sábado, 28 de octubre de 2023

UN TUTORIAL PARA LA FELICIDAD

 


HOMILIA XXX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO CICLO A 2023.10.29

Hoy estamos en el mundo de los tutoriales que nos permiten hacer cualquier cosa, con la seguridad de conseguir lo que anhelas si seguimos los pasos indicados. Esta seguridad se busca en la educación de los hijos, la solución de los problemas conyugales, e incluso con nuestra relación con Dios. Por eso en algunas religiones los mandamientos son los tutoriales para llevarse bien con Dios.

En la Biblia encontramos muchas reglas de tipo ético, litúrgico y ritual que ofrecían la certeza de que al cumplirlas se está bien con Dios. Pero esto podía provocar que se esté más preocupado por hacer bien las cosas que por saber para quién hacemos bien las cosas.

El evangelio de hoy nos presenta una pregunta que le hacen a Jesús. Jesús ha dejado callados a los saduceos, un grupo que podríamos llamar de mentalidad liberal. Entonces, los fariseos, de una mentalidad más conservadora, se acercan a Jesús. La pregunta deja adivinar la preocupación, por encontrar un principio unificador de las diversas formulaciones de la voluntad de Dios. No era una pregunta fácil, si tenemos en cuenta que en la Ley de Moisés se contemplan 613 preceptos y prohibiciones. Ellos piensan que Jesús les va a resolver el problema de la prioridad entre tantas normas. Para ellos el problema era la prioridad, es decir el orden.

Pero para Jesús el problema es otro: la esencialidad, es decir lo que es de verdad imprescindible en la relación con Dios. ¿Qué es lo esencial en la relación del cristiano con Dios? Es como si preguntáramos, ¿Qué es lo esencial en una tortilla de papas? ¿O en un juego de futbol? Lo esencial, para lo cual existía la ley, era la relación con Dios. Cuando en el antiguo testamento aparecen lo que llamamos los diez mandamientos, se repite esta frase: “Yo Yahveh soy tu Dios”. Es decir, todo esto lo tienes que hacer por tu relación conmigo.

Jesús deja muy claro que lo esencial en nuestra relación con Dios se encierra en la palabra amor. Esta es una de las grandes aportaciones del cristianismo. Los dioses de las religiones paganas debían ser aplacados para conseguir su benevolencia. En la religión judía, a Dios había que obedecerlo. Jesús nos dice que a nosotros se nos pide amar a Dios y de modo semejante amar al prójimo.

Este paso es trascendental. Porque estaba bien eso de amar a Dios, pero cuando Jesús incluye el amor al prójimo, dice que es un mandamiento semejante. Es el segundo, pero es semejante. Es decir tiene la misma importancia que el amor a Dios.

De esto nos habla la primera lectura, en la que Dios recuerda que el modo en que el pueblo tiene que tratar a los desprotegidos debe ser semejante al modo en que Dios ha tratado a su pueblo. El prójimo al que debemos amar es también el forastero, el huérfano, la viuda y el indigente, es decir, los ciudadanos que no tienen ningún "defensor". El amor al prójimo está en relación inseparable con el amor a Dios pues es el modo en que yo me parezco al modo en que ama Dios. La lectura termina diciendo “yo soy misericordioso”, pues si yo quiero relacionarme con él y parecerme a él, yo también lo tengo que ser.

Lo más esencial de la ley, de la relación del ser humano con Dios, es amar a Dios y al prójimo de modo inseparable. San Juan será muy claro cuando en sus cartas diga que no se puede amar a Dios a quien no se ve, si no se ama al hermano a quien sí se ve. En medio de la tupida selva de preceptos y prescripciones Jesús abre una brecha que permite distinguir dos rostros: el rostro del Padre y el del hermano. Nos entrega dos rostros, es más, un solo rostro, el de Dios que se refleja en muchos rostros, porque en el rostro de cada hermano, especialmente en el más pequeño, frágil, indefenso y necesitado, está presente la imagen misma de Dios. (Papa Francisco)

Esto es un serio examen de conciencia para todos nosotros que vivimos en un mundo lleno de guerras, de genocidios, de injusticias con los pobres, de abusos de los débiles, de indiferencias con los que sufren. Es un examen de conciencia para también analizar algo tan concreto, como las relaciones familiares, o entre compañeros de trabajo, o los modos en que organizamos la vida política y social. En todos estos campos podríamos preguntarnos ¿Cómo decir que amamos a Dios cuando el rencor sigue siendo la muralla que cierra nuestro corazón? ¿Cómo decir que amamos a Dios cuando la etiqueta que humilla al otro es la constante del hablar? O simplemente ¿Cómo amamos a Dios?

Por supuesto, no faltan debilidades y dificultades, pero el amor todo lo supera, todo lo renueva, todo lo vence: el amor de quien, consciente de sus propios límites, sigue dócilmente las palabras de Cristo, divino Maestro. Cada vez que nos acercamos a la Eucaristía, Jesús vive el amor a Dios, porque nos ama con absoluta entrega, como a sí mismo. Abramos el corazón para recibirlo y sigamos construyendo los caminos que nos hacen amar al prójimo, que es nuestro semejante, en el amor a Dios.

No hay comentarios: