PASCUA DOMINGO VI CICLO A
Todos sabemos lo que significa tener un amigo de verdad. No
uno de esos conocidos con los que quedamos de vez en cuando, sino alguien con
quien contamos para lo importante y para lo sencillo, alguien cuya presencia
nos cambia el día. Hoy Jesús nos propone algo que parece demasiado bueno para
ser verdad: que esa clase de amistad es exactamente lo que él nos ofrece.
Jesús, en el Evangelio de hoy, dice algo muy concreto:
"Si me aman, guardarán mis mandamientos". La amistad con Él no es un
sentimiento pasajero, ni una idea bonita: es una relación que transforma la
vida. Amar a Jesús es dejar que su modo de vivir entre dentro de nuestras decisiones,
de nuestros criterios, de nuestra manera de estar con los demás.
La clave de ser cristiano no es ser parte de un club en el
que hacemos cosas religiosas, sino preguntarnos por el modo en que nos
relacionamos con Jesús y lo que significa Jesús en nuestra vida. La diferencia
entre ser cristianos y ser otra cosa es experimentarnos como amigos de verdad
de Jesús.
La relación con Jesús y nuestra condición de cristiano es
como la relación con alguien a quien con sinceridad le podamos decir, yo te
amo. Amar es querer bien el bien de otro. Amar es estar pendientes de lo que es
importante para esa persona. Amar a alguien es tener a esa persona en cuenta a
la hora de vivir lo importante y lo de todos los días: el modo de organizar
nuestro tiempo, las decisiones que tomamos, la preocupación por hacer lo que le
agrada, el interés por la gente a la que esta persona quiere. Cuando tenemos un
amigo de verdad, somos capaces de hacer esfuerzos generosos para hacerle la
vida mejor. Como decía San Juan Pablo II: "Cuando nos sentimos amados, nos
resulta más fácil amar. Cuando experimentamos el amor de Dios, estamos más
dispuestos a seguir a Aquel que amó a sus discípulos hasta el extremo."
Y esto no es teoría. Todos hemos experimentado que la
presencia de alguien concreto cambia un día entero: una llamada inesperada, una
conversación sincera, el saber que alguien está ahí cuando las cosas se
complican. La amistad verdadera sostiene la vida. Eso es lo que Jesús quiere
ser para nosotros: no un añadido, sino una presencia que cambia la manera de
vivir.
El valor que le damos a una relación con una persona marca
también la fuerza de nuestras obligaciones con ella. Imagina que esa persona te
invita a comer. No se te ocurre decirle: ¿Es obligatorio que vaya? ¿Me vale si
llego después del primer plato? ¿Cuántas veces tengo que ir a visitarte al año?
Sería absurdo.
Pero esto es lo que hacemos a veces a la hora de vivir
nuestra fe cristiana, cuando nos preocupamos más por cumplir que por manifestar
nuestro amor a Jesucristo. Lo importante de nuestra relación con Dios no son
tanto las cosas que hacemos, que también son necesarias e importantes, sino el
sentido de las cosas que hacemos: el amor que hay en nuestro corazón.
La Pascua, la presencia en nuestras vidas de la pasión,
muerte y resurrección de Jesús, tiene que darnos la certeza de que nuestra
relación con Él merece la pena y que se puede llevar a todos los momentos de
nuestra existencia, dando sentido a todo lo que hacemos, lo extraordinario y lo
sencillo, del mismo modo en que somos amigos, esposos, o hijos a todas horas.
Eso es ser cristiano, discípulo de Jesús: vivir como
cristianos en todas las circunstancias, vivir según los valores cristianos en
lo ordinario, como dice San Pedro: *"Estén dispuestos siempre a dar, al
que las pidiere, las razones de la esperanza de ustedes. Pero háganlo con
sencillez y respeto y estando en paz con su conciencia… pues mejor es padecer
haciendo el bien, si tal es la voluntad de Dios, que padecer haciendo el
mal."*
Todo esto está muy bien, pero ¿lo podemos hacer solos? El
Evangelio nos da la respuesta: el Espíritu Santo es quien nos hace amigos de
Jesús, el que nos recuerda cómo serlo, nos da fuerza cuando nos desanimamos. Al
Espíritu Santo no lo vemos, pero lo notamos: en ese momento en que encontramos
fuerzas que no sabíamos que teníamos, o en que una palabra del Evangelio nos
ilumina en lo que necesitábamos escuchar, o en sentir que no estamos solos,
aunque todo parezca indicar lo contrario.
Como recuerda el papa Francisco: cada día se debe aprender el
arte de amar, cada día se debe seguir con paciencia la escuela de Cristo, y
esto con la ayuda de este Consolador que Jesús nos ha enviado, que es el
Espíritu Santo. Por eso hoy le oímos a Jesús decir: *"Yo le rogaré al
Padre y él les enviará otro Consolador que esté siempre con ustedes, el
Espíritu de verdad. El mundo no puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce;
ustedes, en cambio, sí lo conocen, porque habita entre ustedes y estará en
ustedes. No los dejaré desamparados, sino que volveré a ustedes."*
En este camino no vamos solos. El Espíritu Santo nos va a
acompañar en todo momento para darnos fortaleza, sabiduría o esperanza, lo que
necesitemos en cada momento. Jesús nos regala la Pascua para abrir de par en
par nuestra vida a su presencia de amigo por medio del Espíritu Santo.
Jesús ha resucitado para estar siempre a nuestro lado, cuando
sufrimos o cuando todo nos va bien, y sobre todo para decirnos que un día
estaremos con él y con los que queremos en la felicidad del cielo para siempre.
Por eso Jesús nos dice: *"Al que me ama a mí, lo amará mi Padre, yo
también lo amaré y me manifestaré a él."* Nunca estaremos solos, nunca
será el mal más fuerte que el bien.
Lo que no termina es que Jesús resucitó para quedarse, no
para irse. Nos da el Espíritu Santo que habita en nosotros, no de visita, sino
para siempre, como un amigo que no se cansa, que no nos deja solos ni en los
días buenos ni en los difíciles.
Solo nos hace falta una cosa: acordarnos de que está ahí.
Vivir como alguien que sabe que es amado. Porque cuando uno vive así, todo
cambia: cambia nuestra vida y nos ayuda a hacer mejor la vida de los demás.
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