Homilía
– II Domingo después de Navidad
Este segundo domingo después de
Navidad es un respiro. Hemos vivido días intensos: la Navidad, la Sagrada
Familia, el Año Nuevo… y todo lo que ello implica: encuentros, reflexiones,
emociones. Hoy la liturgia nos invita a detenernos para saborear lo que hemos
celebrado y a descubrir el sentido profundo de este tiempo: la llegada del Hijo
de Dios a nuestra vida.
Este domingo es como una pausa en la
subida de una montaña para recuperar fuerzas y mirar lo que ha pasado. ¿Qué ha
significado para nosotros que el Verbo se haya hecho carne? ¿Qué cambia en
nuestra vida que Dios se haya hecho nuestro vecino?
La primera lectura nos habla de la
Sabiduría que pone su tienda en medio del pueblo. La Sabiduría guía al pueblo
que peregrina a lo largo de la tierra. Así como la tierra navega el universo,
nuestra vida navega por el tiempo, pero con Dios en nuestra vida, por eso no vivimos
un tiempo sin sentido, en el que un día sustituye al siguiente: es un tiempo habitado por Dios que nos guía
con su providencia llena de amor y de misericordia, librándonos del vacío de la
desesperanza ante el dolor.
La Sabiduría nos recuerda que en la
vida todo apunta hacia Dios y su plan eterno.
El plan de Dios no es que seamos felices a base de circunstancias
externas que sabemos que pasan y solo nos dejan un agridulce sabor de boca,
como el trabajo, la salud, la suerte, sino en algo mucho más grande: Él nos
propone ser felices en lo que no pasa, en lo eterno, en lo que da paz y eso es
su amor por nosotros.
Dios se hace uno de nosotros, ha
puesto su tienda entre nosotros, se ha hecho nuestro vecino, se ha hecho
nuestro cercano. ¿Y todo para qué? Para que recibamos el regalo más importante,
la gracia y la verdad que es la certeza y la presencia de Dios en nuestras
vidas. Como dice el Papa Benedicto: El Verbo es «una realidad viva: un Dios
que… se comunica haciéndose él mismo hombre». En efecto, atestigua Juan, «puso
su morada entre nosotros, y hemos contemplado su gloria» (Jn 1, 14). «Se rebajó
hasta asumir la humildad de nuestra condición —comenta san León Magno— sin que
disminuyera su majestad”.
Este domingo nos invita a mirar la
Navidad no como un recuerdo bonito, sino como la certeza de que Dios ha querido
plantar su tienda en nuestra historia: y esa tienda se resume en una frase que
le dijo Jesús a Nicodemo: tanto amó Dios al mundo que entrego a su Hijo Único
para que tengamos vida por El. El Evangelio nos lo dice con unas palabras muy
profundas: “Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros”. Dios no se quedó
lejos, no nos salvó desde la distancia: se hizo cercano, vecino, compañero de
camino. ¿Hemos recibido esta luz que es la verdadera luz de la Navidad? ¿Hemos
dejado que ilumine nuestras sombras, nuestras heridas, nuestras dudas?
San Pablo nos recuerda que para
nosotros Jesús es la certeza de un amor de Dios que nace en su amor eterno. Un
amor que nos eligió en Cristo para ser santos e intachables por el amor, o sea
para que todo lo bueno que hay en nosotros llegue a la plenitud, por eso su
amistad, es una bendición para nosotros, hasta el punto de hacernos hijos de
Dios. Este es un motivo para vivir con
gratitud y para que nuestro corazón se llene de esperanza. De este modo nuestra
vida tiene sentido, una direccion que es la felicidad. Cada Navidad nos vuelve a invitar a renovar
nuestra relación con Dios a través de Jesús, para que nuestras vidas cambien,
se iluminen, tengan fe, esperanza y amor.
Para ello tenemos tres propuestas
que nos pueden llevar por el camino que Dios nos propone. La primera es la
humildad: Dios se hace pequeño, se rebaja sin perder su majestad. Esto nos
enseña que en un mundo que valora tanto la fama y el poder, la verdadera
grandeza no está en la soberbia, sino en la sencillez que se entrega. Porque la
humildad no es ser inútiles; la humildad es saber lo que somos ante Dios y ante
los demás.
La segunda es la importancia de
vivir con gratuidad. Curiosamente en la época en la que todo se compra y se
vende, el nacimiento de Jesús es un don gratuito. Jesús se entrega sin
condiciones, María y José nos ofrecen un corazón generoso sin esperar nada a
cambio. Lo único que Dios nos pide es abrir el corazón, es tomar la decisión de
entregar lo mejor de nosotros a los demás.
La tercera es el amor: El motor de
la Navidad es el amor que se hace uno con nosotros. Un amor que nos busca
incluso cuando nos equivocamos, que siempre tiende la mano. Este es el amor que
se nos ofrece y el que se nos invita a dar a los demás también con misericordia
y siempre con alegría. Estas tres propuestas, que son el estilo de Dios, nos
darán la sabiduría para vivir el Año Nuevo 2026 y todos los años nuevos.
Este domingo es un regalo: una
pausa para decir “Gracias, Jesús. Gracias por venir a mi vida. Gracias por
estar cerca de mí. Gracias por darme el gran regalo de ser mi vecino”. Que este tiempo nos enseñe a vivir con un
corazón humilde, agradecido y lleno de amor. Porque si el Verbo se hizo carne y
habitó entre nosotros, entonces nuestra vida tiene esperanza, nuestro año tiene
sentido y nuestro corazón tiene un lugar donde descansar.
1 comentario:
Mil graciaas. As usual. Very.good!
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