REFLEXIÓN DEL SÁBADO SANTO
El
Sábado Santo es el día del silencio, el día en que la Iglesia permanece junto
al sepulcro del Señor y aprende a habitar la espera. Hoy podemos ver esta
espera desde el corazón de la Santísima Virgen María, herido por la pasión y la
muerte de su Hijo. Ella sin duda ha sentido, como dice el profeta Jeremías, que
Dios le ha derribado las murallas y ha entrado en la ciudad. Pero también se ha
sentido unida a un Dios que hiere, pero no abandona. En su corazón se ha
desplegado un dolor profundo, real, humano, pero atravesado por la fe. Ella ha
vivido una doble experiencia: la del sufrimiento por todo lo que ha visto y
vivido en su Hijo, y la de su modo creyente de asumir un dolor que forma parte
del misterioso designio de Dios.
El
dolor de María nace al ver a su Hijo en todo lo que ha padecido: la injusticia
sufrida, la inocencia ultrajada, la humillación aceptada. Es también el sufrimiento
provocado por la soledad de Jesús, por el abandono de los discípulos, por la
incomprensión de los hombres y, sobre todo, es el que brota del amor tierno de
una madre por su Hijo, herido por la violencia y la ingratitud humanas.
En
la noche del Sábado Santo y en la madrugada del domingo, María, una mujer que
acaba de perder a su Hijo, siente que todo su ser está sacudido por lo que ha
visto en los días de la pasión. ¿Cómo impedirle el sufrimiento y el llanto, si
ha atravesado una experiencia dramática vivida con dignidad y silencio, pero
con el corazón profundamente herido?
María
es madre. En ella está presente la fuerza de la carne y de la sangre, el amor
auténticamente humano de una madre por su Hijo. Este dolor, unido a todo lo que
ha vivido durante la pasión, es su participación en el sacrificio redentor de
Cristo. María ha querido estar hasta el final. No rechazó la espada anunciada
por Simeón, aceptó con Cristo el designio misterioso del Padre y se asoció sin
reservas a la oblación del Hijo. Así está también al lado de todos aquellos que,
con mayor o menor conciencia, participan en el sacrificio redentor de Jesús.
¿Qué
pasaría por el corazón de María en estas horas? Los recuerdos se agolparían:
Nazaret, Belén, Egipto, Nazaret de nuevo, Caná, Jerusalén. Tal vez revive la
muerte de José y la soledad compartida con el Hijo; el día en que Jesús partió
a la vida pública; los años de espera silenciosa. Una soledad que ahora, en el
Sábado Santo, se vuelve más densa, más oscura. Todo lo había guardado en su
corazón. Y si ya conservaba aquellas palabras del Niño en el templo —«¿No
sabían que debo ocuparme de las cosas de mi Padre?»—, ¿qué resonaría ahora en
su interior al recordar: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu… todo está
consumado»?
¿Cómo
estaría el corazón de María cuando ve a los pocos discípulos que quedan bajar a
Jesús de la cruz, envolverlo en lienzos y depositarlo en el sepulcro? Su
corazón, iluminado por la luz del Viernes Santo, es un corazón donde el dolor y
la fe se funden. Apenas han pasado veinticuatro horas desde la muerte del Hijo.
¡Cuánto no sentiría la Santísima Virgen!
Y,
sin embargo, el Sábado Santo no es solo el día del dolor, sino también el día
de la esperanza que lleva a abrir el corazón al gozo de María cuando Cristo
resucitado entra donde está su Madre. Cómo sería la ternura de su mirada, la
alegría de su alma de hijo al poder decirle: «Estoy vivo». El gozo de María es
el de una madre que vuelve a ver a su Hijo, pero también es el gozo de la
primera redimida al contemplar triunfador al Redentor, al sentido último de su
existencia.
Cristo
llega junto a María y llena su alma de la alegría que nace de ver cumplida la
esperanza. Si en la encarnación María entonó el Magníficat, ¿cuál sería ahora
su nuevo canto al encontrarse con su Hijo resucitado? ¿Qué palabras brotarían
de su corazón al comprobar que Dios ha sido fiel a sus promesas y que la muerte
no ha tenido la última palabra?
Como
recordaba el papa Francisco, en Pascua Jesús ha transformado nuestro pecado en
perdón, nuestra muerte en resurrección, nuestro miedo en confianza. Desde la
cruz ha nacido nuestra esperanza. Con Él, toda oscuridad puede convertirse en
luz, toda derrota en victoria, toda desilusión en esperanza. Todo,
absolutamente todo, cuando se mira con los ojos de Dios, que hace cooperar
todas las cosas para el bien de los que ama, porque Él nos amó primero y nos
sigue amando.
Y
nosotros, testigos de esta escena, ¿qué experimentamos? Quizá la alegría.
Alegrarnos con María, con una madre que recupera a su Hijo y con todo lo que
descubrimos en su corazón. Todo ello nos invita a la verdadera devoción a la
Madre de Jesús, que consiste en la imitación de sus virtudes: su fe, su
esperanza, su caridad, su obediencia, su humildad y su colaboración plena en el
plan de Cristo. Son esas virtudes las que la sostienen en la prueba y la llenan
de Dios. Haciéndola el modelo más acabado de la nueva criatura, surgida del
poder redentor de Cristo, y testimonio elocuente de la novedad de vida que la
resurrección ha traído al mundo.
Así
comprendemos el sentido profundo del Sábado Santo. La muerte de Jesús, que
parece cerrar el libro de modo definitivo, nos muestra que el amor de Dios no
puede quedar clausurado. Aunque el cuerpo del Señor yace en el sepulcro, este
día es el tiempo en que la esperanza se mantiene viva. Nada de lo vivido con
Jesús se disuelve en una tumba. El Sábado Santo es una llamada a sostener la
esperanza en medio de todo lo que puede parecernos derrota, destrucción o
fracaso.
La Semana Santa concluye en una pausa. Una pausa para preguntarnos qué ha significado que un hombre llamado Jesús de Nazaret haya muerto y haya sido puesto en un sepulcro. Si su vida, su muerte y su resurrección han dado más sentido, más profundidad y más esperanza a nuestra existencia. El Sábado Santo no es el final del libro, sino la página en blanco antes de que Dios escriba la última palabra. Y esa palabra, como sabe María mejor que nadie, siempre es vida.

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