lunes, 23 de enero de 2012

JUNTOS DE CORAZON (SEMANA DE ORACION POR LA UNIDAD DE LOS CRISTIANOS)

Cada año, en la semana previa al 25 de enero, fiesta de la Conversión de San Pablo, se celebra la semana de oración por la unidad de los cristianos. Es decir, durante ocho días se tiene en la mente y el corazón la intención de pedirle a Dios que nos conceda lo que nosotros no hemos podido conseguir. La búsqueda de la unidad de los cristianos es algo tan viejo como el cristianismo mismo. Si me permiten podemos hacer juntos un pequeño recorrido. Las primeras comunidades comienzan a separarse a causa de si se debe obedecer o no a la ley de Moisés, algo que encontramos ya en los primeros escritos del cristianismo. Posteriormente, en el siglo quinto, las divisiones se deben a las discusiones sobre la naturaleza de Cristo, y acabarán con una parte del cristianismo separada de la otra, a partir del concilio de Calcedonia, aunque algunas comunidades cristianas separadas en esta época han ido solucionando sus diferencias doctrinales a lo largo de la historia. En torno al siglo séptimo, comienzan las divisiones entre Oriente y Occidente, con un rasgo más de tipo organizativo que doctrinal. Por desgracia, la falta de solución de estos problemas acabará haciéndose doctrinal, dando origen en el siglo once al cisma o separación entre Oriente y Occidente. Igual que pasó con la división del siglo quinto, algunas comunidades de oriente se han ido acercando a la iglesia católica de Roma, manteniendo su disciplina y liturgia, que era el real motivo de la separación original. La siguiente gran fractura se produce en el siglo dieciséis, con los movimientos diversos que se producen en Europa Central de modo particular, dando origen a dos grandes corrientes, por un lado el protestantismo con sus diversas formas (luteranismo, calvinismo, presbiterianismo, etc.,) y por otro lado las comunidades cristianas que dependían de la Iglesia de Inglaterra. A partir de este momento, la unidad cristiana se verá muy fragmentada, pues los grupos protestantes tenderán a dividirse en grupos más pequeñas, según los diversos modos de interpretar la fe. Ciertamente, en el curso de las últimas décadas, el movimiento ha dado significativos pasos adelante, que han permitido alcanzar convergencias alentadoras y consensos sobre diversos puntos, desarrollando entre las Iglesias y las comunidades eclesiales relaciones de estima y respeto recíproco, así como de colaboración concreta frente a los desafíos del mundo contemporáneo.



De esta rápida historia, queda claro que al ser humano le resulta muy complicado mantenerse unido a otros seres humanos. Independientemente de los aspectos doctrinales, los seres humanos nos separamos por nuestras culturas, por nuestras perspectivas, incluso por nuestros pecados y fragilidades. El afán de autonomía está dentro del DNA espiritual de la humanidad. Por eso, el principal problema entre los cristianos nace de la facilidad con que el corazón humano tiende a buscarse a sí mismo y a endurecerse en sus propias posturas para no aceptar al otro en su diferencia y en su convergencia en las grandes verdades en las que cree, como un regalo que Dios le hace para cambiar, para ser mejor, para ser feliz. Como nos es difícil aceptar al otro, también nos cuesta aceptar de verdad los dones de Dios con gratitud, con respeto, con generosidad. Como ponemos nuestro egoísmo por delante de los dones y por delante de lo que los otros pueden ser para nosotros, sucede que nos separamos del otro, y acabamos siendo ingratos con el don de Dios.



¿Cómo pueden estar separados los que creen que Jesús murió y vive por ellos? Hay aspectos culturales, otros históricos, otros que provienen de la miseria de los seres humanos. Pero la mayor parte del problema nace del corazón egoísta del ser humano. Por ello independientemente de lo que el cristianismo signifique para cada uno de nosotros, queda claro que hay que orar para que no sea el egoísmo lo que mande en nuestras vidas, para que no sea lo peor de nosotros lo que acabe por echar a perder lo mejor de los dones que recibimos de los demás y de Dios. Esto requiere una profunda transformación interior, con una humildad que reconoce su debilidad y está dispuesta a aceptar el don de los demás y el don de Dios. Cada don requiere un compromiso. La armonía entre los seres humanos y entre los cristianos, requiere el compromiso de abrirse a los otros en la mejor dimensión de nosotros mismos, en la dimensión del amor. 



1 comentario:

Emilio dijo...

No había tenido la curiosidad ni la humildad de meditar sobre la división de los cristianos. Que interesante recorrido histórico, pero sobre todo que hermosa reflexión sobre el egoísmo de nuestro corazón como causa de está división y rechazo de nuestros hermanos en Cristo.
Si los hermanos de sangre nos dividimos y nos separamos, que esperar de hermanos unidos por la Fe en Cristo. Oremos por la unidad y la unión de los cristianos. Así sea.
Emilio