domingo, 4 de enero de 2026

UN NUEVO VECINO: EL HIJO DE DIOS

 


Homilía – II Domingo después de Navidad

Este segundo domingo después de Navidad es un respiro. Hemos vivido días intensos: la Navidad, la Sagrada Familia, el Año Nuevo… y todo lo que ello implica: encuentros, reflexiones, emociones. Hoy la liturgia nos invita a detenernos para saborear lo que hemos celebrado y a descubrir el sentido profundo de este tiempo: la llegada del Hijo de Dios a nuestra vida.

Este domingo es como una pausa en la subida de una montaña para recuperar fuerzas y mirar lo que ha pasado. ¿Qué ha significado para nosotros que el Verbo se haya hecho carne? ¿Qué cambia en nuestra vida que Dios se haya hecho nuestro vecino?

La primera lectura nos habla de la Sabiduría que pone su tienda en medio del pueblo. La Sabiduría guía al pueblo que peregrina a lo largo de la tierra. Así como la tierra navega el universo, nuestra vida navega por el tiempo, pero con Dios en nuestra vida, por eso no vivimos un tiempo sin sentido, en el que un día sustituye al siguiente:  es un tiempo habitado por Dios que nos guía con su providencia llena de amor y de misericordia, librándonos del vacío de la desesperanza ante el dolor.

La Sabiduría nos recuerda que en la vida todo apunta hacia Dios y su plan eterno.  El plan de Dios no es que seamos felices a base de circunstancias externas que sabemos que pasan y solo nos dejan un agridulce sabor de boca, como el trabajo, la salud, la suerte, sino en algo mucho más grande: Él nos propone ser felices en lo que no pasa, en lo eterno, en lo que da paz y eso es su amor por nosotros. 

Dios se hace uno de nosotros, ha puesto su tienda entre nosotros, se ha hecho nuestro vecino, se ha hecho nuestro cercano. ¿Y todo para qué? Para que recibamos el regalo más importante, la gracia y la verdad que es la certeza y la presencia de Dios en nuestras vidas. Como dice el Papa Benedicto: El Verbo es «una realidad viva: un Dios que… se comunica haciéndose él mismo hombre». En efecto, atestigua Juan, «puso su morada entre nosotros, y hemos contemplado su gloria» (Jn 1, 14). «Se rebajó hasta asumir la humildad de nuestra condición —comenta san León Magno— sin que disminuyera su majestad”.

Este domingo nos invita a mirar la Navidad no como un recuerdo bonito, sino como la certeza de que Dios ha querido plantar su tienda en nuestra historia: y esa tienda se resume en una frase que le dijo Jesús a Nicodemo: tanto amó Dios al mundo que entrego a su Hijo Único para que tengamos vida por El. El Evangelio nos lo dice con unas palabras muy profundas: “Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros”. Dios no se quedó lejos, no nos salvó desde la distancia: se hizo cercano, vecino, compañero de camino. ¿Hemos recibido esta luz que es la verdadera luz de la Navidad? ¿Hemos dejado que ilumine nuestras sombras, nuestras heridas, nuestras dudas?

San Pablo nos recuerda que para nosotros Jesús es la certeza de un amor de Dios que nace en su amor eterno. Un amor que nos eligió en Cristo para ser santos e intachables por el amor, o sea para que todo lo bueno que hay en nosotros llegue a la plenitud, por eso su amistad, es una bendición para nosotros, hasta el punto de hacernos hijos de Dios.  Este es un motivo para vivir con gratitud y para que nuestro corazón se llene de esperanza. De este modo nuestra vida tiene sentido, una direccion que es la felicidad.  Cada Navidad nos vuelve a invitar a renovar nuestra relación con Dios a través de Jesús, para que nuestras vidas cambien, se iluminen, tengan fe, esperanza y amor.

Para ello tenemos tres propuestas que nos pueden llevar por el camino que Dios nos propone. La primera es la humildad: Dios se hace pequeño, se rebaja sin perder su majestad. Esto nos enseña que en un mundo que valora tanto la fama y el poder, la verdadera grandeza no está en la soberbia, sino en la sencillez que se entrega. Porque la humildad no es ser inútiles; la humildad es saber lo que somos ante Dios y ante los demás.

La segunda es la importancia de vivir con gratuidad. Curiosamente en la época en la que todo se compra y se vende, el nacimiento de Jesús es un don gratuito. Jesús se entrega sin condiciones, María y José nos ofrecen un corazón generoso sin esperar nada a cambio. Lo único que Dios nos pide es abrir el corazón, es tomar la decisión de entregar lo mejor de nosotros a los demás.

La tercera es el amor: El motor de la Navidad es el amor que se hace uno con nosotros. Un amor que nos busca incluso cuando nos equivocamos, que siempre tiende la mano. Este es el amor que se nos ofrece y el que se nos invita a dar a los demás también con misericordia y siempre con alegría. Estas tres propuestas, que son el estilo de Dios, nos darán la sabiduría para vivir el Año Nuevo 2026 y todos los años nuevos.

Este domingo es un regalo: una pausa para decir “Gracias, Jesús. Gracias por venir a mi vida. Gracias por estar cerca de mí. Gracias por darme el gran regalo de ser mi vecino”.  Que este tiempo nos enseñe a vivir con un corazón humilde, agradecido y lleno de amor. Porque si el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, entonces nuestra vida tiene esperanza, nuestro año tiene sentido y nuestro corazón tiene un lugar donde descansar.

 

1 comentario:

Anónimo dijo...

Mil graciaas. As usual. Very.good!