sábado, 31 de enero de 2026

LA FORMULA DE LA FELICIDAD


TORD DOMINGO IV CICLO A HOMILÍA

El evangelio de hoy nos habla de la felicidad. Todos queremos ser felices y a veces confundimos la felicidad con la sensación de estar a gusto. Pero eso también nos cansa y como no dura para siempre nos deja un mal sabor de boca.

Hoy día hay muchos vendedores de felicidad. Hay quienes dicen que la felicidad está en poder comprar muchas cosas, las compras de lo que se nos presenta como necesario, cuando en realidad es solo un calmante de la ansiedad y el aburrimiento que tenemos en el corazón.

Otros dicen que la felicidad es estar en forma, con un aspecto agradable y, si es posible, despertando la admiración de los que están alrededor. Y somos adictos al gym, a las dietas, al cuánto medimos o pesamos. Claro que la salud es importante, pero también podemos anestesiarnos cuidando el cuerpo y olvidarnos del fitness del alma.

Otros nos dicen que lo importante es triunfar en la vida. Todos admiramos, pero también envidiamos, a quienes siempre están en el candelero, los que tienen millones de seguidores, los que son influencers, los artistas que deslumbran, los deportistas que exhiben más dinero que habilidad física, los políticos que encandilan a muchos con promesas que sabemos que no van a cumplir. Pero vemos que eso es como el algodón de azúcar que, en cuanto te lo metes en la boca, se disuelve y no te alimenta. Todas estas situaciones nos prometen la felicidad, pero al final tras momentos muy cortos de bienestar nos vuelven a dejar en la orilla de nuestra soledad o de nuestra amargura. Por eso, como decía Pablo VI: Hay también necesaria una paciente labor de educación para enseñar a saborear, de modo sencillo, las numerosas alegrías humanas que el Creador ha puesto en nuestro camino: la exaltante alegría de existir y de vivir; la alegría del amor esponsal fiel y lleno de ternura; la serena alegría de la naturaleza y del silencio; la austera alegría del trabajo bien hecho; la transparente alegría del servicio y del compartir; la exigente alegría del sacrificio.

El evangelio de hoy nos dice que no importan las circunstancias, aunque sean de pobreza, o de momentos de llanto, o de situaciones de carencia, o de persecución por ser fieles a los valores de nuestro corazón o de nuestra fe. Lo esencial es poner nuestro fundamento en Dios, que nos da la verdadera riqueza, el verdadero consuelo, la verdadera plenitud y la fortaleza para ser más grandes que quien quiere robarnos el bien de nuestro corazón.

El evangelio de hoy nos insiste en actitudes que muchas veces van contra los rankings del mundo, como la mansedumbre (o sea el dominio de uno mismo ante el mal), la misericordia (o sea el corazón más grande que el mal), la limpieza de corazón (o sea la capacidad de actuar sinceramente siempre de cara al bien con uno mismo, con los demás y con Dios), la construcción de la paz (es decir el esfuerzo no solo por evitar los males, sino por construir los bienes que nos hacen mejores a todos).


En un mundo que muchos valoran el que cada uno haga lo que le gusta o le va bien sin importar si hace daño, en un mundo en que no se permite el perdón ante las fragilidades ni la compasión con quien tiene necesidad, en un mundo lleno de dobles intenciones y de corazones contaminados de soberbia o de avaricia o de pasiones sin orden, en un mundo que no le importa usar la violencia para someter a los demás, todo esto es algo revolucionario. La felicidad está en lo que dice Jesús, porque todo lo otro solo nos hace más desgraciados, más amargados, más encerrados en nuestra soledad.

En todo momento nos veremos tentados de irnos al lado oscuro como pasa en tantas películas. Pero los que de verdad son felices son los que se quedan en el lado luminoso, con un corazón que tiene muchos defectos, sí, pero que también es un corazón sincero y que aprende a saber ser feliz.

Como nos recordaba el papa Francisco: La felicidad es nuestra vocación humana, un fin al que todos aspiramos. Pero ¿qué es la felicidad? [...] No se trata de un placer fugaz, de una satisfacción momentánea que, una vez experimentada, nos deja con más sed, en una búsqueda desesperada que deja el corazón insaciado y cada vez más vacío. Aspiramos a una felicidad que se encuentra definitivamente en lo único que puede saciarnos, que es el amor. Francisco

Quizá sea importante una cosa más. La felicidad no es algo que se viva en solitario. La felicidad se vive cuando entregamos nuestro corazón a alguien que nos ama y que nos invita a amarlo. En todas las circunstancias, buenas o malas, ese amor nos hará felices. Eso es lo que dice Jesús al final del evangelio. Que todo lo que vivamos sea por mi causa, que todo lo que vivamos sea por amor a alguien que nos ama primero, que nos da lo más valioso de sí mismo y que está dispuesto a darnos la mano cuando todo nos va bien o todo nos va mal, cuando lo hemos hecho bien o cuando hemos caído en el mal: ese es Jesús. Si él nos hace felices, nosotros podremos hacer felices a los demás, porque, aunque seamos pobres, o lloremos, o nos falte algo, o nos persigan, podremos ser hombres y mujeres de bienaventuranza, sembradores de paz, de misericordia, de limpieza de corazón, del bien verdadero. Lo seremos en nuestra casa, en nuestra relación matrimonial, en nuestro trabajo, en cualquier sitio. Que Jesús en la eucaristía nos llene el corazón de la verdadera felicidad que nos permita hacer felices a los demás.


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