sábado, 14 de febrero de 2026

¿CUMPLIMIENTO= CUMPLO Y MIENTO?


 

TORD V CICLO A HOMILÍA

Hay una palabra que es una fotografía de cómo nos comportamos a veces. Es la palabra cumplimiento, cuando la dividimos en dos partes, cumplo y miento. O sea, que estoy engañando, aunque parece que estoy haciendo lo que debo hacer. De esto nos habla hoy Jesús en el evangelio, porque, en la religión judía, como nos pasa a nosotros como católicos: habían hecho de cosas buenas, como ciertas normas de la ley, un modo de escaparse del compromiso de hacer el bien. En especial el compromiso de hacer el bien al prójimo que mandaba la ley de Moisés, el mandamiento del respeto a la vida ajena, el del respeto a la mujer, el del respeto al matrimonio y el del respeto a los compromisos asumidos con Dios: Cumplían la ley de Dios de labios para afuera, en vez de vivir la relación con Dios y el prójimo como una relación que lleve a un amor más sincero y generoso.

Una de las películas favoritas en mi infancia era “La espada en la piedra”, la adaptación de Disney a los primeros años del rey Arturo. Hacia el final de la película, la bruja Mim reta a Merlín a un duelo de magia con estas reglas: No se permiten vegetales ni minerales, sólo animales, tampoco ningún animal que no exista, como dragones de color rosa. Tres, no desaparecer, y Merlín agrega: cuatro: No hacer trampas. Cada personaje se va transformando en un animal diferente para defenderse y atacar, hasta que Mim, tras ser arrojada a un lago, reaparece en forma de dragón, mientras Merlín que es un chivo, reclama: - ¡No, Mim, no! Dijiste que dragones no. –La bruja responde: –Dije que dragones color rosa, no. ¡Soy un dragón morado… y lanzo fuego! Entonces Merlín no desaparece, sino que se convierte en un microbio que infecta a la bruja, y así gana el torneo. El triunfo viene del amor de Merlín a hacer el bien y no solo de cumplir con unas reglas.

Jesús insiste en que lo primero es el amor, el amor al prójimo y el amor a Dios, y que de ahí surge todo lo demás. Jesús insiste en que el amor tiene que fundamentarse en el respeto y que, cuando hay respeto y hay amor, entonces es cuando de verdad somos fieles a lo que Dios nos pide. El amor que es lo que hace que la ley tenga sentido y plenitud. Así comienza el evangelio de hoy: yo no he venido a abolir la ley, he venido a darle plenitud. Y la plenitud de la ley es el amor. Cuando San Agustín hablaba de cómo había que hacer las cosas, decía lo siguiente: Ama y haz lo que quieres. Si callas, calla por amor; si gritas, grita por amor; si corriges, corrige por amor; si perdonas, perdona por amor. Teniendo el amor como raíz, de ella no puede salir sino el bien. En nuestra vida tenemos que examinar nuestra conciencia desde el amor que hay en nuestra intención o en nuestras acciones, para quitar todo lo que pueda sonar a egoísmo.

Después de que Jesús termina de proclamar la necesidad del respeto y del amor, nos pone en sobre aviso de que, si no hacemos así las cosas, las consecuencias no serán buenas y que, en vez de estar extendiendo el bien, estaremos extendiendo el mal; como cuando agarramos algo con las manos llenas de mermelada y la mermelada pasa del bote a la mano y de la mano a la cuchara y de la cuchara al mantel y así… por el contrario, como sucede con un perfume que se difunde cuando se abre, si lo que hay en nuestro corazón es el amor, tendremos la capacidad de multiplicar el bien.

Como lo que dice la primera lectura, estamos llamados a elegir siempre lo que sea bueno, lo que sea mejor, para que podamos ser buenos esposos, o buenos padres o buenos hijos. Para que podamos ser buenos profesionistas, buenos ciudadanos y por supuesto para que podamos ser buenos cristianos. Hoy Jesús nos invita a mirar nuestro corazón y nuestra conciencia para preguntarnos, primero, como está nuestro amor, y, en segundo lugar, como vivimos ese amor en la práctica. No nos podemos conformar con decir no he matado, no he robado, no he hecho daño a nadie...”, como diciendo: “He cumplido”. Quien hace eso es alguien que se conforma con el mínimo indispensable, pero lo que Jesús siempre nos propone es que busquemos el máximo posible. El motivo es que Dios no razona con cálculos y tablas; Él nos ama como un enamorado: ¡no hasta el mínimo, sino hasta el máximo!

El verdadero amor nunca se siente satisfecho; el amor va siempre más allá. El Señor nos lo mostró dando su vida en la cruz. Y nos ha confiado el mandamiento que más aprecia: que nos amemos unos a otros como Él nos ha amado. Por eso este domingo sintamos en el corazón una invitación: ¿En qué campo de mi vida puedo ser un poco más generoso? Jesús siempre habla a nuestro corazón y nos da la fuerza para poderlo vivir. Como lo hemos oído en el salmo: Muéstrame, Señor, el camino de tus leyes y yo lo seguiré con cuidado. Enséñame a cumplir tu voluntad y a guardarla de todo corazón.

Jesús nos recuerda hoy que no basta con “cumplir” lo mínimo ni con aparentar fidelidad: lo que da sentido a toda la ley es el amor. Cuando nuestras palabras, decisiones y acciones nacen de un corazón que ama, el bien se multiplica y nuestra vida se vuelve verdaderamente fecunda. Por eso, el Señor nos invita a mirar nuestro interior y a preguntarnos si estamos amando de verdad, para vivir desde la generosidad sin medida con la que Dios nos ama, así cumpliremos, amaremos de corazón y seremos verdaderamente felices.

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