sábado, 4 de abril de 2026

SABADO SANTO DE ESPERANZA

 


REFLEXIÓN DEL SÁBADO SANTO

El Sábado Santo es el día del silencio, el día en que la Iglesia permanece junto al sepulcro del Señor y aprende a habitar la espera. Hoy podemos ver esta espera desde el corazón de la Santísima Virgen María, herido por la pasión y la muerte de su Hijo. Ella sin duda ha sentido, como dice el profeta Jeremías, que Dios le ha derribado las murallas y ha entrado en la ciudad. Pero también se ha sentido unida a un Dios que hiere, pero no abandona. En su corazón se ha desplegado un dolor profundo, real, humano, pero atravesado por la fe. Ella ha vivido una doble experiencia: la del sufrimiento por todo lo que ha visto y vivido en su Hijo, y la de su modo creyente de asumir un dolor que forma parte del misterioso designio de Dios.

El dolor de María nace al ver a su Hijo en todo lo que ha padecido: la injusticia sufrida, la inocencia ultrajada, la humillación aceptada. Es también el sufrimiento provocado por la soledad de Jesús, por el abandono de los discípulos, por la incomprensión de los hombres y, sobre todo, es el que brota del amor tierno de una madre por su Hijo, herido por la violencia y la ingratitud humanas.

En la noche del Sábado Santo y en la madrugada del domingo, María, una mujer que acaba de perder a su Hijo, siente que todo su ser está sacudido por lo que ha visto en los días de la pasión. ¿Cómo impedirle el sufrimiento y el llanto, si ha atravesado una experiencia dramática vivida con dignidad y silencio, pero con el corazón profundamente herido?

María es madre. En ella está presente la fuerza de la carne y de la sangre, el amor auténticamente humano de una madre por su Hijo. Este dolor, unido a todo lo que ha vivido durante la pasión, es su participación en el sacrificio redentor de Cristo. María ha querido estar hasta el final. No rechazó la espada anunciada por Simeón, aceptó con Cristo el designio misterioso del Padre y se asoció sin reservas a la oblación del Hijo. Así está también al lado de todos aquellos que, con mayor o menor conciencia, participan en el sacrificio redentor de Jesús.

¿Qué pasaría por el corazón de María en estas horas? Los recuerdos se agolparían: Nazaret, Belén, Egipto, Nazaret de nuevo, Caná, Jerusalén. Tal vez revive la muerte de José y la soledad compartida con el Hijo; el día en que Jesús partió a la vida pública; los años de espera silenciosa. Una soledad que ahora, en el Sábado Santo, se vuelve más densa, más oscura. Todo lo había guardado en su corazón. Y si ya conservaba aquellas palabras del Niño en el templo —«¿No sabían que debo ocuparme de las cosas de mi Padre?»—, ¿qué resonaría ahora en su interior al recordar: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu… todo está consumado»?

¿Cómo estaría el corazón de María cuando ve a los pocos discípulos que quedan bajar a Jesús de la cruz, envolverlo en lienzos y depositarlo en el sepulcro? Su corazón, iluminado por la luz del Viernes Santo, es un corazón donde el dolor y la fe se funden. Apenas han pasado veinticuatro horas desde la muerte del Hijo. ¡Cuánto no sentiría la Santísima Virgen!

Y, sin embargo, el Sábado Santo no es solo el día del dolor, sino también el día de la esperanza que lleva a abrir el corazón al gozo de María cuando Cristo resucitado entra donde está su Madre. Cómo sería la ternura de su mirada, la alegría de su alma de hijo al poder decirle: «Estoy vivo». El gozo de María es el de una madre que vuelve a ver a su Hijo, pero también es el gozo de la primera redimida al contemplar triunfador al Redentor, al sentido último de su existencia.

Cristo llega junto a María y llena su alma de la alegría que nace de ver cumplida la esperanza. Si en la encarnación María entonó el Magníficat, ¿cuál sería ahora su nuevo canto al encontrarse con su Hijo resucitado? ¿Qué palabras brotarían de su corazón al comprobar que Dios ha sido fiel a sus promesas y que la muerte no ha tenido la última palabra?

Como recordaba el papa Francisco, en Pascua Jesús ha transformado nuestro pecado en perdón, nuestra muerte en resurrección, nuestro miedo en confianza. Desde la cruz ha nacido nuestra esperanza. Con Él, toda oscuridad puede convertirse en luz, toda derrota en victoria, toda desilusión en esperanza. Todo, absolutamente todo, cuando se mira con los ojos de Dios, que hace cooperar todas las cosas para el bien de los que ama, porque Él nos amó primero y nos sigue amando.

Y nosotros, testigos de esta escena, ¿qué experimentamos? Quizá la alegría. Alegrarnos con María, con una madre que recupera a su Hijo y con todo lo que descubrimos en su corazón. Todo ello nos invita a la verdadera devoción a la Madre de Jesús, que consiste en la imitación de sus virtudes: su fe, su esperanza, su caridad, su obediencia, su humildad y su colaboración plena en el plan de Cristo. Son esas virtudes las que la sostienen en la prueba y la llenan de Dios. Haciéndola el modelo más acabado de la nueva criatura, surgida del poder redentor de Cristo, y testimonio elocuente de la novedad de vida que la resurrección ha traído al mundo.

Así comprendemos el sentido profundo del Sábado Santo. La muerte de Jesús, que parece cerrar el libro de modo definitivo, nos muestra que el amor de Dios no puede quedar clausurado. Aunque el cuerpo del Señor yace en el sepulcro, este día es el tiempo en que la esperanza se mantiene viva. Nada de lo vivido con Jesús se disuelve en una tumba. El Sábado Santo es una llamada a sostener la esperanza en medio de todo lo que puede parecernos derrota, destrucción o fracaso.

La Semana Santa concluye en una pausa. Una pausa para preguntarnos qué ha significado que un hombre llamado Jesús de Nazaret haya muerto y haya sido puesto en un sepulcro. Si su vida, su muerte y su resurrección han dado más sentido, más profundidad y más esperanza a nuestra existencia. El Sábado Santo no es el final del libro, sino la página en blanco antes de que Dios escriba la última palabra. Y esa palabra, como sabe María mejor que nadie, siempre es vida.

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