HOMILÍA III DOMINGO DE CUARESMA CICLO C
Cuando pensamos en la palabra "conversión", pensamos
en un volverse hacia alguien. Pero, ¿hacia quién? ¿Quién es este Dios al que
debemos convertirnos? ¿Cuál es la actitud de nuestro corazón para llegar a Él?
La primera lectura nos narra el episodio de la zarza que arde
sin consumirse. Moisés, de ser una persona muy importante en Egipto, se ha
convertido en un desterrado. Ha perdido todo lo que podría ser valioso, y ahora
es un simple cuidador de ovejas. En esa situación se encuentra con Dios que le
dice: "Yo soy el Dios de tus padres, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac
y el Dios de Jacob". Así, Dios le dice a Moisés que él ha hecho una
alianza con su familia, y, que, por lo tanto, quiere estar cerca de Moisés y de
todo el dolor que hay en la gente que él ama. Dios es un Dios cercano en los
momentos en los que sentimos el dolor, o nos sentimos esclavos, deprimidos.
Dios, en la promesa de la tierra que mana leche y miel, está cerca para darnos
un futuro, un sentido de vida.
Para cumplir su misión, Moisés le pregunta a Dios por su nombre y Él responde: "Mi nombre es Yo Soy". Esto parecería una respuesta extraña. Porque es como si alguien te preguntara: "Oye, ¿y tú quién eres?", y tú respondieras: "Pues yo soy yo". Sin embargo, en Dios esto tiene sentido porque Dios es el único que realmente puede decir "Yo Soy" a secas. Cuando nosotros decimos: "Yo soy" es porque tuvimos unos padres, porque tenemos salud, porque necesitamos comer, beber, respirar… un montón de cosas.
Ninguno es un "Yo Soy" a secas, todos "Somos por algo". Pero Dios es un "Yo Soy" por Él mismo. Él es el cimiento de todo y de todos. Es como cuando, al construir una casa en un terreno pantanoso, buscas dónde está la tierra firme sobre la que apoyar los cimientos. En medio de todos los pantanos de nuestra vida, de todos los problemas, Dios está presente. Eso significa "Yo Soy". Es un "Yo Soy", para estar contigo, porque quiero ser tu amigo, porque quiero que experimentes el bien. Ese es Dios al que nos tenemos que convertir: alguien que es bueno para mí, conmigo, en mi vida.
Si no nos convertimos, o sea nos orientamos, a este encuentro
con Dios, corremos el riesgo de que el mal domine nuestra vida. En los dos
ejemplos del Evangelio, vemos primero un mal generado por los seres humanos:
unos galileos que están en el templo de Jerusalén, son asesinados por los
romanos. Es el mal del hombre contra el hombre. Pero también vemos lo que podríamos llamar "males de las
circunstancias", es el segundo ejemplo que pone Jesús: A unos personajes,
de pronto, les cae una torre encima. Ahí no hay maldad, pero unos y otros se
han visto sometidos al mal y a la muerte. Jesús nos dice a que el mal que
producen los seres humanos o el que se produce sin intención humana, no son más
fuertes que el amor de Dios por ti. Pero Jesús dice: "Si tú no te
conviertes, te pasará lo mismo", es decir, si no estás cerca de Dios, el
mal será más fuerte que tú. Ese mal, que a veces es un mal humano, nos puede
hacer sentir envidia, avaricia, enojo, afán de criticar… O esos males que nos
deprimen, cuando una enfermedad llega, o un problema económico se nos hace
angustioso.
Ante ese mal, Dios es más fuerte porque es rico en misericordia.
La misericordia no es un sentimiento de tristeza porque me das pena. La
misericordia es el corazón que quiere compartir contigo tu mal para llevarte al
bien. Esa es la verdadera misericordia. Por eso, el salmo ha dicho: "El
Señor perdona tus pecados y cura tus enfermedades. Él rescata tu vida del
sepulcro y te colma de amor y de ternura. La misericordia es el amor que se
acerca a ti en tu problema, en tu lucha, para llevarte hacia el bien.
Así llegamos a la parábola de la higuera… La higuera
representa nuestra vida, que a veces no da frutos buenos, en nuestra vida o en
la de los demás. ¿Y qué dice Dios ante esa dificultad de encontrar fruto en
algún corazón? Dios dice: "Todavía voy a ayudarte", por eso las
palabras del agricultor: "Déjala este año, voy a aflojar la tierra, le voy
a echar abono y, si no da fruto, la cortamos. Pero vamos a hacer todo lo
posible." ¿Saben cuál es el "todo lo posible" de Dios? La
entrega de su Hijo por nosotros hasta la muerte, y muerte de cruz. Él es el
abono, Él es el aire que entra a nuestras raíces, para que nosotros demos
fruto. ¿Cuál es la parte de mí que no está dando fruto bueno?
Esa parte pongámosla en las manos de Dios: "Señor, esta
parte la quiero cambiar. Esta parte, de mi relación con mi esposa, con mis
hijos, un mal hábito que tengo, lo que sea... Señor, ayúdame." Ese es el
sentimiento de la Cuaresma: Dios está a tu lado porque te ama, para que lo que
hay de negativo quede destruido y tú puedas respirar con plenitud el bien al
que está llamado tu corazón. La Cuaresma es abrir mi corazón a todo el bien que
Dios quiere poner en mi vida, para que yo también sea una persona que siembra
bien en la vida de los demás. Que esta sea nuestra verdadera Cuaresma.
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