PASCUA III DOMINGO CICLO A
El domingo pasado se nos invitaba a vernos con los ojos de
Tomás. Hoy el evangelio nos invita vernos con los ojos de otros dos discípulos,
de los que solo sabemos el nombre de uno, que se llama Cleofás. El otro no
tiene nombre, quizá para que le podamos poner el nuestro. De este modo hoy
todos podemos ser el compañero de camino de Cleofás.
Estos dos discípulos han salido de Jerusalén cuando ya las
mujeres habían llegado del sepulcro y cuando Pedro y Juan ya habían regresado
sin ver más que los lienzos en la tumba vacía. Pero eso a estos dos no les
convence y comienzan su regreso. Abandonan Jerusalén.
En algún momento de ese domingo, Jesús se les hace el
encontradizo y comienza una conversación con ellos. En esa conversación,
Jesús primero se fija en la tristeza de los discípulos, luego les hace que le
cuenten lo que ellos pensaban que había pasado con Jesús, después les hace ver
que, por su dureza interior, no habían entendido lo que le había pasado a Jesús
y termina explicándoles el plan redentor de Dios. Y su corazón comienza a
arder.
Llegan a Emaús al atardecer. Jesús hace ademán de seguir. Y
ellos le piden que se quede. "Quédate con nosotros, que anochece." Una
de las frases más humanas del Nuevo Testamento. No es una declaración de fe. Es
una necesidad. No quieren quedarse solos en la oscuridad. Y Jesús se queda. Se
sienta a la mesa. Toma el pan, lo bendice, lo parte. Y en ese gesto —ese gesto
tan cotidiano y tan cargado— lo reconocen. Y desaparece.
Jesús siempre se dirige a nosotros: que a veces podemos estar
decepcionados, o podemos tener dificultades por qué pasan las cosas de una
manera. Creo que todos tenemos esta experiencia.
Como también tenemos la experiencia de algo que hace arder
nuestro corazón, cuando nos cuentan una buena noticia o llega alguien a quien
queremos mucho, o cuando vemos a nuestro hijo recién nacido. Jesús quiere tocar
nuestro corazón, porque quiere que descubramos que él siempre nos ama. y a
pesar de que sintamos lo contrario, él nunca nos abandona. Cuando sentimos que
tenemos un vacío muy grande en el interior, como los discípulos, que se habían
quedado con la tumba vacía, él se hace presente para animarnos de nuevo.
Jesús tiene muchas maneras de hacerse presente, aunque no lo
reconozcamos. A veces lo hace con alguien que nos sale al camino y nos dice
palabras de esperanza, o alguien que se sienta al borde de la cama cuando
estamos tristes, o nos da un buen consejo cuando no sabemos qué hacer para ser
mejores padres, esposos o hijos. Cada día podríamos preguntarnos ¿Cómo me he
encontrado con Jesús hoy?
Pero el evangelio no termina ahí, pues nos ofrece dos grandes
faros para las oscuridades de nuestra vida: Primero, Jesús se hace reconocer al
partir el pan; luego, aquellos discípulos regresan a Jerusalén para
reencontrarse con los demás. También a nosotros nos indica el camino: la mesa
de la Palabra, la mesa de la Eucaristía y la comunidad de los hermanos.
Cuando llegan a Emaús los discípulos invitan a Jesús a que se
quede con ellos y Jesús parte con ellos el pan. Estos dos discípulos tuvieron
la suerte de poder caminar todo un día con Jesús. No caminamos
con Jesús del mismo modo que aquellos discípulos, pero sí de un modo real y
profundo pues el
Evangelio nos dice dónde se ha quedado Jesús con nosotros. Se ha quedado en la Eucaristía,
en su presencia sencilla bajo las especies del pan y el vino. Aunque no podemos
ver a Jesús con los ojos materiales, lo podemos ver con los ojos del corazón.
Por eso decimos “Amén” cuando se nos da su cuerpo.
Hoy, en la situación en la que estemos, también le podemos
decir a Jesús que se quede con nosotros, como lo hace en la eucaristía en la que
recibimos su persona. Él no se queda en una casa de ladrillos. Él se queda en
nuestra alma, para que sepamos que siempre está a nuestro lado y que nos saldrá
siempre al encuentro, que nos escuchará con misericordia, nos compartirá su
sabiduría y nos volverá a encender de fe, esperanza y amor.
Pero el evangelio no termina en la mesa. Termina en el camino
de vuelta.
En cuanto lo reconocen, los dos discípulos se levantan y
regresan a Jerusalén. Porque cuando el corazón arde, no puedes quedarte quieto.
Tienes que ir a contárselo a alguien. Eso es la Iglesia. Es la comunidad de los
que han reconocido a Jesús en el camino y no pueden guardar eso para sí solos.
Jesús nos invita a no ser individualistas, cerrados en
nosotros mismos, sino a saber ser cercanos a los demás, como Jesús lo ha sido con
nosotros. Siempre hay alguien a quien le podemos hacer un bien, alguien a quien
podemos hacer sonreír cuando esté triste, alguien a quien le hemos ofrecido una
perspectiva que le ha llenado de esperanza en medio de su confusión.
Ser Iglesia es ser compañeros de camino, ayudar a los demás a
llegar a experimentar la presencia de Jesús en la eucaristía. San Pedro, en la
primera lectura, lo dice con una sola frase, proclamar que a Jesús
Dios lo resucitó, y de ello todos nosotros somos testigos. Ser testigos de la resurrección es
eso: salir al camino de alguien con el corazón vacío. Este domingo nos toca ser
el amigo de Cleofás, porque, aunque no podemos ver a Jesús, sí nos podemos
encontrar con él. Siempre que nos sintamos tristes, decepcionados, estaremos llamando
a Jesús. Él llegará, nos enseñará el camino, y nos invitará a regresar con un corazón que arde, para compartir con los
demás, lo que ha llenado de esperanza nuestras vidas.
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