CUARESMA II CICLO A HOMILÍA 20230503
El
evangelio nos dice que este suceso ocurre cuando iban camino de Jerusalén, es
decir cuando comenzaban a acercarse a los momentos de la Pasión y de la cruz.
Eso los discípulos no lo sabían, pero Jesus si lo sabía. La transfiguración de
Jesús es como un abrazo para darles seguridad en los momentos de prueba, para
que tengan en su corazón la semilla de la luz cuando todo se haga oscuro. En la
Pasión los discípulos solo verán a Jesús como alguien humillado, herido,
lastimado, algo que resquebrajara la fe que tenían en él. Por eso como dice San
Leon Magno: “En aquella transfiguración se trataba, sobre todo, de alejar de
los corazones de los discípulos el escándalo de la cruz, y evitar así que la
humillación de la pasión trastornara la fe de aquellos a quienes se había
revelado la dignidad escondida.»
Quizá
también nosotros podemos experimentar lo mismo, cuando seguir creyendo en el
bien, en el amor, en la verdad nos pesa como una losa. Esto pasa porque el
mundo nos bombardea con malos ejemplos de quienes deberían ser testimonio de
bien, y ese mal ejemplo nos desanima, o cuando vemos que personas inocentes
sufren sin motivo y eso nos enoja y nos frustra, o cuando parece que quienes
hacen el mal no reciben el castigo que parecerían merecer y eso nos enoja. Pero
también esto nos puede pasar cuando en nuestro corazón descubrimos que no somos
capaces de vencer lo malo que nos hunde, cuando vemos que nos hemos vuelto a
enojar con quien menos queríamos, o cuando la pereza nos atrapa y nos hace
dejar de lado cosas buenas que sabíamos que deberíamos haber hecho, o cuando
alguna pasión nos arrastra y pone en peligro lo que más queremos en la familia,
el matrimonio o la amistad.
Todas
estas situaciones nos pueden desanimar y hacernos perder la fe. Entonces
necesitamos volver a tener algo a lo que agarrarnos, para seguir adelante en el
bien o para dejar de lado las propuestas que nos hace el mal. Como Abraham, que
al oír lo que Dios pide lo deja todo. Somos conscientes de que en ese camino
tenemos fallos, y eso nos puede echar para atrás. Como dice San Pablo cuando escribe
a Timoteo en una situación que no era fácil y le dice: Comparte conmigo los
sufrimientos por la predicación del Evangelio, sostenido por la fuerza de Dios.
Pues Dios es quien nos ha salvado y nos ha llamado a que le consagremos nuestra
vida.
San
Pablo es consciente de que seguir a Jesús no es sencillo y que cuando nos vemos
caídos podemos dejar de esforzarnos para seguir haciendo el bien, o para seguir
creyendo en el bien. Jesús, con su transfiguración, nos dice que siempre
tengamos confianza en él, que nos pongamos completamente en sus manos, porque
él cumple lo que la ley y los profetas de Israel habían prometido, y, sobre
todo, porque él es el Hijo muy amado de Dios, que nos trae en todas las
situaciones de nuestra vida el amor de Dios.
La
voz del Padre que se oye desde el cielo nos dice: Escúchenlo. Hay una
diferencia entre oír y escuchar. Nosotros podemos oír muchas cosas, pero a
veces, nos entran por un oído y nos salen por otro. Escuchar significa poner
atención y guardar en nuestro corazón aquello que se nos transmite. Cuando un
enamorado le pide matrimonio a su novia, la novia no oye, la novia escucha y
por eso se emociona y es capaz de comprometerse para toda la vida.
Jesús
nos invita a caminar con él en esta cuaresma. Nos invita a que, si a veces el
peso del mal se nos hace costoso, no miremos el mal, sino que lo miremos a él
con la seguridad de que, con él, podemos vencer el peso que el mal puede poner
en el corazón. Les decía al principio, que Jesús tiene esta manifestación a sus
discípulos cuando se acercaban los momentos de la pasión y de la cruz, pero al
final Jesús no habla de cruz, Jesús habla de resurrección: "No le cuenten
a nadie lo que han visto, hasta que el Hijo del hombre haya resucitado de entre
los muertos".
Jesús
nos invita siempre a que miremos todo, incluidas las cosas que nos cuestan
desde la luz de la resurrección, para que descubramos su verdadero sentido y
tengamos la certeza de que ningún mal de fuera y, sobre todo, ningún mal de
dentro es más fuerte que el amor que Jesús nos tiene, porque ese amor es el
amor todopoderoso de Dios. Hoy, cuando Jesús Eucaristía llegue a nuestro
corazón se nos vuelve a decir que la última palabra no la tiene la cruz, la
tiene la luz del amor de Dios. Seamos testigos de esa luz con todos los que son
importantes en nuestro corazón.
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