miércoles, 1 de diciembre de 2010

CAPACES DE CORAZON

Esta semana la ONU nos propone una fecha para reflexionar de modo especial. Es la Jornada Mundial De Las Personas Con Discapacidad. Son millones en el mundo que tienen su cuerpo detenido, que tienen sus miembros ligados, que no son “normales”. Pero eso es solo para su cuerpo. Todos ellos tienen intacta la capacidad de amar. Todos ellos tienen cada día nueva la capacidad de sonreír, aunque ese día los aparatos que los sujetan les hagan daño, aunque ese día la baba caiga de sus labios cuando te miran con una sonrisa fresca como un amanecer. Cuando te abrazan lo hacen con la sinceridad de quien sabe que no te puede sostener con las manos pero si con el corazón. Cuando te llaman lo hacen porque te necesitan, no porque les conviene.

Son millones. Y al mismo tiempo son únicos. Únicos en su vida. Únicos en su historia. Únicos en su dolor. Porque cada uno de ellos como antes se decía es una persona especial. A muchos les puede dar un poco de desagrado el acercarse, el que te muestren su afecto, el que te cuenten su historia, el que te repitan sus frases, las únicas que se saben para comunicarse contigo. Pero a ellos no les da asco, porque intuyen que se pueden acercar a ti, porque intuyen que tú los puedes escuchar.

Antes se les llamaba inválidos. Alguien pensó que eso era una discriminación, porque no sabían que inválido viene del latín y solo significa el que no tiene buena salud. O quizá porque no se fijaron que si son inválidos, es porque son capaces de invalidar su problema (otra palabra que significa tropiezo en los pies) con el amor. Con el amor que reciben. Con el amor que dan. Con el amor que convocan, con el amor que provocan.

La discapacidad le duele a nuestra sociedad de cuerpos esculturales, de inteligencias brillantes, de triunfadores sonrientes. Porque la discapacidad destruye el cuerpo, atora la inteligencia, transforma la sonrisa en mueca, hace que el triunfo solo sea acercarse un poco a quienes llamamos personas normales. La discapacidad le duele a nuestra sociedad porque la discapacidad solicita solidaridad ante el individualismo, porque la discapacidad grita generosidad ante el egoísmo, porque la discapacidad pide compartir ante la autosuficiencia, porque la discapacidad llama al servicio contra el ansia de brillar.


Yo siempre lloro (a veces solo por dentro) ante el misterio de la discapacidad. Lloro de impotencia, lloro de imaginar que en ese cuerpo contrahecho, pequeño, más limitado que el mío, alguien lucha cada día por salir al exterior. En su autismo, en su paraplejia, en su síndrome de Down, en su distrofia, en su mutilación, en su malformación, en su inteligencia limite, alguien a quien yo puedo amar está encerrado, como los cuentos de la edad media, rodeado por un dragón implacable y yo solo puedo cantar al pie de su ventana. Y cuando puedo ayudar, escuchar, limpiar, acompañar, colaborar, educar, enseñar, curar, cuando puedo todo eso… me siento un mejor ser humano. Porque nunca olvidemos, como nos dicen los arqueólogos, que no empezamos a ser humanos cuando inventamos el fuego, o la rueda, o la escritura, o el lenguaje. Empezamos a ser humanos cuando nuestros antepasados aprendieron a cuidar a sus semejantes con discapacidad. Dejemos que su dolor llame a nuestra vida.

2 comentarios:

Roberto Emilio Martínez Elizondo dijo...

Gracias P. Cipriano, Me ayudó a acercarme más al tema y a las personas con capacidades diferentes.

Hoy escribí sobre los 5 regalos que hemos recibido de Dios y cómo es que debemos corresponderle.
Aquí está la liga: http://catolicourbano.blogspot.com/2010/12/63-como-corresponder-dios-por-sus-5.html

Ana Rosa dijo...

¡Hermoso Padre! muchas gracias.

¡Dios lo bendiga!

Saludos