HOMILÍA 3ER DOMINGO ORDINARIO ciclo a
Al comenzar el año hemos hecho propósitos para mejorar
nuestras vidas: algunos tienen que ver con la salud, o con la distribución del
tiempo o con la realización de algún proyecto. Estos propósitos nos hacen ver
que en algunas partes de nuestras vidas hay cosas que no están bien o que nos
faltan. Son las sombras de nuestras vidas que tocan nuestras relaciones,
nuestra salud o algo que preocupa nuestro corazón. Las sombras hacen daño,
porque no nos dejan ser lo que queremos ser, ni de cara a nosotros mismos ni de
cara a los demás. Nosotros lo causantes de nuestras sombras, cuando elegimos lo
que no es bueno, o no nos abrimos a lo bueno que otros nos proponen.
Esas sombras también alcanzan a los que viven cerca. Nuestros
enojos, miedos o indiferencias pueden oscurecer la vida familiar, como también
un gesto de bondad, paciencia o perdón ilumina más de lo que imaginamos. El mal
se contagia, pero el bien también: toda sombra tiene un impacto en los demás, y
toda chispa de luz también. Por eso
necesitamos que haya luz en nosotros como hemos dicho en el salmo: El Señor
es mi luz y mi salvación, ¿a quién voy a tenerle miedo? Dios ilumina lo que
hay de oscuro en nosotros y nos saca de esa oscuridad. Pero ¿cómo sucede esto?
El evangelio nos da algunas pistas de este caminito. Lo
primero es darnos cuenta de que Dios, en Jesús, ha venido a nuestra vida como
el sol que amanece y quita la oscuridad de la noche, como dice el evangelio: el
pueblo que caminaba en las tinieblas vio una gran luz, sobre los que vivían en
tierra de sombras una luz resplandeció. Una experiencia muy hermosa es ver
amanecer sobre el mar. Si nos levantamos tempranito, podemos ver como sale el
sol por el mar. Poco a poco, las sombras se van quitando y empezamos a ver cómo
el mar va pasando del negro al rojo y luego al plata con la luz de sol. Y vemos
cómo todo toma vida y color. Esto es lo que pasa cuando dejamos que la luz de Jesús
llegue a nuestra vida.
¿Cómo nos ilumina Jesús?: hoy a través de los sacramentos, de
los evangelios, de la oración, o las inspiraciones en el corazón. Hace dos mil
años, lo hacía con su predicación, que se resumía en la frase:
"Conviértanse, porque ya está cerca el Reino de los cielos".
Primero convertirse: ser capaces de ver todo con una
perspectiva nueva que mejore el rumbo de nuestra vida. Convertirse es
rectificar la dirección que llevo, cuando me he dado cuenta de que la meta no está en la dirección que
llevo. Rectificar es de sabios pues el mayor peligro es creer que no tengo nada
que rectificar.
Y segundo, que está cerca el Reino
de los cielos: Esto significa que Dios nos
da lo que necesitamos para caminar en la vida si lo ponemos como la guía de
nuestra existencia, para ser mejores nosotros y en nuestra relación con los
demás. Jesús es la presencia del Reino de los cielos porque él es el bien en
persona y hace el bien a los demás. Nosotros también somos presencia del Reino
de los cielos cuando hacemos lo que Jesús nos enseñó a hacer y somos como Jesús
nos enseñó a ser.
Por eso es importante otro aspecto del
evangelio de hoy: Jesús llama a los primeros apóstoles, seres humanos como
nosotros, y los invita a cambiar lo necesario para identificarse como sus seguidores.
A ellos les pidió dejar unas barcas y caminar a su lado, a nosotros es posible
que nos pida dejar nuestro egoísmo, o nuestra indiferencia, o nuestros enojos,
o nuestra pereza, para ser solidarios, comprometidos, bondadosos o trabajadores
por el bien, siguiendo a Jesús.
Jesús nos llama muchas veces cada día
a dejar lo que nos impide ser mejores y a descubrir el bien que podemos hacer.
A veces ese llamado se concreta en ofrecer un consejo o en sostener a quien lo
necesita, o en servir sin esperar recompensa, o en dedicar tiempo a la oración
para crecer en amistad con el Señor. También nos invita a asumir compromisos
que, implicando sacrificios, nos permiten hacer el bien a quienes más lo
necesitan, en el cuerpo o en el alma. O nos propone abrirnos a la belleza de la
maternidad y la paternidad, que, aunque exige renuncias, colma la vida de
plenitud y sentido. O nos llama a vivir la profesión con responsabilidad y
altura.
Hace unos años decía el Papa
Francisco: ¿recuerdo algún “momento
fuerte” en el que ya haya encontrado a Jesús? Cada uno de nosotros piense en su
propia historia: ¿ha habido en mi vida algún momento fuerte en el que encontré
a Jesús? ¿Y algo hermoso y significativo que sucedió en mi vida por haber
dejado atrás cosas menos importantes? Y hoy, ¿hay algo a lo que Jesús me pide
que renuncie? ¿Cuáles son las cosas materiales, las formas de pensar, las
actitudes que necesito dejar atrás para decirle “sí” a Él?
Estemos atentos para seguir a Jesús
a la hora de hacer el bien y de ser buenos. Todos podemos ser luz para los
demás, como Jesús: él iba por las sinagogas, predicaba la buena nueva y curaba
enfermedades. Nosotros recorremos todos los días el corazón de muchas personas,
en casa, en el matrimonio, en el trabajo, en la escuela y ahí podemos dejar esperanza
y bien.
Que María nos ayude a decir, como
ella, un sí pleno a Dios, a saber dejar algo atrás para seguirle mejor. No tengamos
miedo de dejarlo todo, si es para seguir a Jesús, siempre estaremos mejor y
seremos mejores. Que así sea.

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