PASCUA VII DOMINGO CICLO A
LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR
Este es uno de los domingos que más nos cuesta
entender. En el domingo de la ascensión recordamos, según nos narra la palabra
de Dios, el momento en que Jesús deja de estar presente de modo visible en
nuestro mundo. A partir de este momento, ya no esta entre nosotros como sucede
con cualquier otro ser humano. Así dice el catecismo de la Iglesia: la
ascensión marca la entrada definitiva de la humanidad de Jesús en el dominio
celeste de Dios de donde ha de volver, aunque mientras tanto lo esconde a los
ojos de los hombres.
Pero, como pasa con otros momentos de la vida de
Cristo, la gran pregunta es no solo qué le pasa a Cristo, sino también qué nos
pasa a nosotros. En primer lugar, lo que le pasa a Jesús es que su ser humano
entra de modo completo en la gloria del Padre, o sea alcanza la plenitud de lo
que un ser humano puede llegar a ser.
A veces nos llaman la atención los poderes de los
superhéroes, porque vemos a un ser humano que posee algo extraordinario y que
le hace capaz de luchar en defensa del bien, peleando con todo tipo de
villanos.
A diferencia de los superhéroes, Jesús no tiene
superpoderes, sino que su ser humano existe en su máxima dimensión,
absolutamente lleno de la presencia de Dios. Esto es la gloria, estar lleno del
amor de Dios y de la felicidad de Dios. Todo ello nos da la certeza de que él
es el mejor de todos los seres humanos, capaz de ser más fuerte que todo el mal
y siempre dispuesto a ayudarnos a vivir en plenitud el bien.
Hoy nos gusta mucho repetir la expresión: Sé la
mejor versión de ti mismo. La Ascensión de Jesús es la certeza de que Jesús, al
que hemos visto predicar, hacer milagros, al que hemos visto morir en la cruz,
resucitar y decirnos que ha vencido a la muerte, ese mismo Jesús, es el ser
humano perfecto. Esto es maravilloso: el que alguien que ha hecho tanto por ti,
logre un éxito completo.
Del mismo modo en que nos alegramos mucho cuando un
connacional logra una medalla, o cuando nuestro equipo favorito gana el
campeonato, hoy tendríamos que sentir la alegría de que Jesús ha logrado lo
máximo que puede lograr un ser humano, como lo decimos en el credo de cada
domingo: subió al cielo y está sentado a la derecha del Padre.
Esto no es algo físico sino una expresión para
decir que Jesús, uno como nosotros, está de modo definitivo junto a Dios (subió
al cielo) y es nuestro Señor y Rey (está sentado a la derecha de Dios): Señor
por el servicio y Rey por el amor hasta la muerte. Como ha dicho San Pablo: Todo
lo puso bajo sus pies y a él mismo lo constituyó cabeza suprema de la Iglesia,
que es su cuerpo, y la plenitud del que lo consuma todo en todo.
En segundo lugar, qué implica para nosotros. La
ascensión de Jesús es la fiesta de nuestra esperanza, de la certeza de que
contamos con alguien que en verdad puede darnos consuelo, sentido y ayudarnos a
encontrar los caminos de felicidad que necesitamos.
Esta esperanza no es una ilusión vaga ni un simple
optimismo. Es la certeza firme de que hay alguien que ya ha recorrido el camino
y nos espera al final. La Ascensión nos da la seguridad de que podemos llevar
esperanza a toda nuestra vida diaria, nuestros trabajos, nuestras relaciones. Porque
Cristo glorificado sigue caminando con nosotros y el poder del amor de Dios
puede entrar incluso en aquello que hoy parece roto o imposible.
Esa esperanza nos sostiene cuando lo cotidiano se
vuelve pesado, cuando la familia duele, cuando la enfermedad llega, cuando
sentimos que nuestras fuerzas no alcanzan. Esto está presente en la promesa que
nos hace Jesús: sepan que yo estaré con ustedes todos los días, hasta el fin
del mundo.
Jesús, que sube al cielo y está sentado a la derecha
del Padre, puede estar con nosotros donde nos encontremos: nada lo limita para
estar con nosotros. Nosotros estamos limitados para estar con los que amamos, por
la distancia, la edad, o nuestros pecados. Jesús no tiene ningún límite. Como
decía el Papa Francisco: “Aunque no lo veamos con los ojos, Él está. Nos
acompaña, nos guía, nos toma de la mano y nos levanta cuando caemos. Jesús
resucitado está cerca de los cristianos perseguidos y discriminados; está cerca
de cada hombre y cada mujer que sufre.”
Jesús, nuestro verdadero amigo, en su ascensión, nos
da la esperanza de que el amor de Dios estará siempre cerca, — en su palabra,
en la eucaristía, en los necesitados — cuando todo nos vaya bien o cuando todo
nos vaya mal.
Finalmente, Jesús nos invita a llevar a cabo varias
tareas y nos envía: Vayan, pues, y enseñen a todas las naciones,
bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y
enseñándolas a cumplir todo cuanto yo les he mandado. Nos invita a salir, a
bautizar, a enseñar. Bautizar es hacer presente por los sacramentos, el amor de
Dios en el corazón de cada persona. ¿Y qué enseñamos? Una sola cosa: “ámense
los unos a los otros como yo los he amado."
Esta misión empieza en la casa, en la mesa
familiar, en el trato diario con quienes convivimos. Desde ahí se extiende
hasta la preocupación por los necesitados y alejados, porque evangelizar sin
servir es predicar en el vacío. No se trata de grandes gestos heroicos, sino de
acercarnos al vecino que está solo, el compañero que está sufriendo, el
familiar que se alejó y necesita que alguien dé el primer paso. Como nos
recordaba el Papa Francisco: “Jesús nos envía a pesar de nuestras faltas;
sabe que no seremos nunca perfectos y que, si esperamos convertirnos en mejores
para evangelizar, no empezaremos nunca.”
Hoy no celebramos que Jesús se fue. Celebramos que nuestra humanidad ya entró en el corazón de Dios. En Jesús descubrimos hasta dónde puede llegar nuestra humanidad cuando esté completamente llena del amor del Padre. Cristo permanece con nosotros todos los días hasta el fin del mundo. Como los apóstoles que volvieron a Jerusalén con gran alegría, volvamos a nuestra vida diaria, a nuestra familia con la alegría que llena de esperanza el corazón.

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