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lunes, 26 de julio de 2010

FORBES Y LA FELICIDAD ¿DONDE? ¿CUANDO? ¿COMO?

La felicidad puede estar incluso en un oscuro momento, sólo no olviden encender la luz.
(Harry Potter y el Prisionero de Azkaban)

Recientemente la revista Forbes dio a conocer los países más felices del mundo. Me llamó la atención la lista de los tres países más felices: Dinamarca, Finlandia y Noruega; y la de los tres países menos felices: las Islas Comores, Burundi y Togo. Los primeros son del norte de Europa, los últimos son africanos. En la encuesta se califica la vida propia de uno a diez, y se pregunta sobre cómo se habían sentido el día anterior. Así se sabe si los encuestados se sentían bien, respetados, libres de dolor y comprometidos intelectualmente. Los que tenían altas calificaciones se consideraban en ascenso y por tanto más felices. Pero hay otras dos calificaciones, la de quienes luchan y la de quienes sufren.

Las estadísticas pueden ser muy discutidas. Pero nos hacen un dibujo de la felicidad que tiene que ver con tres elementos: el progreso, la lucha y el sufrimiento. Sin ellos, no hay felicidad: el sufrimiento, nos recuerda que podemos estar mejor, la lucha, nos pone en estado de alcanzar lo que buscamos, el progreso, nos permite constatar que hoy estamos mejor que ayer. Si las separamos, no hay felicidad: sin lucha ni sufrimiento, el progreso se desgasta. Sin progreso ni lucha, el sufrimiento nos desespera. Sin progreso ni sufrimiento, la lucha pierde el sentido.

La encuesta ubica la felicidad en el pasado de los encuestados. Eso implica reducir la felicidad a una satisfacción incompleta, porque el pasado es fijo, inamovible, y lo único que puedo hacer es contemplarlo. Mirar para atrás, es satisfactorio, pero ¿nos hace felices? Aristóteles decía que la felicidad consiste en actuar hacia el bien y Sartre anotaba que es feliz no el que hace lo quiere sino el que quiere lo que hace. Da la impresión de que ser felices consiste en hacer la felicidad, esto es hacer el bien. Pero el bien que nos hace felices tiene que ser descubierto, como el escultor “descubre” su obra en el bloque de piedra. ¿Ser felices será actuar para descubrir el bien en todo lo que hacemos?

Puede ser. Porque la encuesta afirma que no basta el dinero, ni la salud, ni el placer como factores que hacen felices. La felicidad se entreteje en la evaluación de la propia existencia y el modo en que experimentamos las cosas: cómo experimentamos y evaluamos nuestro progreso, nuestra lucha, nuestro sufrimiento. Por tanto, La encuesta concluye que por tanto es necesario apalancar, sostener, de algun modo, el bienestar que se experimenta.

Los cristianos descubrimos que la palanca es la experiencia de Dios en la vida concreta: cuando uno se desprende, cuando uno es dueño de sí, cuando uno sufre, cuando uno lucha por las cosas, cuando uno perdona, cuando uno cuida su interior, cuando uno busca la paz, cuando uno vence las dificultades. Y lo llamamos bienaventuranzas. Muchos seres humanos encuentran la palanca en el bien que hacen en su entorno diario, en la certeza de estar haciendo lo que tienen que hacer, en la confianza interior de que el enfermo que cuidan, el discapacitado que atienden, el pobre al que socorren, el desempleado que contratan, el matrimonio que reconcilian, el adolescente al que devuelven el brillo a los ojos y otras muchas cosas, son acciones que sacan a relucir el bien.
Y cuando tu corazón y tu mente ven eso, eres feliz. Porque ser feliz, es hacer felicidad.

domingo, 25 de abril de 2010

SOBRE LA SABANA SANTA (3) COMPENDIO DE LOS DOLORES DEL MUNDO

Uno de los misterios más grandes que enfrenta quien se acerca a la Sábana Santa es la exactitud anatómica de los sufrimientos humanos que ha soportado el hombre de la Sábana. Desde los ángulos de los regueros de sangre, la ubicación de los clavos en las muñecas, los indicios del rigor mortis, la precisión quirúrgica de la herida del costado, los rastros de la tortura sistemática. Todo eso no es sino la expresión de otros muchos sufrimientos que tuvo que padecer el hombre de la síndone, sufrimientos morales por las humillaciones que tuvo que experimentar siendo completamente inocente. Es lo que constituye el núcleo de nuestra reflexión junto con el Papa Juan Pablo II.

En la Sábana Santa se refleja la imagen del sufrimiento humano. Recuerda al hombre moderno, distraído a menudo por el bienestar y las conquistas tecnológicas, el drama de tantos hermanos, y lo invita a interrogarse sobre el misterio del dolor, para profundizar en sus causas. La impronta del cuerpo martirizado del Crucificado, al testimoniar la tremenda capacidad del hombre de causar dolor y muerte a sus semejantes, se presenta como el icono del sufrimiento del inocente de todos los tiempos: de las innumerables tragedias que han marcado la historia pasada, y de los dramas que siguen consumándose en el mundo.
Ante la Sábana Santa, ¿cómo no pensar en los millones de hombres que mueren de hambre, en los horrores perpetrados en las numerosas guerras que ensangrientan a las naciones, en la explotación brutal de mujeres y niños, en los millones de seres humanos que viven en la miseria y humillados en los suburbios de las metrópolis, especialmente en los países en vías de desarrollo? ¿Cómo no recordar con conmoción y piedad a cuantos no pueden gozar de los derechos civiles elementales, a las víctimas de la tortura y del terrorismo, y a los esclavos de organizaciones criminales? Al evocar esas situaciones dramáticas, la Sábana Santa no sólo nos impulsa a salir de nuestro egoísmo; también nos lleva a descubrir el misterio del dolor que, santificado por el sacrificio de Cristo, engendra salvación para toda la humanidad. Imagen del pecado del hombre y del amor de Dios.
El testimonio que se recoge en la Sábana Santa resume todos los dolores del mundo, pero lo más importante, es certeza de la cercanía de Dios a todos los sufrimientos del mundo. La expresión dolor que, santificado por el sacrificio de Cristo, engendra salvación para toda la humanidad, no es una expresión de devoción, es solidaridad de la humanidad sufriente de Cristo con cada persona. Es la solidaridad de cada ser humano con todo ser humano que padece. Esta mutua solidaridad genera salvación, es decir superación de todo dolor humano y posibilidad de encontrar lo mejor de la humanidad en medio de la mayor de las miserias humanas: la tremenda capacidad del hombre de causar dolor y muerte a sus semejantes.