HOMILIA III DOMINGO ADVIENTO CICLO
A
Es curioso que este domingo que se llama el domingo de Alégrense,
tenga como protagonista a un profeta que está en la cárcel: Juan Bautista que, por
ser fiel a Dios, ha acabado en la cárcel y ahí empieza a dudar de todo lo
que ha creído. Juan se encuentra en
la cárcel física y en la de su situación interior: la oscuridad que no deja ver
claro y ver más allá, pues a veces incluso el creyente más grande atraviesa el
túnel de la duda.
Él pensaba que Jesús
iba a venir de una manera y ahora resulta que viene de otra. El pensaba que Jesús
iba a hacer unas cosas y ahora resulta que hace otras. Y esto hace que su
cuerpo está en la cárcel de barrotes y que su corazón se encuentre en la cárcel
de la desilusión.
A nuestro alrededor encontramos estos días luces por todos
lados, arboles de navidad, esferas, listas para que santa Claus, que hemos
festejado el pasado día 6 bajo su nombre verdadero que es Nicolás, traiga
regalos de parte del niño Jesús a los niños que se han portado bien a lo largo
del año. Otros, además, ya están preparando su lista para que los Reyes Magos
que cada año vienen de la parte Oriente del Cielo les traigan de parte de la
sagrada Familia otros regalitos más. Todo nos habla de la ilusión de la
Navidad.
Pero hay otras personas que están en una cárcel en estos
días, son los que están enfermos incurables, los que han perdido el trabajo,
los que se les ha roto la familia, todos los que pensaban que la vida iba a ir
de un modo y luego resulta que ha ido de otro. Muchas personas están en la
cárcel del cuerpo y otras muchas están en la cárcel del alma. Por eso este
domingo, que esta cerca de la navidad nos invita a que miremos a Jesús como la
fuente de nuestra alegría, a que no sean las cosas, o los problemas, los que se
convierten en los dueños de nuestra alma, sino a que sea la cercanía de Jesús a
los dolores del corazón humano, lo que se convierte en la fuente de nuestra
alegría. Esta alegría no es instantánea ni superficial. Por eso, Santiago nos
recuerda que seamos "pacientes hasta la venida del Señor" con el
ejemplo del labrador que espera con paciencia el fruto de la tierra. Para
nosotros, esperar a Jesús es saber que, aunque estemos en la oscuridad, el
Señor no nos falla, sino que está cerca para liberarnos.
Este es el mensaje que Jesús le envía a Juan Bautista: mira,
quienes sufren (los ciegos, los leprosos, los sordos, los muertos) encuentran
una solución, los que no tiene ninguna esperanza (los pobres) reciben la buena
noticia de la esperanza. Las obras de Jesús son el cumplimiento de lo que Dios
había prometido por el profeta Isaías: "Se despegarán entonces los ojos de
los ciegos y se abrirán los oídos de los sordos; entonces el cojo saltará como
un ciervo y la lengua del mudo gritará de alegría." Jesús es el Mesías y hace
lo que el Mesías debía hacer. Por eso le da a Juan un consejo: la felicidad la encuentra
quien no se sienta defraudado por el modo en el que Cristo actúa en nuestra
vida.
Quien pone la felicidad o la alegría de su vida en las cosas pasajeras,
en las personas que somos débiles, o en uno mismo, acabará en la cárcel de la
desesperanza o de la desilusión. Al contrario, quien pone su felicidad en la
presencia de Cristo en su vida, aunque tenga que pasar dificultades, acabará encontrado
la felicidad que no acaba. Lo que nos hace felices de verdad es el amor que
tenemos y el amor que recibimos, y eso solo lo puede dar Dios de un modo
definitivo, por encima de nuestros pecados y nuestros fallos. Tenemos que tener
la certeza de que en nuestros sufrimientos, en nuestros problemas, en nuestros
momentos de desesperanza, Cristo no nos deja solos.
Dios nos ama siempre y la prueba de este amor es que se ha
hecho uno de nosotros, ha caminado a nuestro lado, ha sufrido con nosotros y ha
resucitado para darnos una vida de amor que nunca termine. Él se ha acercado a
nosotros curando, acogiendo, sanando, buscando con ternura a la oveja
perdida, recibiendo de nuevo en casa al hijo impresentable que se alejó y
derrochó todo lo que había recibido. Un Mesías que se encuentra en un discreto
establo, naciendo con la belleza y el sigilo, con la fragilidad con la que
nacen todos los niños.
Por eso, aunque este domingo habla de Juan Bautista en la
cárcel, realmente nos habla de Jesús, que nos saca de todas nuestras cárceles,
de lo que nos hace daño; y nos invita a que confiemos completamente en él,
porque él ha confiado completamente en nosotros. Ha confiado tanto en nosotros
que se ha hecho pequeño para que lo podamos cargar. Quiere tenernos tan cerca
que se ha hecho un niño pequeño para que lo pongamos junto a nuestro corazón.
Hoy es un domingo para llenarnos de alegría. La alegría que
nace de saber que en unos dias estaremos celebrando que Jesús ya está aquí, para
curar lo que nos quita la esperanza, para iluminar lo que nos llena de
oscuridad. Por eso, todas las luces que abundan por todas partes en estos días,
tienen un sentido. Son la promesa de que también nuestras vidas se llenarán de
la luz de Jesús, y eso nos dará una felicidad que nadie nos podrá quitar.
Hoy Jesús nos invita a salir de nuestras cárceles y a llevar
su luz a quienes están en la oscuridad. Esta semana, piensa en alguien que esté
pasando por una dificultad: una llamada, un mensaje, una visita, un gesto
sencillo puede ser para esa persona la luz que anuncia que Dios está cerca.
Así, nuestra alegría no se queda en palabras, sino que se convierte en
esperanza compartida.
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