangelizar sin servir es predicar en el vacío. No se trata de grandes gestos heroicos, sino de acercarnos al vecino que está solo, el compañero que está sufriendo, el familiar que se alejó y necesita que alguien dé el primer paso. Como nos recordaba el Papa Francisco: “Jesús nos envía a pesar de nuestras faltas; sabe que no seremos nunca perfectos y que, si esperamos convertirnos en mejores para evangelizar, no empezaremos nunca.”

Hoy no celebramos que Jesús se fue. Celebramos que nuestra humanidad ya entró en el corazón de Dios. En Jesús descubrimos hasta dónde puede llegar nuestra humanidad cuando esté completamente llena del amor del Padre. Cristo permanece con nosotros todos los días hasta el fin del mundo. Como los apóstoles que volvieron a Jerusalén con gran alegría, volvamos a nuestra vida diaria, a nuestra familia con la alegría que llena de esperanza el corazón.