Domingo de Ramos Ciclo A
El Domingo de Ramos nos pone delante el misterio de la gloria
y la cruz al mismo tiempo. Hemos escuchado el Evangelio de la entrada de Jesús
en Jerusalén, hemos bendecido los ramos y hemos proclamado a Jesús como nuestro
Rey. El Evangelio de la Pasión según san Mateo nos ha mostrado tres momentos
que deben resonar en nosotros: el juicio de Jesús y sus sufrimientos antes de
salir al Calvario; el camino a la cruz y la crucifixión; y las personas que
rodean el misterio de la cruz.
En la primera parte, vemos que, ante las acusaciones que le
hacen, Jesús mantiene un silencio majestuoso. Pero ante la pregunta del Sumo
Sacerdote y de Pilato, afirma su identidad: "Tú lo has dicho". Jesús
es el Rey de los Judíos y también lo es de todos los seres humanos. Jesús no es
Rey al estilo de los políticos que usan el poder para su provecho. El poder de
Jesús es el poder del amor, de la entrega, de la generosidad. Es el poder de
ofrecerse él mismo por nosotros. Jesús se ofrece cuando es humillado al ser
cambiado por Barrabás, un criminal; lo hace cuando es condenado a la cruz
siendo inocente y muestra su grandeza cuando enfrenta el desprecio al ser
vestido con un manto escarlata como un rey de burla.
Jesús opone todas las formas de amor a todas las formas de
desprecio. Cuando lo cambian por un malhechor, él nos enseña el camino del
bien, cuando lo condenan a la cruz, el suplicio más vergonzoso, él nos devuelve
nuestra dignidad de hijos de Dios, cuando se ríen de él como rey de los judíos,
Jesús vence con su humildad el orgullo que aparta de Dios. Este es el gran
servicio de Jesús, el servicio de su amor, que responde al desprecio con la
entrega absoluta. Ese amor es lo que hoy hace Jesús hace hoy por cada uno de
nosotros.
En segundo lugar, hemos contemplado a Jesús que se deja
llevar hacia el camino a la cruz. Lo sacan hacia el Calvario, obligan a un
hombre de Cirene, llamado Simón, a cargar la cruz porque él ya no puede, le
ofrecen vino con hiel, lo crucifican y se reparten sus ropas. Jesús se deja herir
para curar lo peor del corazón humano que es la soberbia. La soberbia es lo que
más aleja de la amistad entre los seres humanos y con Dios. Al dejarse llevar,
Jesús nos enseña que ser soberbios es un camino sin salida de consecuencias muy
negativas.
La soberbia aparta de la generosidad de ayudar a los demás,
la soberbia hace que nada pueda calmar el dolor que generamos a otros, la
soberbia despoja a los demás de su dignidad. Jesús vence a la soberbia con su
amor, que es más fuerte.
Como decía el Papa Benedicto XVI: nosotros solos somos
demasiado débiles para elevar nuestro corazón hasta la altura de Dios.
Precisamente la soberbia de querer hacerlo solos nos derrumba y nos aleja de
Dios. Dios mismo debe elevarnos, y esto es lo que Cristo comenzó en la cruz.
Solamente así nuestra soberbia podía ser superada: la humildad de Dios es la
forma extrema de su amor, y este amor humilde atrae hacia lo alto. Esto es
lo que quiere decir el título que esta sobre la cruz: El Rey de los Judíos. Es la
realeza que nace del amor que se entrega hasta el final.
Jesús llega al Calvario rodeado de personas. Y lo que hacen
esas personas dice mucho sobre nosotros. Están los que pasan y menean la cabeza
burlándose, los sumos sacerdotes, con los escribas y los ancianos, que
representaban la autoridad religiosa, y finalmente, los bandidos que estaban
crucificados con él. Todos tienen el mismo comportamiento: todos lo insultan.
Jesús se ve abandonado por todos los seres humanos: los indiferentes, los
religiosos e incluso los que comparten su dolor. Pero hay un abandono más que
quizás es el más difícil, el abandono que Jesús expresa cuando en la cruz reza
el Salmo 22: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?". Es el
misterio de su entrega total.
¿Y todo esto para qué? Una vez más por nosotros, para
servirnos. Para que cuando nos sintamos entre la espada y la pared, cuando nos
encontremos en un callejón sin salida, sin luz y sin escapatoria, cuando
parezca que ni siquiera Dios responde, recordemos que no estamos solos. Jesús
experimentó el abandono total, la situación más ajena a Él, para ser solidario
con nosotros en todo. Lo hizo por mí, por ti, por todos nosotros, lo ha hecho
para decirnos: «No temas, no estás solo. Experimenté toda tu desolación para
estar siempre a tu lado. Ánimo, abre el corazón a mi amor. Sentirás el consuelo
de Dios, que te sostiene». (Papa Francisco).
Aunque el Evangelio termina con un Jesús muerto, hay una
puerta a la esperanza en las palabras del centurión y de los que custodiaban a
Jesús, que al ver lo que sucedía, dijeron: "Verdaderamente este era Hijo
de Dios". Si el Hijo de Dios nos ha amado de este modo, no tendremos que
tener miedo a nada, porque, en todas las circunstancias que tengamos que
atravesar, él estará con nosotros, su amor estará con nosotros. Pero a
pesar de eso su amor es más fuerte. Su amor es más fuerte por nosotros, para
que cuando sintamos la lejanía de los demás, o cuando experimentemos a Dios
lejano de nosotros, sepamos que, aun en esa situación, el amor de Cristo es más
fuerte que todo el mal, que toda la soberbia, que todas las soledades.
Al comenzar nuestra Semana Santa, en este domingo de Ramos, comenzamos a experimentar cómo nos ha amado Jesús. Cada día de la Semana Santa nos va a ir preparando para que nuestro corazón se abra de par en par el próximo domingo, Domingo de Resurrección, en el que, como la luz vence a la oscuridad, el amor de Jesús vence el mal del mundo. Así es como Jesús ha amado a todos los hombres. ¿Cómo vamos a amar nosotros a Jesús? ¿Cómo vamos a amar a nuestros semejantes?
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