sábado, 30 de mayo de 2026

Y TÚ ¿QUIEN ERES?

 


HOMILÍA DOMINGO DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD

Dicen los expertos que, entre el año y medio y los dos años, cuando un niño se ve en el espejo se da cuenta de que esa imagen es él, y solo después se da cuenta de que él se parece a sus padres, como una etapa fundamental para afianzar la propia identidad. De hecho, cuando saludamos no preguntamos ¿qué eres?, sino ¿quién eres? Esta pregunta es central cuando nos referimos a Dios: ¿Quién eres tú, Dios?

En el libro de los Proverbios escuchamos a la Sabiduría de Dios decir que estaba junto a él desde el principio, como arquitecta de la creación, y que su delicia era estar con los hijos de los hombres. No es la imagen de un Dios distante y frío, sino de un Dios que desde siempre lleva dentro alegría y relación.

Eso que la Sabiduría nos insinúa, Jesús nos lo confirma: cuando habla del Padre que lo envió, y del Espíritu que vendrá después de él, nos está abriendo una ventana al interior de Dios. Jesús nos da a conocer la vida de Dios, que es una comunión del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. La Trinidad no es una teoría que inventaron los teólogos, es lo que Jesús nos contó de su propia casa.

A lo largo de la historia le hemos dado a Dios muchos nombres, pero es la Biblia donde Dios mismo nos dice quién es. Así sabemos que crea el mundo, que hace una alianza con los patriarcas, que saca a Israel de Egipto y lo lleva a la tierra prometida, que le dice a Israel cómo vivir a través de los profetas y la ley. Todo esto nos dice cómo es Dios: todopoderoso, providente, misericordioso, justo. Pero nos falta saber quién es Dios. Para eso Jesús se hizo hombre, murió y resucitó y para eso nos dio el Espíritu Santo, para decirnos quién es Dios, cuál es la esencia de Dios.

Hoy celebramos quién es Dios. Para decir quién es Dios usamos un término: Dios es la Santísima Trinidad. Esta expresión nos ayuda a entender cuando en el evangelio oímos hablar a Jesús de él mismo en su relación con el Padre y con el Espíritu Santo.

A veces pensamos en la Trinidad con la imagen de un señor mayor, otro señor joven y una palomita. Esta imagen es imperfecta y funciona, sobre todo cuando somos pequeños, para expresar que, siendo un solo Dios, hay tres personas que son distintas.

A lo largo de la historia, gente muy inteligente se esforzó por unir dos realidades que parecen no poder estar juntas: por un lado, que solo hay un Dios verdadero, y, por otro lado, que Jesús nos habla de un Padre y de un Espíritu, que también son Dios. Para que eso sea posible en Dios tiene que haber tres personas que sean un solo ser: el ser de Dios.

Lo que une a las personas es el amor. Cuando nosotros queremos mucho a alguien le decimos: eres mi vida. es decir, somos uno solo, tu vida es mi vida. Somos una sola vida. Pero nosotros sabemos que realmente no es así. Sin embargo, en Dios sí es así, cuando decimos que Dios, como Padre ama, ese amor es tan infinito que no es algo, sino que es Alguien, es una persona: el Hijo. Y ese mismo amor infinito es también Alguien: El Espíritu Santo. Como, de modo humano vemos en la familia, en la que el amor de los papás se hace concreto en cada uno de los bebés.

Hoy celebramos la alegría de saber quién es el único y verdadero Dios: Dios es el amor único de tres personas, algo que expresamos en la frase: tres personas distintas y un solo Dios verdadero.

Pero hay algo más. El amor que es Dios, vivido dentro de la unidad de Dios, en las personas del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, no se encierra en sí mismo, sino que se desborda hacia nosotros para que podamos compartir su vida divina. Hoy ya sabemos quién es Dios y, lo que es más importante, quién es Dios para nosotros. Sabemos que ese Dios es un amor infinito, es un amor para todos nosotros.

En el evangelio de Juan, Jesús dice que todo lo que tiene el Padre es suyo, y que el Espíritu tomará de lo suyo para dárnoslo a nosotros. Es decir, ese amor que circula entre las tres personas no gira sobre sí mismo como agua estancada, sino que fluye hacia nosotros, y nos impulsa dentro de esa misma corriente: Somos invitados a vivir dentro del amor que es Dios.

¿Cuánto nos importa lo que Dios nos ha dicho que él es? Si Dios es amor, nosotros también lo tenemos que saber ser, pues somos imagen y semejanza de Dios. Si en Dios hay respeto a las diferencias que hay en su vida divina, también nosotros tenemos que saber respetar la dignidad de los que no son como nosotros, aunque a veces estemos enojados o nos duela el que no sean como nosotros. El amor siempre tiene que estar presente en nuestra relación con todos, que también son imagen de Dios.

Vivimos en una sociedad herida por la violencia, la desconfianza y la fragmentación. Personas que no se miran, familias rotas, comunidades divididas. Precisamente ahí es donde la Trinidad nos dice algo urgente: Si el Dios verdadero es unidad en la diferencia, entonces cada vez que construimos puentes entre personas distintas, cada vez que elegimos el respeto sobre el desprecio, estamos siendo imagen del Dios que hoy celebramos. Por eso tenemos que caminar en nuestra vida como los que conocemos a un Dios único en tres personas.

Al decirnos Dios quién es nos dice lo que debemos ser. Cuando nos miremos al espejo, hagamos esta pregunta: ¿Señor, soy tu imagen? Y respetemos y amemos la imagen que Dios puso en todos los demás.

 




domingo, 24 de mayo de 2026

UN FUEGO PARA UN CORAZON VIVO

 



HOMILIA DOMINGO DE PENTECOSTÉS CICLO A

Hoy estamos en el día cincuenta después de la Pascua. Este domingo, en el que concluye el tiempo de Pascua, celebramos la fiesta de Pentecostés, la fiesta que nos habla de la presencia del Espíritu Santo entre nosotros, la presencia de quien nos da la vida divina. Pentecostés no añade algo nuevo a la Pascua: la lleva a su plenitud dentro de nosotros.

De hecho, sin Pentecostés la Resurrección quedaría incompleta porque sería solo algo que le ocurrió a Jesús, no algo que nos transforma por dentro. Si el Viernes Santo, Jesús muere por nosotros; en la Resurrección, Jesús vive entre nosotros; en Pentecostés, el Resucitado viene a vivir dentro de nosotros. El Pentecostés de la primera comunidad cristiana hizo que la presencia de Cristo resucitado viniera a habitar en el corazón de cada uno de los apóstoles. Pentecostés hace que la Pascua se convierta en experiencia interior, por el Espíritu Santo que entra en cada corazón de todos los que quisieran seguir a Jesús.

Para nosotros es fácil entender la figura de Dios Padre, porque es el creador de todo lo que nos rodea, y también es fácil captar el misterio de Cristo en cuanto que su humanidad nos facilita la comprensión. Pero el Espíritu Santo se nos complica un poco. Pues eso de la palomita, se nos hace infantil en cuanto maduramos un poco.

Siempre nos cuesta más captar eso que llamamos el espíritu, porque todos tenemos muy clara la experiencia de lo material, de lo que podemos tocar. Pero, aunque nos cuesta más, lo espiritual lo podemos captar fácilmente por sus efectos. Por ejemplo, el amor, que es algo espiritual, es difícil de definir, pero cuando un joven está enamorado de una chica, no solo vemos que puede estar más despistado, sino que descubrimos un movimiento hacia la persona amada, una atracción para estar cerca de la persona amada, y una fuerza de la voluntad por hacer cosas buenas para la persona que amamos. El amor no lo podemos tocar, pero podemos notar sus efectos en nuestra persona. Lo mismo es el Espíritu Santo.

El Espíritu Santo es el amor de Dios, es el amor que está dentro de la naturaleza divina, es el amor que el Padre y el Hijo se tienen en el misterio de la naturaleza divina. Pero el Espíritu Santo es también el amor con que Dios nos ama, con que Dios se hace presente en nuestras vidas. Un amor que nos cuida, que nos protege, un amor que nos ilumina para que busquemos siempre el bien y que nos hace más fuertes que el mal.

Por eso el evangelio de hoy, al hablar del Espíritu Santo, nos habla del perdón, que es la forma que tiene el amor de ser más fuerte que el mal, y es la forma que tiene el amor de volver a hacer que el amado no solo se vea libre de lo malo, sino que vuelva a tener todo lo bueno en su corazón. El perdón es el don por excelencia, es el amor más grande, el que nos mantiene unidos a pesar de todo. El perdón libera el corazón y le permite recomenzar: el perdón da esperanza. Sin perdón no se pueden rehacer las familias, las comunidades, nuestras relaciones con los demás, porque todos somos frágiles y necesitamos perdón. Es el Espíritu Santo el que nos acompaña a recorrer la vía de «doble sentido» del perdón ofrecido y del perdón recibido, de la misericordia divina que se hace amor al prójimo, junto con una auténtica y servicial preocupación por el hermano( Papa Francisco).

Y junto al don del perdón, está el don de la paz, porque la paz del corazón es lo que tenemos cuando amamos y somos amados, como le sucede a nuestro enamorado que solo tiene paz cuando la chica a la que ama le corresponde con su amor. No puede haber amor verdadero sin paz interior y no puede haber paz verdadera sin amor sincero. El amor y la paz se alimentan mutuamente. El amor fomenta la paz, promoviendo la compasión, la tolerancia y la reciprocidad. Por su parte, el amor es el oxígeno del que puede respirar la paz, porque la paz es el fruto del verdadero respeto y solidaridad.

El amor es lo contrario al egoísmo, por eso donde está el Espíritu Santo estará siempre la preocupación por la unidad de los corazones y por el bien de los necesitados, como dice San Pablo: En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común. Todo lo que sea caminar hacia que todos estemos unidos en armonía, será siempre un signo de la presencia del Espíritu Santo, y al contrario todo lo que veamos que nos aparta de los demás, que nos hace rencorosos, o elitistas, o individualistas, será una señal de que ahí no está el Espíritu Santo.

Como dice san Pablo: todos nosotros, seamos judíos o no judíos, esclavos o libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu para formar un solo cuerpo. Todo lo que nos separa del otro y hace que lo veamos como menos que nosotros, no es del Espíritu Santo y todo lo que hace que nosotros veamos al otro con dignidad y con respeto, que son las señales del amor verdadero, serán presencia del Espíritu Santo.

La lectura de los Hechos de los apóstoles nos cuenta cómo vivieron el Pentecostés quienes lo recibieron por primera vez. No se fueron a casa cada uno por su lado. Se quedaron juntos, compartían lo que tenían, cuidaban al que no tenía nada. El Espíritu Santo no les dio solo sentimientos bellos: les cambió la forma de usar el dinero, el tiempo y la casa. Esa es la prueba de fuego del Espíritu: no si nos emocionamos en un momento, sino si de verdad hacemos vida diaria lo que el Espíritu Santo coloca en nuestro corazón.

Al terminar estos cincuenta días, la pregunta que Pentecostés nos deja es ¿cómo voy a vivir la Pascua con el Espíritu Santo en mi corazón? Pidamos hoy que ese fuego de amor se mantenga vivo en nosotros: en el perdón que damos, en la paz que construimos, en el esfuerzo por estar cerca de quienes nos necesitan.