sábado, 21 de marzo de 2026

UN AMIGO PARA TODA LA VIDA

 



CUARESMA V DOMINGO CICLO A

Los domingos anteriores Jesús se ha presentado como el agua y la luz para nuestra vida. Hoy nos hace ver que, sin la vida, de nada sirve la luz y el agua. El gran enemigo es la muerte, por la que sentimos que desaparecemos de todo lo que conocemos y de todos los que conocemos. El evangelio de hoy nos invita a buscar a Jesús que es la vida que nos permite seguir amando y siendo amados sin fin. En el evangelio, Jesús resucita otras personas, como el hijo de la viuda, o la hija del jefe de la sinagoga. En ambos casos, Jesús lo hace movido por la compasión, pero, en este milagro, el motor es la amistad: Jesús va a devolver la vida a su amigo. El nombre de Lázaro significa el que es ayudado por Dios: el modo mejor en que Dios puede ayudar a una persona es amándola más allá de la muerte. Jesús trae a Lázaro a la vida, antes de la Pascua, en la que Jesús padecerá, morirá y resucitará. Jesús va a morir y a resucitar por amor. Pero antes va a devolver a la vida al amigo por este mismo amor.

El evangelio nos regala un versículo precioso: "Jesús lloró." No lloró por impotencia, sino por amor. Lloró porque el dolor de sus amigos era su propio dolor. Ese llanto nos dice que Dios entra en nuestra pena, la hace suya, y llora con nosotros antes de actuar por nosotros.

Jesús hace con Lázaro lo que hace todo buen anfitrión: primero sirve al huésped y luego se sirve él. Es como si Jesús nos quisiera decir: Te doy la vida, porque yo resucitaré, Yo soy la vida. Ten confianza en que ninguna situación de muerte podrá ser mas fuerte que mi amor por ti.

Todo este evangelio nos habla del amor de Jesús: del amor de Jesús por el Padre a quien ama sobre todas las cosas, del amor de Jesús por María y por Marta a quienes consuela y devuelve a su hermano y del amor de Jesús por Lázaro, el amigo que lo ha recibido en su casa. Es hermoso saber que podemos ser amigos de Jesús como lo somos entre nosotros, con cariño, lealtad, sinceridad. Y es hermoso saber que Jesús quiere ser nuestro amigo de esta manera.

Pero ahora podemos pensar en nosotros como alguno de los personajes de evangelio. Habrá situaciones en las que nosotros seremos como Lázaro: son los momentos en los que algo está muerto en nosotros. A lo mejor se nos ha muerto la esperanza, quizá se nos ha muerto la fe, o pudiera ser que a nuestros corazones se les hubiera muerto el amor, como si fueran un sepulcro cerrado.

Pero, aunque tú pienses que aquello que vale la pena se ha muerto, Jesús siempre podrá llegar hasta ti, porque para el amor de Dios no hay barreras. Aunque se te haya muerto la esperanza de ser mejor, aunque ya no tengas fe en que puedes salir adelante de una situación, aunque tu amor se haya apagado a base de decepciones y de rencores, Jesús siempre llegará a tu tumba y te llamará para que salgas, para que vuelvas a sentirte libre y con nueva vida, con la fuerza del amor que te tiene, un amor que mostrará su grandeza por medio de su muerte el viernes santo y por medio de su resurrección el domingo de pascua.

Pero hay otros dos tipos de personas: por una parte están las hermanas de Lázaro y, por otra, las personas que se encuentran a su alrededor. Las hermanas de Lázaro lloran, interceden, incluso regañan a Jesús, cuando le dicen que si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto. Ellas nos representan a todos nosotros, cuando nos enojamos con Dios porque algo malo le ha pasado a quien queremos, o cuando le pedimos a Dios por los que son importantes para nosotros y parece que no hay salida. Lo importante es responder bien a la pregunta de Jesús, tienes una necesidad, ¿crees en mí? Estas enojado y tienes razón para estarlo pero ¿crees en mí? Nunca perdamos la fe en que el amor de Jesús es más fuerte que todos los males, y que todos nuestros enojos. La oración y el enojo son dos modos de decirle a Dios que alguien está muy dentro de nuestro corazón y que queremos ser parte del bien que hace a los que él ama.

Finalmente están los personajes que se ponen manos a la obra cuando Jesús les dice: quiten la piedra del sepulcro. Eso también nos toca a nosotros: quitar las piedras de los sepulcros de aquellos que son amados por Jesús. Quitar las piedras de los sepulcros a veces será tender una mano amiga y solidaria, o decir una palabra de consuelo, o proponer alguien que ayude a salir del hoyo en el que se pueden encontrar. Nunca nos neguemos a quitar las losas de quien lo necesitan para poder vivir mejor.

Hoy, al acercarnos a la Eucaristía, nos acercamos a Jesús. Él llega a nosotros para poder llamarnos. En el pan partido y compartido, Jesús no nos dice "sal fuera" como a Lázaro, sino "entra tú en mi vida, como yo entro en la tuya." La amistad con Jesús es un intercambio, Él nos da la suya; nosotros le ofrecemos la nuestra, la transforma y nos invita a que abramos los corazones muertos de los demás.

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