TORD V CICLO A HOMILÍA
Hay una palabra que es una fotografía de cómo nos comportamos
a veces. Es la palabra cumplimiento, cuando la dividimos en dos partes, cumplo
y miento. O sea, que estoy engañando, aunque parece que estoy haciendo lo que
debo hacer. De esto nos habla hoy Jesús en el evangelio, porque, en la religión
judía, como nos pasa a nosotros como católicos: habían hecho de cosas buenas,
como ciertas normas de la ley, un modo de escaparse del compromiso de hacer el
bien. En especial el compromiso de hacer el bien al prójimo que mandaba la ley
de Moisés, el mandamiento del respeto a la vida ajena, el del respeto a la
mujer, el del respeto al matrimonio y el del respeto a los compromisos asumidos
con Dios: Cumplían la ley de Dios de labios para afuera, en vez de vivir la
relación con Dios y el prójimo como una relación que lleve a un amor más
sincero y generoso.
Una de las películas favoritas en mi infancia era “La espada
en la piedra”, la adaptación de Disney a los primeros años del rey Arturo. Hacia
el final de la película, la bruja Mim reta a Merlín a un duelo de magia con
estas reglas: No se permiten vegetales ni minerales, sólo animales, tampoco ningún
animal que no exista, como dragones de color rosa. Tres, no desaparecer, y Merlín
agrega: cuatro: No hacer trampas. Cada personaje se va transformando en un
animal diferente para defenderse y atacar, hasta que Mim, tras ser arrojada a
un lago, reaparece en forma de dragón, mientras Merlín que es un chivo,
reclama: - ¡No, Mim, no! Dijiste que dragones no. –La bruja responde: –Dije que
dragones color rosa, no. ¡Soy un dragón morado… y lanzo fuego! Entonces Merlín no
desaparece, sino que se convierte en un microbio que infecta a la bruja, y así
gana el torneo. El triunfo viene del amor de Merlín a hacer el bien y no solo
de cumplir con unas reglas.
Jesús insiste en que lo primero es el amor, el amor al prójimo
y el amor a Dios, y que de ahí surge todo lo demás. Jesús insiste en que el
amor tiene que fundamentarse en el respeto y que, cuando hay respeto y hay
amor, entonces es cuando de verdad somos fieles a lo que Dios nos pide. El amor
que es lo que hace que la ley tenga sentido y plenitud. Así comienza el
evangelio de hoy: yo no he venido a abolir la ley, he venido a darle plenitud.
Y la plenitud de la ley es el amor. Cuando San Agustín hablaba de cómo había
que hacer las cosas, decía lo siguiente: Ama y haz lo que quieres. Si
callas, calla por amor; si gritas, grita por amor; si corriges, corrige por
amor; si perdonas, perdona por amor. Teniendo el amor como raíz, de ella no
puede salir sino el bien. En nuestra vida tenemos que examinar nuestra conciencia
desde el amor que hay en nuestra intención o en nuestras acciones, para quitar
todo lo que pueda sonar a egoísmo.
Después de que Jesús termina de proclamar la necesidad del
respeto y del amor, nos pone en sobre aviso de que, si no hacemos así las
cosas, las consecuencias no serán buenas y que, en vez de estar extendiendo el
bien, estaremos extendiendo el mal; como cuando agarramos algo con las manos
llenas de mermelada y la mermelada pasa del bote a la mano y de la mano a la
cuchara y de la cuchara al mantel y así… por el contrario, como sucede con un
perfume que se difunde cuando se abre, si lo que hay en nuestro corazón es el
amor, tendremos la capacidad de multiplicar el bien.
Como lo que dice la primera lectura, estamos llamados a elegir
siempre lo que sea bueno, lo que sea mejor, para que podamos ser buenos
esposos, o buenos padres o buenos hijos. Para que podamos ser buenos
profesionistas, buenos ciudadanos y por supuesto para que podamos ser buenos
cristianos. Hoy Jesús nos invita a mirar nuestro corazón y nuestra conciencia
para preguntarnos, primero, como está nuestro amor, y, en segundo lugar, como
vivimos ese amor en la práctica. No nos podemos conformar con decir no he matado, no he robado, no he hecho daño a
nadie...”, como diciendo: “He cumplido”. Quien hace eso es alguien que se
conforma con el mínimo indispensable, pero lo que Jesús siempre nos
propone es que busquemos el máximo posible. El motivo es que Dios
no razona con cálculos y tablas; Él nos ama como un enamorado: ¡no hasta el
mínimo, sino hasta el máximo!
El
verdadero amor nunca se siente satisfecho; el amor va siempre más
allá. El Señor nos lo mostró dando su vida en la cruz. Y nos ha confiado el
mandamiento que más aprecia: que nos amemos unos a otros como Él nos
ha amado. Por eso este domingo sintamos en el corazón una invitación: ¿En qué
campo de mi vida puedo ser un poco más generoso? Jesús siempre habla a nuestro corazón
y nos da la fuerza para poderlo vivir. Como lo hemos oído en el salmo: Muéstrame, Señor, el camino de tus
leyes y yo lo seguiré con cuidado. Enséñame a cumplir tu voluntad y a guardarla
de todo corazón.
Jesús nos recuerda hoy que no basta con “cumplir” lo mínimo
ni con aparentar fidelidad: lo que da sentido a toda la ley es el amor. Cuando
nuestras palabras, decisiones y acciones nacen de un corazón que ama, el bien
se multiplica y nuestra vida se vuelve verdaderamente fecunda. Por eso, el
Señor nos invita a mirar nuestro interior y a preguntarnos si estamos amando de
verdad, para vivir desde la generosidad sin medida con la que Dios nos ama, así
cumpliremos, amaremos de corazón y seremos verdaderamente felices.

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