sábado, 17 de enero de 2026

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II DOMINGO ORDINARIO CICLO A

Las lecturas de este domingo prolongan el bautismo del Señor que nos presentaba a Jesús en una frase: este es mi hijo muy amado en que tengo puesto en mis complacencias, escúchenlo para hacernos ver el reconocimiento de Jesús por el Bautista como el Cordero de Dios. Esto nos invita a pensar quién es este Jesús.

En primer lugar, la primera lectura, del profeta Isaías habla de cómo Dios ha hecho a Cristo su siervo, para que el pueblo de Israel regresase a su alianza con Dios. Dice: tú eres mi siervo, Israel, y en ti manifestaré mi gloria. También nos hace ver que Jesús va a ser luz de las naciones para que la salvación llegue a todos los que no pertenecemos al pueblo de Israel.

Esta llamada universal aparece en la carta de san Pablo a la comunidad cristiana en Corinto, gran metrópoli comercial, como si hablásemos de Nueva York, en la actualidad. san Pablo les dice que Dios los ha santificado en Cristo Jesús por el bautismo; los ha hecho su pueblo santo como iglesia; y que Dios llama a aquellos que, donde estén, invoquen el nombre de Cristo, es decir que hacen de Jesús la referencia de su vida.

En segundo lugar, el evangelio nos muestra la vivencia personal que Juan Bautista ha hecho de Jesucristo, una vivencia que nos puede servir de espejo. De nada sirven las teorías sobre Jesús si no lo hacemos vida en nosotros. Muestra clara de todo esto está en cuántos bautizados, no hacen de Jesús la referencia fundamental de la vida.

Juan Bautista ve a Jesús que viene hacia él. Para Juan, Jesús no es una teoría, no es un libro de teología; para Juan, Jesús es alguien concreto que viene hacia él. Como cuando estamos en un aeropuerto esperando a un familiar y vemos que ese familiar viene hacia nosotros sentimos un salto del corazón, porque alguien importante para nosotros está a punto de ser de nuevo parte de nuestra vida. Eso es lo que siente Juan, una experiencia viva que le transforma la existencia.

¿Quién es ste que va a dar sentido a nuestra vida para que esté llena de Dios, y de felicidad? Es el Cordero de Dios. El cordero en la religión judía es el que está destinado al sacrificio, a ofrecerse a Dios. La palabra que los judíos usan para decir cordero también significaba: siervo, esclavo, el que obedece a alguien, el que está sometido a la voluntad de alguien. Como explica Benedicto XVI, en Jesús vemos al Hijo que se ha hecho siervo, al Pastor que se ha convertido en Cordero, para ser garantía de liberación no solo para un pueblo, sino para toda la humanidad.

Jesús ha venido para ofrecerse por nosotros a Dios: el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Jesús viene a quitar todo lo malo, lo que nos hace infelices, lo que nos hace vivir en el vacío.

Juan Bautista añade que Jesús “tiene precedencia sobre mí porque ya existía antes que yo”. Juan no está diciendo que Jesús es más viejo, sino que es anterior en la eternidad: afirma que Jesús es Dios, que es el Hijo de Dios.

Jesús tiene una misión: El que me envió a bautizar con agua, me dijo: aquel sobre quien veas que baja el Espíritu Santo es el que ha de bautizar con el Espíritu Santo. Jesús viene a bautizarnos en el Espíritu Santo. ¿Qué significa esto? Podemos recordar que cuando Dios crea a Adán, sopla, infunde su espíritu en el barro y lo convierte en un ser humano.

Bautizar con el Espíritu Santo significa darnos una vida plena como hijos de Dios, llena de dignidad, es poner en nosotros la vocación al amor, al sentido, a la plenitud, a la eternidad, a la felicidad. Es quitar de nosotros lo que está muerto para darnos vida: ¿Han visto que cuando no hay agua, el campo está seco, agrietado, polvoriento; y que , cuando hay agua, todo se pone verde, brillante, fecundo? Esa es la obra del Espíritu Santo en nosotros: darnos vida nueva en Jesucristo por medio de la esperanza, fe y amor que iluminan nuestro camino.

En tercer lugar, esto tiene como consecuencia dar testimonio. Por eso Juan Bautista dice: “Yo lo vi y doy testimonio de que éste es el Hijo de Dios”. Me viene a la mente lo que ocurre en la película Cómo entrenar a tu dragón. Todos en la aldea creen que los dragones son enemigos peligrosos. Pero Hipo, un día ve a Desdentao de cerca. Y descubre que no es un monstruo, es un ser vivo que puede cambiar su vida. Hipo hace la experiencia de su amigo el dragón. Si no dejamos que Jesús se acerque a nuestra vida, Él seguirá siendo una teoría. Pero si lo dejamos entrar al corazón, descubrimos que ese encuentro cambia todo.

Juan dice: “Yo he hecho esa experiencia”. Nosotros podemos hacer la vivencia de Jesús fundamentalmente de tres maneras: por la oración que nos permite encontrarnos personalmente con Él; por su palabra, especialmente a través del evangelio; y por los sacramentos, sobre todo la eucaristía. En cada eucaristía Jesús camina hacia nosotros y por eso repetimos con humildad y confianza: “Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo, ten piedad de nosotros y danos la paz.”

Ojalá podamos dar testimonio de que el Hijo de Dios viene a nuestro encuentro como el Cordero que se ofrece por amor. Llevemos esta experiencia a nuestro hogar, ayudando a nuestros hijos a descubrir que Jesús está vivo en el evangelio; a hacer una oración que vea al Señor cercano en las alegrías y en las dificultades. Así, Jesús que viene hará más feliz la vida de todos los que amamos. Que así sea.

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