CUARESMA III DOMINGO CICLO A 20230312
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Cada domingo de Cuaresma nos va preparando para el misterio
que Jesús vive en la Semana Santa. Los dos primeros domingos nos muestran que
el pecado no es más fuerte que Él; los tres siguientes nos hacen una pregunta
decisiva: ¿quién es Jesús en tu vida? ¿Es importante que haya entregado su vida
en la cruz y resucitado, o es solo una historia más en medio de las vacaciones
de primavera?
El agua es muy importante porque permite que la vida se
desarrolle en nuestro planeta. Este domingo, el domingo de la samaritana, nos
hace la pregunta desde la imagen del agua. La primera lectura nos habla de la
sed del pueblo en el desierto: El pueblo, torturado por la sed, fue a protestar
contra Moisés, diciéndole: "¿Nos has hecho salir de Egipto para hacernos
morir de sed a nosotros, a nuestros hijos y a nuestro ganado?". Esa sed
física revela una sed más profunda: la necesidad de confiar en un Dios que
acompaña el camino
La sed es una imagen para darnos cuenta de qué es lo que nos
falta. Me acuerdo de un niño que le decía a su mamá que tenía sed y cuando ella
le pasó un vaso de agua, el niño le contesto que lo que él tenía era sed de
refresco, pero no de agua. Algunos tenemos sed de paz en el alma, otros a lo
mejor tenemos sed de perdón, otros quizá tengamos sed de una amistad sincera.
Es importante saber si la sed que tenemos es de cosas buenas o malas, porque
solo la sed de cosas buenas llena nuestro corazón mientras que las cosas malas
hacen más profunda la desesperación y nos dejan con más sed, como nos dicen los
científicos: si intentamos apagar nuestra sed con bebidas que tienen alcohol
tendremos más sed, porque el alcohol nos deshidrata.
La historia de la samaritana es la historia de una persona
que intenta apagar su sed, pero no solo la sed del cuerpo, que se quita con un
vaso de agua, sino la sed del corazón, la sed de esperanza, la sed de amor, la
sed del para qué de la vida. La samaritana era una mujer que tenía sed de
esperanza y por eso le pregunta a Jesús por el lugar donde podemos encontrarnos
con Dios, el que da sentido a la vida. La samaritana, una mujer con una gran
sed de amor, no había sido capaz de llenar su corazón con todas las personas
que había estado. La samaritana es una mujer que tenía una gran sed de sentido
en su vida y va más allá de lo que las costumbres de la época permitían y
entabla un dialogo con Jesús.
Como decía el Papa Benedicto XVI: Jesús pone en marcha en
su interlocutora un camino interior que hace surgir en ella el deseo de algo
más profundo. San Agustín comenta: «Aquel que pedía de beber, tenía sed de la
fe de aquella mujer». Es la mujer misma la que pide agua a Jesús (cf. Jn 4,
15), manifestando así que en toda persona hay una necesidad de Dios y de la
salvación que sólo él puede colmar. Una sed de infinito que solamente puede
saciar el agua que ofrece Jesús, el agua viva del Espíritu.
Pero no basta con que la samaritana sea una mujer con sed de
cosas importantes. Es necesario que quien tiene enfrente le pueda dar la
plenitud que su corazón necesita. ¿Qué es lo que Jesús le da? Jesús le dice que
tiene que buscar el sentido de la vida en su propio corazón, por eso le dice
que él le dará un agua que se convertirá en un surtidor de vida eterna. Lo
segundo que Jesús le da es la certeza de que, a pesar del estilo de vida que
había llevado, puede otra vez encontrarse con Dios. Parece que la vida de la
mujer no era muy ejemplar, pero Jesús le dice que si es sincera consigo misma
podrá encontrarse con Dios. Lo tercero que Jesús le da es su amistad personal.
La mujer pensaba que Dios estaba muy lejos de su vida, pero Jesús le dice: El
Mesías soy yo el que habla contigo. Jesús se hace cercano a quien tiene
necesidad de él.
Estos tres regalos de Jesús curan la sed de esperanza, de
amor y de sentido de la vida: entra en tu interior, siempre puedes volver a
empezar porque yo estoy siempre cerca de ti. Como nos ha dicho San Pablo: La
esperanza no defrauda, porque Dios ha infundido su amor en nuestros corazones
por medio del Espíritu Santo, que él mismo nos ha dado. En efecto, cuando
todavía no teníamos fuerzas para salir del pecado, Cristo murió por los
pecadores en el tiempo señalado.
Nuestro mundo, que nos invita a ser superficiales, nos
encasilla y no nos da oportunidades de poder ser mejores cuando hemos sido
malos, Nos encierra en nuestro individualismo y nos deja muertos de sed: por la
angustia, la tristeza o la soledad.
¡Qué triste es un domingo en el que nos hemos levantado,
hemos llenado el tiempo de comida y de televisión y nos hemos vuelto a acostar!
¡Qué hermoso es un domingo en el que nos hemos acercado a la familia, nos hemos
acercado a nuestro corazón y nos hemos acercado a Dios!
La samaritana, después de encontrarse con Jesús, deja el
cántaro y corre al pueblo a decir: “Vengan a ver a un hombre que me ha dicho
todo lo que he hecho”. Pasa de ser una mujer escondida a ser una mujer
misionera. Cuando dejamos que Jesús sacie nuestra sed, estamos llamados a
compartir sus regalos con los demás. Hay personas a nuestro alrededor con sed
de atención, de consuelo, de una palabra que anime; podemos ser para ellos un
pequeño reflejo del pozo de Sicar.
¿Dejamos que Jesús sea el agua de nuestra vida? Jesús nos
regala la sinceridad, la esperanza y la amistad, para que encontremos lo que
nos quita la sed, lo que nos hace felices. Hoy Jesús se acerca en la eucaristía
al pozo de nuestro corazón, ojalá que sepamos abrirnos para recibir los regalos
que él nos trae y que nos harán más felices.

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