CUARESMA
IV DOMINGO CICLO A 20230318
Nos encontramos a la mitad del camino hacia la pascua y en tres
domingos será el domingo de resurrección. Hoy podemos descubrir el sentido de
nuestra relación con Jesús con la historia de la curación del ciego de
nacimiento. Es un relato con muchas cosas en las que fijarnos, pero es
importante el ciego, porque nos enseña el camino para encontrar el valor que
tiene Jesús en nuestra vida. Para nosotros los cristianos, seguir a Jesús no es
seguir un filósofo o apuntarnos a un partido político. Como decía el Cardenal
Cantalamessa: ¿Quién es Jesús de Nazaret para mí?» También un musulmán,
siendo coherente con lo que encuentra escrito en el Corán, reconoce que Jesús
es un profeta. Pero no por esto se le considera un cristiano. El salto mediante
el cual se llega a ser cristianos en sentido propio es cuando se llega a
proclamar, como el ciego de nacimiento, que Jesús es «Señor» y se le adora como
a Dios. Se cree porque se encuentra a alguien digno de fe, a uno que nos
inspira confianza. No hay amor que no sea amor de alguien y no hay fe que no
sea fe en alguien. Jesús en el Evangelio no nos da una lista de cosas a creer.
Creer para los cristianos es creer en Jesucristo. Seguir a Jesús significa
cambiar nuestra vida para dar sentido a todo lo que hacemos.
El
evangelio dice que este ciego pedía limosna porque no tenía lo necesario para
vivir. Jesús, al curarlo, lo transforma de una persona esclava de su situación,
en alguien que puede tomar sus decisiones y ser verdaderamente libre. La
llegada de Jesús le hace cambiar su relación con la sociedad, pues ahora puede ganarse
la vida por sí mismo, cambia su modo de vivir la religión pues se hace una
persona convencida de su relación con Jesucristo y del testimonio cristiano que
tiene que dar, cambia su modo de relacionarse con los que ama dejando de ser
inmaduro para vivir como un adulto.
Pero si
el ciego sanado solo se hubiera hecho independiente, racional y maduro, solo
pensase en él, sería un personaje odioso, egoísta. Sin embargo, el ciego no
solo recupera la luz de sus ojos, sino que llena de luz su corazón, como
muestra su diálogo con el Señor: "¿Crees tú en el Hijo del
hombre?" Él contestó: "¿Y quién es, Señor, para que yo crea en
él?" Jesús le dijo: "Ya lo has visto; el que está hablando contigo,
ése es". Él dijo: "Creo, Señor". Y postrándose, lo adoró.
El
ciego ahora tenía un corazón luminoso, que sabe que, en la vida, el egoísmo y
la soberbia son la peor de las oscuridades en las que podemos caer, y que ser feliz
es encontrar alguien que llena nuestro corazón de un amor más fuerte que
nuestros males y multiplica al infinito nuestras cualidades.
La
historia del ciego de nacimiento es también nuestra historia. Todos somos como
ese ciego, nos damos cuenta de que no siempre hacemos las cosas bien y
necesitamos alguien que nos ayude a caminar por el camino de lo bueno. Jesús
llega para llenarnos de luz, de sabiduría para encontrar el camino en la vida,
y de amor para curar todo el mal que el egoísmo había hecho en nosotros.
Jesús
llega a nosotros por el bautismo que nos hace sus hermanos, nos da la libertad
de los hijos de Dios, y nos quita la presencia del mal. Esto muestran los
símbolos del bautismo: el aceite que nos cura, la luz que quita nuestras
oscuridades y el agua que nos limpia y nos da vida.
Como
el ciego tenemos que ser testigos de Cristo, sin temer que a veces nuestros
valores no sean comprendidos: como cuando eres honesto, haces oración, ayudas
al necesitado y no te lo aplauden. Como el ciego, tenemos que comprometernos
por tener cada vez más una mejor relación con Cristo, viviendo con la inquietud
de conocerlo mejor, de hacer una mejor experiencia de él y convertirnos en sus
mejores amigos.
Para
eso es la cuaresma, para preguntarnos si ya somos buenos amigos de Jesús, si nos
damos cuenta con profundidad de todo lo que él nos ama, hasta padecer, morir y
resucitar por nosotros y sobre todo, si ya lo hemos hecho parte de nuestro modo
de ser, de pensar y de actuar.
Ojalá
que en esta cuaresma aprendamos a no caminar a ciegas, es decir a no permitir
que lo que amo, se llene de rutina y mediocridad, a no dejar pasar las
oportunidades de amar y de ser mejor, a mirar de frente las cosas no tan buenas
que hay en mí para cambiarlas y a esforzarme por ver el mundo, las
circunstancias, las personas, con los ojos de Dios, es decir con esperanza, con
bondad, con justicia, con verdad.
Hay un
detalle en el modo en que Jesús cura al ciego. El evangelio nos dice que Jesús
usa su saliva para hacer un poco de barro. Sin embargo, en cada eucaristía
Jesús nos da toda su persona, en el misterio del pan y del vino. Jesús no solo
nos toca los ojos, como hizo con el ciego, Jesús toca todo nuestro ser. Jesús
no hace que nos lavemos en una alberca, Jesús nos limpia él mismo, con todo su
amor, en el sacramento de la reconciliación.
Jesús
ha dicho que él es la luz del mundo, pero más importante es que él sea MI luz. En
este domingo, demos gracias a Jesús por haber llegado a nuestra vida, por
habernos quitado las cegueras que no nos dejan ser felices, y, sobre todo, por
habernos hecho sus amigos, los amigos por los que él ha dado la vida, para llenarnos
del sentido que da el saber que El está siempre a nuestro lado.

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