TORD DOMINGO IV CICLO A HOMILÍA
El evangelio
de hoy nos habla de la felicidad. Todos queremos ser felices y a veces
confundimos la felicidad con la sensación de estar a gusto. Pero eso también
nos cansa y como no dura para siempre nos deja un mal sabor de boca.
Hoy día hay
muchos vendedores de felicidad. Hay quienes dicen que la felicidad está en
poder comprar muchas cosas, las compras de lo que se nos presenta como
necesario, cuando en realidad es solo un calmante de la ansiedad y el
aburrimiento que tenemos en el corazón.
Otros dicen
que la felicidad es estar en forma, con un aspecto agradable y, si es posible,
despertando la admiración de los que están alrededor. Y somos adictos al gym, a
las dietas, al cuánto medimos o pesamos. Claro que la salud es importante, pero
también podemos anestesiarnos cuidando el cuerpo y olvidarnos del fitness del
alma.
Otros nos
dicen que lo importante es triunfar en la vida. Todos admiramos, pero también
envidiamos, a quienes siempre están en el candelero, los que tienen millones de
seguidores, los que son influencers, los artistas que deslumbran, los
deportistas que exhiben más dinero que habilidad física, los políticos que
encandilan a muchos con promesas que sabemos que no van a cumplir. Pero vemos
que eso es como el algodón de azúcar que, en cuanto te lo metes en la boca, se
disuelve y no te alimenta. Todas estas situaciones nos prometen la felicidad,
pero al final tras momentos muy cortos de bienestar nos vuelven a dejar en la
orilla de nuestra soledad o de nuestra amargura. Por eso, como decía Pablo VI: Hay
también necesaria una paciente labor de educación para enseñar a saborear, de
modo sencillo, las numerosas alegrías humanas que el Creador ha puesto en
nuestro camino: la exaltante alegría de existir y de vivir; la alegría del amor
esponsal fiel y lleno de ternura; la serena alegría de la naturaleza y del
silencio; la austera alegría del trabajo bien hecho; la transparente alegría
del servicio y del compartir; la exigente alegría del sacrificio.
El
evangelio de hoy nos dice que no importan las circunstancias, aunque sean de
pobreza, o de momentos de llanto, o de situaciones de carencia, o de
persecución por ser fieles a los valores de nuestro corazón o de nuestra fe. Lo
esencial es poner nuestro fundamento en Dios, que nos da la verdadera riqueza,
el verdadero consuelo, la verdadera plenitud y la fortaleza para ser más
grandes que quien quiere robarnos el bien de nuestro corazón.
El
evangelio de hoy nos insiste en actitudes que muchas veces van contra los
rankings del mundo, como la mansedumbre (o sea el dominio de uno mismo ante el
mal), la misericordia (o sea el corazón más grande que el mal), la limpieza de
corazón (o sea la capacidad de actuar sinceramente siempre de cara al bien con
uno mismo, con los demás y con Dios), la construcción de la paz (es decir el esfuerzo
no solo por evitar los males, sino por construir los bienes que nos hacen
mejores a todos).
En un mundo
que muchos valoran el que cada uno haga lo que le gusta o le va bien sin
importar si hace daño, en un mundo en que no se permite el perdón ante las
fragilidades ni la compasión con quien tiene necesidad, en un mundo lleno de
dobles intenciones y de corazones contaminados de soberbia o de avaricia o de
pasiones sin orden, en un mundo que no le importa usar la violencia para
someter a los demás, todo esto es algo revolucionario. La felicidad está en lo
que dice Jesús, porque todo lo otro solo nos hace más desgraciados, más
amargados, más encerrados en nuestra soledad.
En todo
momento nos veremos tentados de irnos al lado oscuro como pasa en tantas películas.
Pero los que de verdad son felices son los que se quedan en el lado luminoso,
con un corazón que tiene muchos defectos, sí, pero que también es un corazón
sincero y que aprende a saber ser feliz.
Como nos
recordaba el papa Francisco: La felicidad es nuestra vocación humana, un fin al
que todos aspiramos. Pero ¿qué es la felicidad? [...] No se trata de un placer
fugaz, de una satisfacción momentánea que, una vez experimentada, nos deja con
más sed, en una búsqueda desesperada que deja el corazón insaciado y cada vez
más vacío. Aspiramos a una felicidad que se encuentra definitivamente en lo
único que puede saciarnos, que es el amor. Francisco
Quizá sea
importante una cosa más. La felicidad no es algo que se viva en solitario. La
felicidad se vive cuando entregamos nuestro corazón a alguien que nos ama y que
nos invita a amarlo. En todas las circunstancias, buenas o malas, ese amor nos
hará felices. Eso es lo que dice Jesús al final del evangelio. Que todo lo que
vivamos sea por mi causa, que todo lo que vivamos sea por amor a alguien que
nos ama primero, que nos da lo más valioso de sí mismo y que está dispuesto a
darnos la mano cuando todo nos va bien o todo nos va mal, cuando lo hemos hecho
bien o cuando hemos caído en el mal: ese es Jesús. Si él nos hace felices,
nosotros podremos hacer felices a los demás, porque, aunque seamos pobres, o
lloremos, o nos falte algo, o nos persigan, podremos ser hombres y mujeres de
bienaventuranza, sembradores de paz, de misericordia, de limpieza de corazón,
del bien verdadero. Lo seremos en nuestra casa, en nuestra relación
matrimonial, en nuestro trabajo, en cualquier sitio. Que Jesús en la eucaristía
nos llene el corazón de la verdadera felicidad que nos permita hacer felices a
los demás.

No hay comentarios:
Publicar un comentario