HOMILIA 1 DOMINGO DE CUARESMA CICLO A
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Las lecturas de hoy nos abren la puerta para que entremos de lleno en el periodo del año que nos prepara al gran evento de nuestra vida cristiana, que es la participación en el misterio pascual; es decir, la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo. Toda la Cuaresma, los sacrificios que podamos hacer, quizá el acercamiento a la confesión para pedir perdón a Dios por nuestros pecados, tiene un sentido: estar cerca de Jesús y profundizar en el regalo que se nos dio en nuestro bautismo: la vida eterna, que tiene que manifestarse en las cosas diarias de nuestra vida, como lo hemos dicho en la oración con la que hemos empezado la misa: que progresemos en el conocimiento del misterio de Cristo y traduzcamos su efecto en una conducta irreprochable.
Para esta preparación, hoy se nos
pone en esta primera etapa la reflexión sobre una realidad que vemos todos los
días: existe un mal en nuestro mundo y este mal quiere que nosotros seamos
malos. Esto nos pasa cuando alguien nos invita a hacer cosas que sabemos que
están mal, como la ira, la mentira, la soberbia, la envidia. La primera lectura
nos cuenta cómo, por una parte, Dios había hecho todo para que el ser humano
fuera feliz, pero el demonio, el enemigo del ser humano y de Dios, busca
destruir esa felicidad, haciendo que Eva y Adán desconfíen de Dios y se dejen
llevar por la soberbia. La primera tentación es sacar a Dios de nuestro corazón
y llenarlo con nuestro egoísmo, o sacar lo que llena de bien nuestro corazón y
llenarlo de cosas malas.
Como
enseñaba san Ireneo, el hombre es indigente de la comunión con Dios. Cuando nos
alejamos de Él no nos hacemos más libres, sino más pobres. Seguir al Salvador
es participar de la salvación; alejarnos de la luz no nos hace más fuertes,
sino más oscuros.
Todos hemos experimentado esto, a lo
mejor en nuestra relación de esposos, o con algún hermano, o con algún amigo.
Vamos sintiendo que, es como si algo nos subiera desde dentro, que va sacando
el bien y nos deja solo con el mal. Adán y Eva no supieron vencer el mal y
entonces, se dieron cuenta de que estaban desnudos; o sea, se habían quedado
sin nada de todo lo bueno que tenían. El mal tiene consecuencias, como cuando
por pereza ensuciamos el planeta, o cuando por soberbia somos prepotentes con quien
nos pide ayuda. El mal, como codicia, pereza o soberbia, está dentro de mí,
pero quien lo acaba sufriendo es un necesitado, un familiar o nuestro planeta.
Jesucristo nos hace ver que lo malo,
en cualquiera de sus formas, no puede vencer al bien. A veces puede ser más
costoso, o más largo el tiempo de espera, pero tenemos que tener por seguro que
el bien siempre vence. Jesús nos enseña que el mal se puede vencer.
Como decía
san Agustín, cuando escuchamos que Cristo fue tentado, no debemos
escandalizarnos, sino comprender algo mucho más profundo: en Cristo estabas
siendo tentado tú. Y si en Él fuimos tentados, también en Él vencemos.
Cristo no quiso evitar la tentación, porque quería enseñarnos el camino de la
victoria. Reconócete tentado en Él, pero reconócete también vencedor en Él.
Las tentaciones nos presentan tres
tipos de mal que pueden entrar en nuestro corazón. La tentación del pan es la de
usar para nuestro provecho egoísta las cualidades que hemos recibido. La
tentación del templo es la de querer usar para nuestro egoísmo la fe que los
demás pueden poner en nosotros. La tentación en la que el demonio promete a
Jesús ser el dueño del mundo si se rinde al mal, es la de sacar a Dios de
nuestra vida para hacer solo los planes de nuestra soberbia o de nuestra
vanidad.
Jesús vence las tres tentaciones con
la humildad, la rectitud de conciencia y la palabra de Dios. Es decir, Jesús
nos enseña que tenemos que dar lo mejor de nosotros y apoyarnos en Dios, que
siempre estará a nuestro lado.
La consecuencia de esto será un mundo
mejor para todos, como decía san Pablo: "Así pues, como el delito de uno
solo atrajo sobre todos los hombres la condenación, así también la obra de
justicia de uno solo procura para todos los hombres la justificación, que da la
vida". Muchas veces podemos quejarnos de lo mal que están las cosas a
nuestro alrededor, pero lo que tenemos que hacer es sembrar el bien a nuestro
alrededor: el primer bien que es el amor, la caridad; el bien que es la
justicia; el bien que es la verdad. Aunque a veces no seamos comprendidos,
aunque a veces cueste el que no nos aplaudan, hay que sembrar siempre el bien. De
este modo “El amor cubre la multitud de los pecados… el amor lo soporta todo… en
el amor hallan su perfección todos los elegidos de Dios.” “Sin el amor nada es
grato a Dios.” (San Clemente Romano)
El Evangelio de hoy nos enseña que el
mal aparece cuando dejamos que la vanidad o la soberbia guíen nuestras
decisiones, y el bien aparece cuando la búsqueda de la verdad en la conciencia
y en la vida ilumina nuestra existencia. Satanás nos tienta para que busquemos
vencer el mal con otros males. Jesús nos enseña a vencer primero el mal
interior, el del egoísmo, y luego ir venciendo los males que nos rodean. Dentro
de unos instantes Jesús va a venir a nuestro corazón en la Eucaristía para
hacerlo bueno y abierto a lo que Dios pide. Ojalá sepamos ser difusores del
bien que Jesús siembra en nuestro corazón.
