sábado, 7 de febrero de 2026

CIUDADES DE SAL Y DE LUZ

 



HOMILIA 5 DOMINGO TIEMPO ORDINARIO CICLO A


En el evangelio, hoy Jesús nos propone tres modos de ser: el modo de la sal, el modo de la luz y el modo de la ciudad en una montaña. Las tres imágenes de Jesús son una señal de la identidad del cristiano, una identidad que tenemos que saber vivir y manifestar, porque ese modo de ser hace que el mundo descubra sus cosas buenas, conserve todo lo valioso y sepa que siempre hay alguien dándole esperanza.

Lo primero es que somos sal. La sal sirve para conservar las cosas, pero también para darles sabor. O sea evita que las cosas se pongan malas y haya que desecharlas y hace que las cosas nos sepan un poco más ricas. Una de las cosas más bonitas que un cristiano puede hacer es que lo que le rodea o quienes le rodean no se echen a perder, lo hacemos con los amigos cuando les damos un buen ejemplo o un buen consejo. O lo hacemos en casa cuando apoyamos a uno de los nuestros en las situaciones en las que toma decisiones difíciles o cuando se ha equivocado y su corazón está lleno de desesperanza. Siempre que estamos al lado de alguien para que sea un poco mejor, estamos siendo sal. Además la sal saca el sabor que estaba escondido en el alimento y nos lo hace más rico. Eso también es ser cristiano, ser capaz de ayudar a otros para que den lo máximo, incluso cuando a veces ellos mismos ni siquiera sabían que tenían la posibilidad de ser un poco mejores.

Lo segundo es que todos somos luz. La luz tiene la cualidad de hacer que veamos lo que son las cosas. Si estamos en un sitio oscuro, podemos usar el olfato, o el tacto para saber dónde están las cosas o qué son las cosas. Pero si la habitación está iluminada, entonces lo descubrimos con mayor rapidez. La luz no hace que las cosas existan, pero nos permite descubrirlas. Eso somos también los cristianos, somos los que descubrimos las cosas buenas para hacerlas mejores y los que vemos las cosas malas para que no nos hagan daño o dañen a otros.

Y lo tercero es que somos una ciudad en lo alto de un monte. Si uno va caminando por un valle, es posible que no vea la aldea que está detrás del bosque por el que camina, pero seguro que sí ve la ciudad que está más  alta que el bosque. Los cristianos somos personas que no podemos esconder el don maravilloso que hemos recibido para el bien de los demás. Tenemos que ser conscientes de que mucha gente nos mira y espera de nosotros un modo de ser que les dé seguridad, esperanza, consuelo, o ayuda. Eso es ser una ciudad en lo alto de un monte.

Es verdad que a veces los cristianos no damos un buen ejemplo, porque también somos pecadores y tenemos defectos como todos los demás. Pero incluso cuando fallamos debemos ser ejemplo de como hay que levantarse con humildad y con fortaleza, con esperanza y con alegría para seguir adelante.

El evangelio también nos pone en guardia de tres peligros: el peligro de que la sal se vuelva sosa, el peligro de que la luz se ponga dentro de una olla y el peligro de ocultar la ciudad. La sal solo se puede volver insípida cuando deja de ser ella misma. Por eso es tan importante que de vez en cuando nos preguntemos: ¿qué es lo que estoy siendo? Estoy siendo cristiano? ¿Estoy siendo seguidor de Jesús en el trabajo, en la familia, en mi conciencia?

La luz puede dejar de iluminar cuando se le pone algo encima que le impida enseñar lo que hay alrededor. A veces dejamos de ser luz por miedo, por vergüenza, por comodidad. Cuando nos damos cuenta de que hemos dejado de ver lo bueno y de evitar lo malo, quizá tendríamos que preguntarnos cual es la olla que nos hemos puesto o que hemos dejado que otros nos pongan.

Finalmente, todos podemos tener la tentación de ocultar la ciudad. A veces nos cansamos de dar buen ejemplo, nos cansamos de que los demás se cuelguen de nosotros. Eso nos puede pasar y entonces tenemos que mirar quién está más arriba, a quién nos da esperanza, para volver a levantarnos y ser testigos del bien. Para eso es la oración, para eso son los sacramentos, de modo especial la eucaristía, en la que Jesús nos llena por dentro y nos vuelve a dar su capacidad de ser referencia para los demás. 

Una cosa más. El termómetro para saber si estamos siendo sal, luz y ciudad, es por medio de nuestras buenas obras. Ser cristiano no es enseñar catecismo, es poner en nuestras obras la presencia de Jesús que hay en nuestro corazón. Hoy Jesus nos invita a ser luz, sal y ciudad: para ello tenemos que ver el bien de los demás, sacar lo bueno de los demás y ayudar a que los demás caminen hacia lo mejor de sí, como decía el salmo: Quien es justo, clemente y compasivo, como una luz en las tinieblas brilla.


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