HOMILÍA DOMINGO DE RESURRECCIÓN
Cada año, contemplamos la resurrección de Cristo como un misterio.
Un misterio que a veces nos cuesta asimilar. La muerte de Cristo y de su pasión
la captamos con facilidad, porque hemos visto personas que han fallecido o
sufrido. Sin embargo, en el caso de la resurrección, no tenemos el testimonio
de un resucitado. Sin embargo, las lecturas de la misa de Pascua nos pueden iluminar
para captar lo que significa la resurrección de Cristo.
Juan nos dice lo que ha pasado: él llega al sepulcro y, al
descubrir que está vacío, y nos narra lo que ve: los lienzos hundidos,
aplastados, -la sábana santa como testimonio de la resurrección-, el sudario
doblado aparte -el paño que le pusieron a Jesús muerto sobre la cabeza, para ocultar
el horror de la crucifixión, que se encuentra en la catedral de Oviedo-, pero
él no ve a Jesús resucitado.
Sin embargo, Juan nos deja la manera en que podemos descubrir
a Jesucristo resucitado. Jesús, con su cuerpo humano, está en una nueva
dimensión que es al mismo tiempo sobrenatural y profundamente real. Jesucristo
ha ido más allá de la muerte y su cuerpo se ha transformado, colmado de la
Gloria de Dios. Para encontrarnos con él en su nueva realidad, nos hace falta
la fe, la virtud que nos sintoniza con Dios. Por eso el evangelio de Juan dice
que Juan entró, vio y creyó.
Jesús, en los evangelios de la resurrección, insiste en la
fe. Varias veces les dirá a los apóstoles por qué no tienen fe. Ellos, que
estaban acostumbrados a relacionarse con Jesús con su simple inteligencia,
ahora tienen que relacionarse con la fe. Tenemos que relacionarnos con Jesús de
una forma diferente porque él es distinto. Sigue siendo él, sigue siendo el
mismo ser humano, pero de una manera distinta, porque ya no puede ser derrotado
por la muerte. Por eso necesitamos del modo de ver que nos da la fe para experimentarlo
en plenitud.
De hecho, la resurrección no puede ser solo una teoría, sino tiene
que convertirse en una experiencia. Juan lo expresa en tres verbos: entrar, ver
y creer. El primero es entrar, es decir, ser capaces de dar un paso hacia
adelante. Para caminar hacia adelante es necesario que nos mueva una decisión, que
nos mueva el amor el amor nos permite experimentar al otro de un nuevo modo: es
lo que nos hace entrar. Hay una experiencia humana nos permite entender esto:
la experiencia del enamoramiento. A lo
mejor yo he convivido con una chica a lo largo de mi vida, hemos ido juntos al
colegio, pero, cuando me enamoro de ella, entro en una nueva forma de verla,
porque la amo. El amor a Jesucristo nos regala una nueva forma de ver a Jesús. ¿Y
ese amor de dónde viene? Ese amor viene de la certeza de que ha resucitado por
mí, me ama sobre la muerte, me ama en una vida que nunca termina. La primera experiencia
de la resurrección es la experiencia de entrar.
En segundo lugar, está la experiencia del ver. Cuando una
madre pierde un hijo, lo sigue amando cada día. La muerte del hijo no es una
fecha en un calendario, es una experiencia diaria que lo hace estar vivo en un
cierto sentido, porque es la experiencia de un amor que la muerte no puede
eliminar. La resurrección nos da la certeza de que Jesucristo está vivo conmigo
todos los días. Y si está vivo conmigo, la pregunta es: ¿qué es lo que vemos? Esto
es ver.
¿Qué es lo que vemos? que la vida de Jesús es más fuerte que
la muerte y que todos estamos llamados a estar vivos. Vivir es vencer las cosas
que nos matan todos los días: nuestros defectos, los defectos de los demás, el
miedo, algunas circunstancias que son nuestras cadenas. ¿Por qué vence? Porque
vence el amor.
Ver que la vida es el amor que vence, nos lleva a ser capaces
de creer. Entró, vio y creyó. La fe no es solo creer cosas, la fe es creer en
una persona a la que nos unimos, la fe significa que la seguridad está puesta
en esa persona. Creemos en Jesús porque hemos sido amados por Jesús de tal
manera que no solamente ha muerto por nosotros, sino que ha resucitado para
nosotros. Ese es el testimonio que nos deja San Juan.
Esto nos lleva al testimonio de san Pedro de la primera
lectura de los Hechos de los apóstoles. San Pedro, de forma sencilla, narra la
historia de Jesús, como alguien real, no como un mito. Pedro es testigo de alguien
con quien ha comido y bebido. Si paso por la calle y me parece ver a un amigo,
me puedo engañar. Pero si he estado comiendo con esa persona, tengo la seguridad
de que está vivo. San Pedro es testigo de que Jesucristo ha resucitado.
El que Jesucristo esté vivo y que hayamos hecho la
experiencia de su resurrección es una esperanza de que todo lo que nos duele,
será vencido por el amor de Jesús. Y también la esperanza de que todo lo que es
precioso para nosotros no se acabará, lo tendremos para siempre. Este domingo
nos dice que tenemos que vivir de un modo nuevo, como cuando uno se enamora, su
vida tiene que cambiar. Por eso san Pablo dice: busquemos las cosas de arriba,
es decir, unidos a la resurrección de Jesús, nuestra vida cambia porque se
llena de esperanza, de fe, de amor verdadero.
Hoy se nos invita a tomar conciencia de la experiencia que tenemos de Jesús resucitado. La tumba de Jesús es un signo de que su amor por mí ha vencido la muerte, para que mi amor por él pueda convertirse en vida diaria, en los platos que fregamos, negocios que abrimos, familiares que visitamos. Esta es la experiencia de que Jesucristo vive en mí, que me acompaña, me sostiene, me levanta con su misericordia. Jesucristo ha resucitado para amarte a ti, llenarte de esperanza y para que seamos alegría para los que nos rodean y queremos.

